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Las redes sociales son un problema para los adolescentes. Quitárselas como quiere el Gobierno también lo será

Las redes sociales son un problema para los adolescentes. Quitárselas como quiere el Gobierno también lo será
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Como padre de dos adolescentes, el anuncio de Pedro Sánchez me toca de cerca. También lo ha hecho en los últimos meses la conversación y las medidas que ya se han ido activando en otros países. Para todos los padres en una situación similar, y para todos los que vayan a vivirla —si efectivamente esas medidas acaban activándose—, la conclusión es clara.  Para los menores de 16 años el smartphone es dos cosas a la vez. La primera, un agujero negro que devora su atención y que también condiciona esa estructura básica sobre la que construyen su propia identidad social. No es ya solo que el móvil sea un instrumento dopamínico inquietante en el pasan horas y horas: es que es allí donde socializan.  En Xataka No, no estamos perdiendo la capacidad de disfrutar de las cosas importantes De hecho, en 2026 dejar a un adolescente sin móvil no solo le impide acceder a todo ese mundo viral: supone dejarle en situación de ostracismo social. Le conviertes poco más o menos que un paria. WhatsApp —al menos, en España— es el canal de comunicación principal y primario de los adolescentes, más incluso que el de los adultos.  Allí organizan los trabajos de clase, quedan para salir y gestionan sus propias dinámicas de grupo. Si esta medida se activa, ¿no podría eso influir de forma notable en su capacidad de conectarse con sus amigos y conocidos? Hoy en día para ellos las relaciones son ya totalmente híbridas, y quitarles el acceso a redes sociales, por muy bienintencionada que sea la medida, puede tener un impacto terrible para muchos de ellos. Prohibir las redes sociales parece buena idea hasta que deja de parecerlo Todo este debate ha hecho que vuelva el runrún de los teléfonos tontos, los dumbphones. Son esos móviles con estéticas de los 2000 que recuperan diseños tipo concha o incluso teclados físicos y pantallas reducidas, pero que más que estar limitados en forma están limitados en fondo. La idea es reducir esa dependencia del smartphone y convertir ese dispositivo en algo mínimo para llamar, mandar SMS y poco más con la idea de no estar todo el día pegados a la pantalla.  La idea es nostálgica, de nuevo bienintencionada y hasta romántica, pero poco práctica. Esos dumbphones se postulan como una herramienta para la desintoxicación digital, pero este movimiento se enfrenta a una realidad tecnológica y social aplastante. Puede que a corto plazo el concepto sea simpático y elogiable. A largo plazo es, sobre todo, un obstáculo. Y lo es porque el mundo moderno ha sido diseñado por y para ser vivido con el smartphone al lado. No utilizarlo supone volver a una vida más incómoda y menos práctica. Por un lado ese FOMO que puede ser beneficioso (no todo lo que nos perdemos será importante, y probablemente la mayor parte no lo sea), pero por otro, hay ventajas reales en ese acceso total al mundo de hoy que nos da el móvil. En realidad ni siquiera necesitamos un móvil tonto. Hace tiempo que existen formas tanto de limitar el uso de aplicaciones como las dedicadas a redes sociales —los ajustes de bienestar digital de Android o iOS— como hasta de tontificar nuestro móvil para que su pantalla de inico no nos impulse a usar el móvil, sino justamente a lo contrario. Los padres tenemos además acceso a soluciones de control parental, y en casa por ejemplo usamos Family Link con cierto éxito, aunque reconociendo que es virtualmente imposible controlarlo todo.  En Xataka Android He descubierto el uso ideal para el espacio privado de Android 15: separar mis apps del trabajo de las personales Intentar solucionar el problema actual —que lo hay— con este tipo de medidas es como ponerle puertas al campo. Es un reto técnico casi imposible de resolver y que sigue la estela del célebre pajaporte. Más allá del otro gigantesco debate que se deriva de esto, el de la privacidad, aquí ese control a los menores parece inviable.  La solución probablemente no esté en el dispositivo o las apps que ejecuta, sino en una reeducación de los chavales. El móvil debería ser una herramienta funcional, no como un objeto de validación constante. Los padres ahí tenemos todos una difícil papeleta, y siempre digo que si yo hubiera tenido un móvil a su edad probablemente estaría tan atrapado por él como lo están ellos, o más. ¿Tenemos un problema con los jóvenes, los móviles y las redes sociales? Sin duda. ¿Es esta medida la solución? Parece difícil creerlo. Yo, desde luego, tengo serias dudas de que lo sea. Imagen | Miguel Ángel Pérez En Xataka | La vida de los que cambiamos de móvil casi cada semana (por trabajo) - La noticia Las redes sociales son un problema para los adolescentes. Quitárselas como quiere el Gobierno también lo será fue publicada originalmente en Xataka por Javier Pastor .
Las redes sociales son un problema para los adolescentes. Quitárselas como quiere el Gobierno también lo será

El anuncio del Gobierno de España de prohibir las redes sociales a los menores de 16 años algunas luces, pero sobre todo sombras

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Javier Pastor

Editor Senior - Tech

Javier Pastor

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Como padre de dos adolescentes, el anuncio de Pedro Sánchez me toca de cerca. También lo ha hecho en los últimos meses la conversación y las medidas que ya se han ido activando en otros países. Para todos los padres en una situación similar, y para todos los que vayan a vivirla —si efectivamente esas medidas acaban activándose—, la conclusión es clara. 

Para los menores de 16 años el smartphone es dos cosas a la vez. La primera, un agujero negro que devora su atención y que también condiciona esa estructura básica sobre la que construyen su propia identidad social. No es ya solo que el móvil sea un instrumento dopamínico inquietante en el pasan horas y horas: es que es allí donde socializan. 

En XatakaNo, no estamos perdiendo la capacidad de disfrutar de las cosas importantes

De hecho, en 2026 dejar a un adolescente sin móvil no solo le impide acceder a todo ese mundo viral: supone dejarle en situación de ostracismo social. Le conviertes poco más o menos que un paria. WhatsApp —al menos, en España— es el canal de comunicación principal y primario de los adolescentes, más incluso que el de los adultos. 

Allí organizan los trabajos de clase, quedan para salir y gestionan sus propias dinámicas de grupo. Si esta medida se activa, ¿no podría eso influir de forma notable en su capacidad de conectarse con sus amigos y conocidos? Hoy en día para ellos las relaciones son ya totalmente híbridas, y quitarles el acceso a redes sociales, por muy bienintencionada que sea la medida, puede tener un impacto terrible para muchos de ellos.

Prohibir las redes sociales parece buena idea hasta que deja de parecerlo

Todo este debate ha hecho que vuelva el runrún de los teléfonos tontos, los dumbphones. Son esos móviles con estéticas de los 2000 que recuperan diseños tipo concha o incluso teclados físicos y pantallas reducidas, pero que más que estar limitados en forma están limitados en fondo. La idea es reducir esa dependencia del smartphone y convertir ese dispositivo en algo mínimo para llamar, mandar SMS y poco más con la idea de no estar todo el día pegados a la pantalla. 

La idea es nostálgica, de nuevo bienintencionada y hasta romántica, pero poco práctica. Esos dumbphones se postulan como una herramienta para la desintoxicación digital, pero este movimiento se enfrenta a una realidad tecnológica y social aplastante. Puede que a corto plazo el concepto sea simpático y elogiable. A largo plazo es, sobre todo, un obstáculo.

Y lo es porque el mundo moderno ha sido diseñado por y para ser vivido con el smartphone al lado. No utilizarlo supone volver a una vida más incómoda y menos práctica. Por un lado ese FOMO que puede ser beneficioso (no todo lo que nos perdemos será importante, y probablemente la mayor parte no lo sea), pero por otro, hay ventajas reales en ese acceso total al mundo de hoy que nos da el móvil.

En realidad ni siquiera necesitamos un móvil tonto. Hace tiempo que existen formas tanto de limitar el uso de aplicaciones como las dedicadas a redes sociales —los ajustes de bienestar digital de Android o iOS— como hasta de tontificar nuestro móvil para que su pantalla de inico no nos impulse a usar el móvil, sino justamente a lo contrario. Los padres tenemos además acceso a soluciones de control parental, y en casa por ejemplo usamos Family Link con cierto éxito, aunque reconociendo que es virtualmente imposible controlarlo todo. 

En Xataka AndroidHe descubierto el uso ideal para el espacio privado de Android 15: separar mis apps del trabajo de las personales

Intentar solucionar el problema actual —que lo hay— con este tipo de medidas es como ponerle puertas al campo. Es un reto técnico casi imposible de resolver y que sigue la estela del célebre pajaporte. Más allá del otro gigantesco debate que se deriva de esto, el de la privacidad, aquí ese control a los menores parece inviable. 

La solución probablemente no esté en el dispositivo o las apps que ejecuta, sino en una reeducación de los chavales. El móvil debería ser una herramienta funcional, no como un objeto de validación constante. Los padres ahí tenemos todos una difícil papeleta, y siempre digo que si yo hubiera tenido un móvil a su edad probablemente estaría tan atrapado por él como lo están ellos, o más. ¿Tenemos un problema con los jóvenes, los móviles y las redes sociales? Sin duda. ¿Es esta medida la solución? Parece difícil creerlo. Yo, desde luego, tengo serias dudas de que lo sea.

Imagen | Miguel Ángel Pérez

En Xataka | La vida de los que cambiamos de móvil casi cada semana (por trabajo)

Fuente original: Leer en Xataka
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