JOSÉ LUIS RAYA PÉREZ. PROFESOR JUBILADO DE INSTITUTO Y ESCRITOR
Sábado, 24 de enero 2026, 01:00
... al estreno de 'La clase', de Laurent Cantet, una lúcida simbiosis entre docudrama y cine testimonial. Aunque ya me haya jubilado, sé de primera mano que la situación no solo no ha mejorado, sino que ha empeorado curso tras curso. Muchos docentes se sienten profundamente insatisfechos con su labor; las bajas por depresión aumentan de manera alarmante y los más veteranos cuentan, con ansiedad, los días que les restan para jubilarse. Así no se puede trabajar, ni siquiera con una mínima solvencia emocional. Aprobar unas oposiciones certifica que tus conocimientos son superiores a los de otros aspirantes. Sin embargo, esa preparación cultural e intelectual resulta estéril cuando en determinadas aulas se concentra un porcentaje elevado de alumnos que carecen del más mínimo interés por aprender. En ocasiones, el profesor termina conformándose con que el alumno duerma y no moleste. Es duro admitirlo, pero cuando se busca el bien de la mayoría, se acaban tolerando determinadas actitudes, sobre todo si los padres ya han sido informados. La verdadera desazón profesional surge cuando un número significativo de alumnos disruptivos impide el desarrollo normal de una clase. Y por 'normal' entendemos algo tan básico como que el docente pueda transmitir conocimientos y, al mismo tiempo, contagiar entusiasmo e interés por aprender. Ambas cosas se vuelven prácticamente imposibles cuando uno o varios alumnos interrumpen de forma constante. Precisamente eso retrata 'La clase': una sucesión ininterrumpida de adolescentes boicoteando la enseñanza hasta la extenuación. El resultado es asfixiante. Avanzamos ya hacia la segunda década de aquel docudrama y, sin embargo, en muchos centros la realidad es aún peor. A la disrupción se suman faltas de respeto, insultos y agresiones verbales o físicas, a menudo con la connivencia —explícita o tácita— de padres y madres. Este despropósito no se limita a la educación obligatoria: también se reproduce en bachillerato. Hoy, los profesores que logran trabajar con normalidad pueden considerarse afortunados. Lo que antes era una excepción se ha convertido en norma. Los centros periféricos ya no son los únicos conflictivos; el problema se ha extendido a cualquier enclave. También conviene analizar la inversión en educación en los últimos años. Aunque ha aumentado, resulta evidente que o bien es insuficiente o bien se gestiona de forma deficiente. Probablemente ambas cosas. Se ha puesto el foco —y los recursos— en el alumnado con mayores dificultades, lo cual es loable, pero se ha abandonado al alumnado con mayor predisposición. Se ha igualado siempre desde abajo. Las adaptaciones curriculares han funcionado en algunos aspectos, pero no se ha trabajado para que los alumnos más aventajados puedan desarrollarse plenamente. El resultado es un descenso generalizado del nivel curricular. Además, muchas de estas adaptaciones se han aplicado a alumnos que antes deberían haber sido educados en normas básicas de comportamiento. Recuerdo a estudiantes cuya actitud en clase era indistinguible de la que se tiene en un concierto de rock. Si gritaban al profesor era porque en casa gritaban a sus padres. Todo apunta a que en el ámbito familiar se gesta gran parte de esta falta de respeto, disciplina y consideración. Muchos progenitores carecen de valores educativos y, ni saben, ni pueden inculcarlos; algunos, incluso, han llegado a amenazar o agredir a los docentes. Hoy, reprender a un alumno, retirarle el móvil o castigarlo sin recreo puede desencadenar reacciones absolutamente desproporcionadas por parte de sus padres. Es cierto que estos casos aún son minoritarios, y que muchos padres delegan en los docentes una educación que ellos no han sabido proporcionar. Pero esa delegación pervierte la función del profesor, que deja de enseñar para dedicarse a educar en lo más elemental. Se invierte más tiempo en inculcar normas básicas de respeto que en explicar las oraciones de relativo, las ecuaciones o la Segunda Guerra Mundial. No sorprende, entonces, que muchos estudiantes lleguen a la universidad con una formación cultural deplorable. Las redes sociales, internet y buena parte de la televisión no fomentan la cultura ni la educación; al contrario, imponen la grosería, el griterío y la violencia verbal o física. Si las nuevas metodologías educativas no están funcionando, quizá haya llegado el momento de replantearse aquello que sí lo hacía: disciplina, rigor, puntualidad y respeto a la autoridad. A ello habría que añadir medidas como limitar la interferencia de padres problemáticos, restringir el acceso a redes sociales y frenar el veneno que se inocula a través de programas basura, youtubers o influencers violentos.Límite de sesiones alcanzadas
El acceso al contenido Premium está abierto por cortesía del establecimiento donde te encuentras, pero ahora mismo hay demasiados usuarios conectados a las vez.
Por favor, inténtalo pasados unos minutos.
Sesión cerrada
Al iniciar sesión desde un dispositivo distinto, por seguridad, se cerró la última sesión en este.
Para continuar disfrutando de su suscripción digital, inicie sesión en este dispositivo.
Iniciar sesión Más información¿Tienes una suscripción? Inicia sesión