Ilustración de Josep Bartolí para el cuento 'Un excelente verdugo', de Manuel Chaves Nogales, publicado en la revista 'Madrid' en 1938
Letras Lee 'La última lección', un cuento inédito de Chaves Nogales integrado en el libro que sigue a 'A sangre y fuego'Rescatado de la revista 'Madrid', editada por exiliados republicanos, relata la historia de un maestro represaliado en una aldea gallega durante los primeros meses de la Guerra Civil.
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Manuel Chaves Nogales Publicada 3 mayo 2026 01:02hPablo Expósito era alto, huesudo, desgarbado. Tenía las facciones afiladas, muy azules los ojos, de pupilas quietas, y castaño el pelo, que le caía en greñas indómitas sobre la frente. Un aire callado de tristeza era la nota más vigorosa de su personalidad. De costumbre, permanecía silencioso y absorto, como hundido dentro de sí mismo. Había tenido la niñez amarga de los incluseros, desnuda de afectos. Carecía de recuerdos familiares. Cuando volvía la mirada atrás en su vida, para repasar los años de la infancia y de la adolescencia, solo podía evocar la Casa de Maternidad y el asilo correccional. De la primera, apenas si recordaba nada. En el duermevela de las noches intranquilas, la reconocía por una fantasmagoría imaginativa de tocas monjiles, de pasillos y salas con las paredes blancas. Del asilo conservaba una memoria precisa. Podía revivir aquella etapa de su vida hasta en los menores detalles. La figura del director, viejo y encorvado, con quevedos y bigote lacio. El amplio dormitorio, en el que se alineaban más de un centenar de camas, de las que algunas se perdían en ángulos de sombra bajo la luz mortecina de unas bombillas sucias. Los dos comedores, con mesas de madera amarillenta, comida por el estropajo y la lejía, donde por las mañanas les daban una inverosímil rebanada de pan, rubricada por un fino trazo de aceite, y la taza de café negro, que le producía unas diarreas tremendas; y a mediodía y por las tardes un invariable potaje de legumbres y carne. La sala de clases, con pupitres negros, cartas geográficas y el globo terráqueo. Y el patio rectangular, donde los domingos se jugaba a la pelota. Y el taller de pulimentar metales, oscuro, sombrío, lleno de zumbidos monótonos de las poleas y de los gritos amenazadores del encargado, entre cuyos muros, ante un cepillo de torno, los asilados consumían meses y aun años de su existencia y recibían, al menor descuido, bofetones, puñetazos y puntapiés.
Portada de 'Guerra total'
La vida en el correccional, que conoció por un trámite burocrático, pródiga en disciplinas y castigos, parca en higiene y alimentación, había tatuado a Pablo Expósito con aquel sello de tristeza y hurañía. En el asilo no tuvo amigos. Las horas de asueto en el patio las pasaba sentado bajo un copudo álamo que se alzaba junto a la tapia, desde donde percibía con fuerza los ruidos de la calle. Para él, la calle era sinónimo de lo desconocido, de una libertad que se presiente. ¡La calle! ¿Qué había allí? Apenas si la entreveía en las salidas mensuales que se realizaban colectivamente, poniendo en el ambiente ciudadano la nota patética de sus semblantes demacrados y sus blusas azules. Pero oía hablar a muchos compañeros de los padres, de la familia, del vivir libre, de las montañas y del mar. Una curiosidad de plomo le ahogaba. Por las noches, la estafilococia no le dejaba dormir. Se revolvía inquieto en la cama, rascándose la espalda hasta sentir en las yemas de los dedos la humedad cálida de la linfa mezclada con sangre. Las sábanas, gruesas y ásperas, le excitaban aquella desazón y el insomnio le llenaba de imágenes la cabeza. ¿Qué era la calle?
¿Quién vivía en el interior de tantas casas como él había visto en la ciudad? ¿Había otros niños? Veía cruzar arriba y abajo del dormitorio, entre dos filas de camas, al padre Gonzalo, hermético y cruel, esgrimiendo el junquillo con que azotaba el rostro de los asilados que metían sus manos debajo del embozo. En cuantas ocasiones el vigilante caminaba de espaldas a él, Pablo se descabezaba un grano y pensaba: “En la calle no hay padres Gonzalo; nadie pega a los chicos, pueden dormir como quieren”. Una noche ocupó la cama contigua a la suya un muchacho de dieciséis años, ingresado aquel día. Le oyó sollozar. Con voz queda, Pablo musitó: “¿Qué tienes? ¿Estás enfermo?”. El otro se limpió las lágrimas con el puño cerrado, sorbió los mocos y contestó: “Se ha muerto mi madre”. Sostuvieron un diálogo breve. Pablo tornó a preguntar:
–¿Y tu padre?
–No tengo.
–¿No tienes familia?
–Sí; unos tíos. Pero no me han querido.
–¿Por qué te han traído aquí?
–Por eso, porque se ha muerto mi madre. Mis tíos han dicho que era malo y me han traído aquí, que es una cárcel... Yo soy bueno; mi madre me quería mucho.
Volvió a llorar silenciosamente. A Pablo le pareció que una de las palabras dichas por el nuevo compañero le martilleaba en el cerebro: “cárcel... cárcel... cárcel...”.
Chaves Nogales y su relación con los espías en la II Guerra Mundial: un libro desvela nuevas sorpresasMustio de odio y rencor, salió del asilo a los dieciocho años. Su aprendizaje de pulir metales no le sirvió para nada. Estuvo de groom en un hotel. Luego, de mozo en un almacén. Más tarde, fue comisionista de distintas mercancías. Llamado a filas, pasó por el cuartel. La vida libre, a la que Pablo Expósito había salido lleno de inquietudes, de ilusiones y esperanzas, no le pareció mejor que la del correccional. Se entregó furiosamente a la lectura. Devoraba volúmenes. Poco a poco le nació en el espíritu una mística de la soledad y del silencio. Se adentraba por los caminos del anarquismo apostólico y filosófico. Admiraba a Kropotkin y a Élisée Reclus. Cierto día chocó con las teorías racionalistas de Francisco Ferrer y de ellas pasó a las concepciones pedagógicas de Herbert Spencer. Tuvo una sensación de luz, como si alguien hubiese alumbrado con una antorcha su camino. Dentro suyo se puso en pie un interrogante: ¿Por qué no devolver, golpe a golpe, bien por mal? La sociedad había sido con él indiferente, inhumana. Pero él podía, en un círculo mínimo átomo perdido en la inmensidad alterar el ritmo de la gravitación social. Pensó que la única libertad posible era la de sembrar a voleo en surcos vírgenes. Le atraían los niños, como una cera blanda donde dejar huellas profundas de nueva humanidad. Se decidió. Se matriculó como alumno libre en la Escuela Normal de Maestros. Quitó minutos al descanso, horas al sueño. Un prodigio de voluntad le hizo llegar hasta la meta. A los veintinueve años obtuvo su título y fue destinado a una aldea gallega, perdida en los confines cantábricos del mapa de España.
Ilustración de Josep Bartolí para el cuento 'La ultima lección', de Manuel Chaves Nogales, publicado en la revista 'Madrid' en 1938
El pueblo era pequeño, blanco, limpio. A lo lejos, visto desde lo alto de las lomas vecinas o desde un punto lejano de la costa, parecía un rincón de Belén. Asentado en el vértice de dos colinas que formaban un valle angosto, al borde del Cantábrico, el caserío, de paredes enjalbegadas y techumbres rojizas de arcilla, se enracimaba por una ladera, tierra adentro, como si las viviendas, huyendo del mar, se cabalgasen entre sí. En el centro, a modo de vigía de vidas y conciencias, se alzaba, parda y cuadrada, la torre de la iglesia.
Los alrededores eran pintorescos, con esa belleza dulce y melancólica del paisaje gallego. Pastos verdes. Sauces y chopos. Pegada a las casas, extendiéndose hacia los montes, podía verse una escasa geometría de huertos: breves rectángulos con manzanos, perales y almendros, entre los cuales discurrían, perezosas y claras, las aguas de un riachuelo. En Cedeiro, las gentes eran a un tiempo aldeanas y marineras. Muchos poseían una parcela de tierra en arriendo; casi todos tenían un puesto en las barcas de pesca; y algunos guardaban una vaca y un ternero en el establo. Pero se vivía mal. Pobremente. Con estrecheces. Apenas si se arrancaba al campo y al mar lo estricto para el sustento. Era siempre la Galicia mísera, de emigrantes, imagineros y mendigos, bajo la garra del caciquismo que, en aquel verano de 1935, bajo el signo regresivo de la política radicalcedista, había vuelto, a paso de carga, por sus fueros feudales. Y así en Cedeiro, el ganado y el agro, la justicia y la Guardia Civil, estaban en una sola mano: la de Felipe Corma, apoplético, grosero y jaquetón, que tenía en el pueblo bienes, casa, tertulia y coima. En primavera y verano Cedeiro se llenaba de sol y colores vivos, como las regiones del sur. Reverdecían las praderas y el cielo se tornaba de un azul puro y fuerte. Por las calles correteaban chiquillos descalzos, los viejos fumaban su pipa sentados frente al mar y las mujeres cosían velas o remendaban redes en la plazoleta. Por las tardes, cercano el crepúsculo, envuelto en una nube de polvo, aparecía por la carretera el camión de La Coruñesa, que venía desde El Ferrol a buscar el pescado. A cambio de unas cestas de sardina, besugos, julias y serranos, los pescadores recibían unos cartuchos grandes de calderilla y otros menores de plata. Encima de una roca hacían montoncitos de monedas para repartirse el dinero y, al rato, unos marchaban al huerto y otros, desnudos de pie y pierna, quedaban junto al mar ocupados en la limpieza y amarre de los botes. En otoño e invierno la vida era triste en Cedeiro, que se convertía en aldea aparentemente despoblada. Las callejuelas permanecían desiertas, cruzadas al amanecer y al atardecer por los que iban y venían del mar o de la taberna de Blas, en donde mataban el tedio jugando al mus. Los viejos, las mujeres y los chicos, se encerraban en casa y desde allí, cerca del fuego, veían caer la lluvia, mansa, menuda y tenaz.
Ilustración de Josep Bartolí para el cuento 'La ultima lección', de Manuel Chaves Nogales, publicado en la revista 'Madrid' en 1938
A Pablo Expósito le gustó el pueblo. El sosiego, la paz y el silencio, apenas turbados por el bronco y constante rumor del Cantábrico, conjugaban con su espíritu ahíto de gran ciudad. El mismo día de su llegada, por conducto del maestro saliente, conoció al cura, el padre Moisés, un hombretón sanguíneo que fumaba tagarninas, jugaba a las cartas, miraba a las rapazas con intención torcida y blasfemaba entre dientes con cierta soltura; al cacique Corma; y a Corbalán, farmacéutico y médico en una pieza, de ojos saltones y nariz colorada. Cambió con ellos unas fórmulas de cortesía y se hurtó en cuanto pudo al examen curioso a que querían someterle. Se hizo cargo de la escuela, que se moría de polvo, de suciedad y de olvido. La blanqueó por su mano con cal, repintó los pupitres, los armarios y la tarima; colgó en las paredes atlas y dibujos que se había llevado de Madrid. Desempaquetó cuadernos, libretas y abecedarios; sacó los álbumes de geografía y las cajas de lapiceros. Sentía una emoción inédita, una alegría íntima. En las primeras clases solo reunió en torno suyo a diez o doce alumnos. Los demás se quedaban en casa, al lado del fuego. Pablo Expósito emprendió una peregrinación por el pueblo. Se hizo abrir todas las puertas, cerradas a la lluvia y al frío invernales. Habló a los padres con voz persuasiva. Había que mandar los chicos a la escuela, en donde recibirían el pan candeal de la enseñanza. Les ofrecía un símil pedestre: “Vuestros niños son como el campo; hay que sembrar para recoger algún fruto”. Después charlaba con ellos de los trabajos en la huerta y de las faenas del mar. Y todos le escuchaban silenciosos, un poco turbadas las mujeres jóvenes, contentos los viejos, con las cejas enarcadas los hombres, que se extrañaban de que “el señor maestro” supiese tanto de peces y de plantas... Pablo les aconsejaba también medidas de higiene y aquellas reglas simples de eugenesia que podía inculcar en sus espíritus sencillos, dados a la práctica supersticiosa del curanderismo. A cambio de sus pláticas instructivas, el maestro recibía y cosechaba bienes del acervo popular. Le complacía escuchar consejas, coplas y leyendas. Con el tiempo supo vencer la reserva suspicaz de las gentes de Cedeiro. Se ganó su confianza, su respeto y su admiración. Con esto se atrajo la enemistad del cura, el farmacéutico y el cacique. Pablo Expósito ni siquiera se apercibió de tales malquerencias.
La Segunda Guerra Mundial según un Chaves Nogales inédito: "Alemania siempre ataca contra el más débil"Había conseguido llenar la escuela con todos los muchachos del pueblo y ponía en curso su concepto de la pedagogía, que arrancaba del viejo proverbio latino: castigat ridendo mores. Con la llegada de la primavera inició las clases al aire libre. Organizó la cultura física y estableció competiciones entre los alumnos, a quienes proveyó de balón, anillas, paralelas y cuerdas. En pleno monte, a la orilla del río, o en las rocas que batía el mar, Pablo Expósito daba lección a sus discípulos, buscando los ejemplos en la naturaleza. Explicaba con sencillez las leyes físicas y los fenómenos primarios de la naturaleza. Les hacía cantar en coro canciones del país, que rodaban por el valle estrecho con ecos de juventud. Sentado en un ribazo, rodeado de los muchachos como de una bandada de pájaros, conversaba con ellos o les explicaba fáciles parábolas. Toda su obra educativa se asentaba sobre dos pilares: la bondad y la justicia. Así, entre risas y juegos, les entraba por la llanura infinita del saber, despertando su curiosidad infantil, convirtiendo en floridas y amenas las asignaturas áridas. En historia sometía al juicio de los educandos la conducta de pueblos, reyes y gobernantes, y le conmovía intensamente, como una sacudida eléctrica, oír a las bocas jóvenes censurar a Fernando VII, elogiar a Amadeo de Saboya y condenar la guerra de Cuba. De cuando en vez, Pablo Expósito, orgulloso de su labor, se entretenía en sondear el espíritu de sus pequeños amigos. Al azar, preguntaba a cualquiera:
Tú eres bueno, Julito. ¿Por qué eres bueno? ¿Tienes miedo de mí?
–No.
–¿De tus padres?
–No.
–¿De Dios?
–Tampoco.
–Entonces, ¿por qué eres bueno?
–Para que los demás sean buenos conmigo y me quiera todo el mundo.
Un día visitaron a Pablo Expósito el cacique Corma y el padre Moisés. Con aire embarazado, el cura, después de unas toses ficticias y de mirar varias veces a su acompañante, expuso:
–Verá usted, don Pablo... Hemos venido porque tenemos que hablarle. Sí, aquí, don Felipe, también quiere hablarle. Lleva usted nueve meses en el pueblo y... subrayó la frase ... y aunque parece que no le gusta nuestra compañía y sabemos que enseña usted muy bien a los chicos, nos hemos enterado de que no les da clase de religión. Y a esto hemos venido. Ya sabe usted que la doctrina...
El maestro le interrumpió:
–No es reglamentario en las escuelas del Estado. Sé muy bien cuáles son mis deberes.
El cacique Corma enrojeció. También al cura se le subió el pavo. Corma con tono de jaque pueblerino apartó al padre Moisés de un empujón brusco y se encaró con Pablo:
–Oiga, joven, no nos venga con monsergas de esas. A nosotros todo eso no nos importa. Yo venía en son de paz, pero si usted quiere...
No pudo terminar. Pablo Expósito cortó enérgicamente:
–¡Fuera de aquí!... ¡Fuera!
Salieron. El cura se persignaba con aire hipócrita y escandalizado; el cacique mascullaba amenazas por lo bajo.
* * *
Con el camión de La Coruñesa llegó la noticia. En El Ferrol se andaba a tiros por las calles. Nadie sabía exactamente lo que sucedía. La tropa había salido de los cuarteles y tenía acorralados, en algunos lugares, a grupos de obreros. Marinos de la escuadra combatían en los puentes de los buques de guerra y en el muelle, manteniendo a raya a sus oficiales y a una compañía de soldados que había acudido en apoyo de estos. En la plazoleta de Cedeiro se formó un ancho corro de curiosos que oían, suspensos, el relato del chófer y su compañero. Abandonaron su labor las mujeres y se acercaron algunos viejos. Pablo Expósito, que regresaba con sus discípulos de una excursión, se unió a los oyentes. El mecánico seguía explicando los hechos. Los sucesos habían empezado con unos disparos sueltos en el puerto. Después, el rumor de la lucha se había extendido por toda la ciudad. Ellos, la gente de La Coruñesa, habían decidido no hacer viajes aquel día. Pero a las tres de la tarde se había presentado en el garaje, que tenía echado el cierre metálico, una patrulla de soldados al mando de un alférez. Este oficial, muy pálido, les había hecho varias preguntas atropelladamente: si tenían armas, si eran sindicalistas o comunistas. Le contestaron que no a todo. Entonces, el alférez les ordenó realizar los viajes acostumbrados, diciendo: “Vayan ustedes tranquilos. No pasa nada. Si tienen ustedes temor de algo, les acompañarán dos soldados. Es necesario que se restablezca inmediatamente la normalidad”. Habían obedecido. Hasta las afueras de El Ferrol les acompañó el rumor de un fuerte tiroteo, en el que las descargas cerradas de fusilería se mezclaban con el agudo crepitar de las ametralladoras. Los pueblos del contorno, más allá de El Ferrol, permanecían tranquilos...
Chaves Nogales, el periodista incómodo que fue odiado por fascistas y revolucionariosEl cacique, avisado de lo que ocurría por el farmacéutico, se presentó en la plazoleta. Hendió a codazos el círculo cerrado en torno al chófer de La Coruñesa. Cuando llegó a su altura, le interrogó.
–¿Qué es? ¿Qué pasa?
Se hizo repetir, íntegra, la narración. Y luego, volvió a preguntar:
–Entonces, ¿son los comunistas?
El chófer se rascó la cabeza y titubeó un segundo antes de aclarar:
–Yo creo que no. Yo creo que son los militares que se han sublevado contra el gobierno. El oficial que ha venido al garaje nos ha dicho que a los soldados que nos diesen el alto contestásemos con un “¡Arriba España!”. Esto es lo que gritan siempre los falangistas...
Felipe Corma no quiso escuchar más. Como presa de un ataque de vesania, amoratada la faz, hinchado el cuello, se puso a vociferar:
–¡Sí, arriba España, arriba España, arriba España...!
¡Muera la República! ¡Viva el Ejército! ¡Muera Azaña!
De pronto cogió al chófer de La Coruñesa por un brazo y le ordenó:
–¡Vamos a El Ferrol! ¡Enseguida! ¡Ahora mismo!
Subyugados por el mandato, los obreros de La Coruñesa le obedecieron. Medio minuto más tarde el camión se ponía en marcha y los aldeanos y pescadores de Cedeiro, entre asombrados y temerosos, vieron partir a aquel energúmeno que, por la ventanilla, asomaba su brazo rígido saludando a la romana y voceaba sin cesar:
–¡Arriba España, arriba España!
En medio de la plaza, las mujeres apretaban a los hijos contra sus faldas, como si ya viesen los charolados tricornios de la Guardia Civil.
Ilustración de Josep Bartolí para el cuento 'La ultima lección', de Manuel Chaves Nogales, publicado en la revista 'Madrid' en 1938
Pablo Expósito entró en su casa pensativo. ¿Qué era aquello? Él no leía periódicos ni recibía correspondencia. Aislado en Cedeiro, entregado a su sacerdocio, la mala nueva le sorprendía, llenándole de inquietud y estupor. ¿En qué acabaría lo que había comenzado? ¿Sería una asonada más, como la del 10 de agosto del 33? ¿O el motín revestiría características más graves? Se inclinó a suponer lo último. El 10 de agosto solo tuvo por teatro Madrid y Sevilla. Las más violentas huelgas revolucionarias no habían rebasado casi nunca los grandes núcleos obreros: Barcelona, Zaragoza, Bilbao... Y aquella frase del mecánico de La Coruñesa: “Yo creo que son los militares que se han sublevado contra el gobierno”... Y aquellos gritos del cacique... Al día siguiente, el peatón que venía de recorrer parte del litoral confirmó el hecho en toda su gravedad: el ejército en masa, los señoritos de Falange y las gentes de Acción Popular se habían levantado en armas contra el régimen republicano. Se batallaba enconadamente en toda España. Madrid y Barcelona se mantenían con el gobierno. Otras ciudades estaban en poder de los sublevados. El pueblo entero de Cedeiro hirvió cuatro o cinco días de zozobra y comentarios. En la taberna de Blas se entablaron discusiones larguísimas y llegaron a pronunciarse palabras violentas. Pablo Expósito procuraba tranquilizar a todos. Al correr de los días se fueron calmando los ánimos. El transporte de La Coruñesa regularizó sus viajes. Pero con un chófer nuevo que llevaba sobre el pecho el emblema de los falangistas y un lazo con los colores de la bandera monárquica. Traía siempre noticias optimistas. El Gobierno estaba derrotado. Únicamente se defendía en Cataluña y Madrid. Era cuestión de unos días vencer su resistencia. Los militares y Falange Española iban a gobernar. Pablo Expósito fue escuchando, en días sucesivos, estos partes verbales. Presintió que algo amenazaba hundirse en España, con carácter definitivo, si los militares rebeldes triunfaban en sus propósitos. Con el espíritu lleno de sombras se sobrepuso al dolor. No dejó de dar sus clases. A la semana de haber estallado el movimiento fascista, Pablo Expósito, al caer del día, estaba rodeado de sus alumnos en un bosquecillo de sauces. Una paz solemne cubría la campiña. En el horizonte, sobre los montes y en el confín del mar, el cielo comenzaba a teñirse de arreboles. Tumbado sobre la yerba fresca, el maestro glosaba, hurtándole el barniz bíblico, la parábola de Sansón. Los chicos le oían sin respirar, siguiendo con las pupilas cándidas los anchos ademanes de Pablo Expósito, que refería:
–La fuerza es un don de la naturaleza, y ha de estar siempre donde esté la bondad. Por eso el pastor de nuestro cuento, que era un zagal fuerte, valeroso y bueno, esperó aquella noche al lobo...
Se oyeron unos pasos cautos de botas con suela de goma.
Pablo Expósito se puso en pie. Una voz gritó:
–¡Arriba las manos!
Era la Guardia Civil, con los fusiles terciados. ¿Cuántos había? Dos, diez, mil, treinta y cinco mil: ¡todo el instituto de la Benemérita le bailó ante los ojos a Pablo Expósito! Entre las filas de uniformes verdes, vestida de novia, bailaba la muerte. Al condenado, como un relámpago, le cruzó por la mente esta idea: “Celebran su boda la muerte y los guardias”. Y entre unas brumas rojas que le cegaban, Pablo Expósito vio también detrás de los tricornios, fumándose un puro, al cacique Felipe Corma. Y no pudo ver más. Se estremeció el aire con seis detonaciones secas, que galoparon ululantes por los montes y las llanadas y el mar, como si fuesen el repiqueteo de un morse que pregonase asesinatos. Cayó Pablo Expósito de bruces, con su greña indómita sobre la cara. Los niños, en torno al maestro yacente, quedaron inmóviles, mudos. Tenían seca la boca; y tenían calor y frío y miedo. Pero uno de ellos se agachó con lentitud, cogió una piedra, volteó el brazo y la disparó con tino: fue a dar en la frente de la Benemérita y le dejó una huella imborrable.