De alguna manera, Zapatero era lo último que le quedaba al PSOE. No lo mejor ni lo más brillante, sino lo único. Un partido que ha expulsado de su universo a su hacedor, Felipe González; que ha renunciado a las raíces que le llevaron a ser el pilar más robusto de nuestra democracia, y cuyo máximo referente contemporáneo son los tuits de Óscar Puente, se agarraba a la ceja de su viejo líder mucho más allá de los mítines por los que le sacaban a pasear. Zapatero era el aval moral del sanchismo. La persona que tras una larga peregrinación había terminado abrazado a Pedro Sánchez, bendiciendo todas las cosas que no se podían comprender, para tranquilidad de votantes y militantes. Pero ahora ha caído.
El PSOE, tal y como lo hemos conocido en este siglo, ha iniciado un lento camino de agonía. Allí donde se pregunte, en lo alto del partido, pero sobre todo entre los votantes y en cargos medianos y pequeños, solo hay pesadumbre y zozobra. La imputación de Zapatero ha venido a rematar un estado de ánimo deshecho por las derrotas electorales y los casos de corrupción. "Es el fin", dicen muchos. "Las elecciones en Andalucía han sido el desastre que nadie quería ver y ahora lo de Zapatero... No hay rumbo, nadie se afilia...", se lamenta un dirigente regional. Sus palabras no son un oasis de opinión, sino una descripción compartida por muchos socialistas.
La noche electoral andaluza, antes del terremoto Zapatero, pasó desapercibido un mensaje de una de las pocas personas en el PSOE que se atreven a disentir en público. La alcaldesa de Palencia, Miriam Andrés, lanzaba este lamento tras confirmarse el descalabro de María Jesús Montero: "Otra más. No llegamos ni al 23%... nos quedaremos sin poder territorial, el cercano, el que pisa la tierra y mira a los ojos... lo peor, el eco...".
El eco. Sin respuesta al otro lado. Con la única consigna de aguantar hasta 2027 al coste que haga falta. Alcaldes y dirigentes regionales piden a Sánchez que convoque las generales antes que las autonómicas y municipales, a celebrar el 23 de mayo de 2027, justo dentro de un año. Pero el líder que llegó al poder aupado por las bases está decidido a sacrificar a las bases, cada vez más menguantes. Consecuencia natural de un partido que se gobierna de arriba abajo, y ya ni siquiera se hace desde Ferraz, donde Rebeca Torró ejerce de secretaria de Organización sin poder alguno. Todo se hace desde Moncloa, convertida en gabinete electoral permanente. La pregunta se hace sola: ¿qué será del Partido Socialista cuando ya no esté en Moncloa?
UN PARTIDO SIN VOTOS
La semana del horror empezó con el desastre andaluz: un 22,7% de los votos, el peor resultado de la historia, cosechado por la número dos del partido y tras una activa participación de Sánchez en la campaña. No ha habido dimisiones ni tan siquiera un mínimo análisis de qué se ha hecho mal.
Tampoco se hizo en las anteriores. En cada elección de este año al PSOE le ha ido un poco peor que en la anterior: un 25,8% en Extremadura, un 24,4% en Aragón, un 22,7% en Andalucía. Solo allí donde había un candidato que no está directamente vinculado a Sánchez, como fue Carlos Martínez en Castilla y León, alcanzó el PSOE el 30% de los votos.
Los socialistas solo lideran el Gobierno en cuatro comunidades autónomas, pero según las encuestas que publicamos hoy, el año que viene pueden perder dos de ellas: Asturias y Castilla-La Mancha. Los dos últimos territorios históricos de la izquierda que le quedan. El PSOE mantendría el poder en Cataluña y Navarra, aunque en esta última no se descarta el sorpasso de Bildu.
En alcaldías, de las 67 ciudades españolas con más de 100.000 habitantes, el PSOE gobierna en 20, de las cuales ocho están en Cataluña. Es decir, que sin contar el PSC, los socialistas solo gobiernan 12 ciudades grandes: cuatro en Madrid, dos en Galicia, dos en Canarias, dos en Andalucía, una en País Vasco y otra en Castilla y León. A revalidar todas ellas en las elecciones del año que viene.
Es la combustión paulatina del partido. El propio Sánchez solo ha ganado en toda su carrera política las elecciones de 2019, en su doble convocatoria. Fue su mejor momento y obtuvo el 28% de los votos: el presidente menos votado de la democracia. Se ha construido un mito en torno a su invencibilidad, pero es eso, un mito. Según la definición canónica de Lévi-Strauss, los mitos le sirven al hombre para "enmascarar las contradicciones entre las ideas y la realidad". Entre lo que se dice y lo que existe. Entre Sánchez y la verdad. Pierde elección tras elección y solo el vaciado moral al que ha sometido a su partido y a la política española explica su longevidad.
UN PARTIDO SIN REFERENTES
Había alguien en el PSOE que había llenado ese vacío. Para un gobernante como Sánchez, tan necesitado de legitimidad moral para mantenerse en el poder sin mayoría, sin presupuestos y rodeado de corrupción, el apoyo de Zapatero, el gran referente moderno de los socialistas, era el sostén esencial. Desaparecidos Ábalos, Carmen Calvo, Adriana Lastra, Santos Cerdán o Paco Salazar, lo que quedaba era el ex presidente carismático del talante y el optimismo. Y parecía suficiente.
Zapatero es un presidente que cogió a España en el mejor momento de su historia reciente y abandonó el poder siete años después dejándola en la ruina económica, la quiebra social y la depresión política. El país todavía no se ha recuperado de aquello, pero él sí lo hizo. Tras un tiempo apartado, reapareció en el momento justo en el que más lo necesitaba Sánchez.
En su nueva faceta de influencer global, Zapatero fue el guante de terciopelo que necesitaba el sanchismo para acariciar las cosas más ásperas. No es casualidad que las dos personas que asumieron la negociación con Puigdemont para subastar la nación a cambio de siete votos, Santos Cerdán y José Luis Rodríguez Zapatero, hayan acabado investigados por corrupción en la Audiencia Nacional. El vaciado moral es el mismo para la amnistía que para el rescate de Plus Ultra. Y es el agujero que permite que se cuelen hasta lo más alto del poder personajes como Julito Martínez y Koldo García.
Zapatero terminó siendo el inspirador de las cesiones al independentismo, del relativismo llevado al extremo del desgobierno y de algunos de los puntos más oscuros de la política exterior, plenamente vigentes, como son el acercamiento a la Venezuela chavista y a la China de Xi Jinping.
Ahora ha caído, queda solo Sánchez y tras él no hay nada para el PSOE, solo tierra quemada. Todo lo que ha sido el partido en este siglo se lo debe a ellos y a ellos se deberá cómo acabe esta historia. Por encima de todo, la gran aportación de los dos, lo que los convertía en un dúo compatible, es lo que va del Tinell a Waterloo: la creencia de que la división de los españoles, los muros y la polarización son herramientas políticas válidas.
El mayor servicio de la política, lo que hace grande a las naciones y las democracias, es lo contrario, favorecer que personas con distintas ideas puedan convivir en paz. Pero este PSOE se olvidó de ello, por decisión de sus dos líderes. Uno va camino de la Audiencia Nacional, el otro espera el veredicto final de las urnas, cada vez más cercano. Ellos abandonaron el lado bueno de la política y la política les ha abandonado a ellos.