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Lesbianas que hacen cosas: Sara Navarro

Lesbianas que hacen cosas: Sara Navarro
Artículo Completo 1,231 palabras
Futbolista, fotógrafa, manager accidental, programadora cultural, talladora de cucharas y señora que fotografía nebulosas, la protagonista de esta sección podría protagonizar tres entregas más
Lesbianas que hacen cosas: Sara Navarro

Futbolista, fotógrafa, manager accidental, programadora cultural, talladora de cucharas y señora que fotografía nebulosas, la protagonista de esta sección podría protagonizar tres entregas más

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Violeta Niebla

16/07/2026 a las 12:14h.

La foto que acompaña este texto la hicimos obligando al marido de mi madre a llevarnos en el BMW descapotable de su jefe para hacernos una sesión improvisada. Algo que en aquel momento nos parecía completamente razonable.

Sara Navarro tiene material para preparar tres entregas de Lesbianas que hacen cosas. Una siente cierta humillación logística intentando resumir a alguien que ha sido: futbolista, fotógrafa, manager accidental, programadora cultural, talladora de cucharas y señora que fotografía nebulosas.

Para hacer esta entrevista mantenemos una conversación por email. Le escribo para pedirle orden, una cronología. Me responde con un: «Hola querida, nada me hace más ilusión que habernos conocido en los años 90». Continúa diciendo que tiene 44 años y que me escribe fumando en una pipa que podría ser de su abuelo, llena de una mezcla de «hierbas sagradas» sin nicotina —lobelia, menta, mejorana, caléndula y no sé qué más— y preguntándose si se puede ser más snob. No. O quizá sí, pero desde luego no quiero cambiar una sola coma de esa entrada. Pienso que esto ha dejado de ser una entrevista para convertirse en una correspondencia sáfica. Una quisiera pensar en Virginia Woolf y Vita Sackville-West, pero enseguida Sara recuerda que se enamoró de mí por IRC y el glamour literario se recoloca.

Sara y yo nos conocimos cuando internet hacía ruido. Somos hijas del IRC, del Messenger y del drama de que alguien levantara el teléfono fijo y se cortara la conexión en mitad de una declaración sentimental cuidadosamente escrita. También de DeviantArt, rebautizado por muchas como LesbianArt, una red social supuestamente de artistas donde, seamos sinceras, estábamos todas ligando con todas. Ella me recuerda que ahí usaba la fotografía para expresar sus sentimientos. «Sentimientos bolleros adolescentes. De decir un 'me gustas' subiendo una foto conceptual y una letra de canción». Entenderéis que yo ya estaba dentro de esta historia.

Sara Navarro posa con su cámara.

A finales de los noventa, mientras muchas aprendíamos a sobrevivir siendo bolleras sin referentes, Sara jugaba al fútbol femenino federado en liga nacional, lo que hoy equivaldría a primera división. Me gusta pensar eso porque habla de una generación que estuvo haciendo cosas mucho antes de los estadios llenos, de las niñas con camisetas de futbolistas y del Mundial.

En 2004 alguien le propuso cubrir FESTIMAD para un medio musical. Nunca había hecho fotografía de conciertos. No tenía equipo. Se presentó en el foso con una Nikon Coolpix 2100 de dos megapíxeles que, en sus palabras, «te da la risa». Era la única mujer. Sin modo manual. Tirando de modo deportes del dial para poder hacer fotos y que no salieran movidas.

Patti Smith había prohibido las fotos frontales. Solo perfiles. Había incluso que firmar un papel comprometiéndote a ello. Sí, le hizo fotos a Patti Smith con una cámara de dos megapíxeles. Contra toda lógica, de allí salió una carrera de más de veinte años. Aprendió a anticipar golpes de luz, a leer la posición de un pie de micro, a intuir dónde iba a colocarse el frontman o la frontwoman y correr antes que el resto. Me fascina pensar en esa lesbiana noventera sobreviviendo por instinto entre señores con equipo serio.

Luego vino todo lo demás. Fotografiar conciertos, festivales, medios musicales, promo de grupos. 40 Principales, Mondosonoro, Heineken Música. Matadero. La Casa Encendida. Incluso un premio nacional de fotografía compartido con Ouka Leele, que no está nada mal para alguien que empezó con una cámara casi de juguete. Pero una de las cosas que más me gustan de Sara es que cuando estaba dentro de un ecosistema no se conformaba con mirar. Si fotografiaba grupos, quería ayudarlos. Si ayudaba grupos, quería mover conciertos. Si movía conciertos, acababa montando una agencia de management. «Más bien una ONG, porque dinero nunca gané», me escribe.

Su primera novia salió de un chat de IRC y la besó en los baños de llegadas del aeropuerto de Barajas

Aquí aparezco yo también, lo cual me hace ilusión porque una siempre quiere colarse en las biografías ajenas. Le hablé de una amiga malagueña, Paula, que tenía un grupo llamado Allfits. Sara acabó siendo su manager, organizando conciertos y sacándoles un disco. Luego más grupos, más salas, más festivales. Uno de esos festivales terminó con una elegancia dramática perfecta: la erupción del volcán islandés Eyjafjallajökull impidió que llegaran los grupos internacionales y aquello murió de forma tan poética que parece inventado.

Pero mi escena favorita es otra. Borja Prieto, entonces director de MySpace España, la llama porque sabe que es fan absoluta de Pixies. Tiene unos minutos para conocer a Kim y Kelly Deal antes de que cojan un transfer al aeropuerto. Sara acaba en una habitación de hotel haciendo «las fotos más bizarras y extrañas» de su vida. Las hermanas en la cama del hotel, posando con una botella de hospitalidad, sin entender probablemente qué estaba pasando. Nervios. Inglés precario. Gemelas. Y entonces el remate: pedirle a Kelly que le firme el Doolittle de Pixies creyendo que era Kim. Kelly, divina, firma por su hermana. Francamente, mejor historia que una firma correcta.

Las fotos que Sara Navarro hizo a Pixies y el autógrafo que Kelly firmó por Kim..

En algún momento una pensaría que esta mujer seguiría acumulando noches, salas y fotógrafos sudorosos para siempre. Pero no. Sara muta.

Empieza a tallar madera de forma autodidacta porque necesita hacer cosas con las manos. Oler la madera. Construir algo útil. Una cuchara, por ejemplo. Durante la Filomena recoge ramas de árboles caídos de Madrid y los convierte en cucharas que regala a vecinos y comercios. A esa deriva terapéutica y manual la llamó Sierra Studio. Luego viene la prensa, televisión, encargos y web. Y luego la decisión sensata: dejar de monetizar aquello antes de que el placer se convierta en obligación.

Hoy dirige y programa Siroco ARTLAB, trabaja con arte digital, investiga su genealogía familiar, colecciona fotografía del siglo XIX, rescata fotos anónimas de mercadillos preguntándose quiénes eran esas personas y hace astrofotografía porque al parecer tampoco le bastaba con la Tierra.

Como esta sección tiene sus obligaciones impuestas por mí, pregunto por novias y trabajos raros.

«Mis novias solían durar un año. Al año me dejaban». También están las no-novias, aclara. «Bolleras nacidas en los 80, sin apenas referentes y que tuvimos novias en nuestra cabeza (muchas)». Su primera novia salió de un chat de IRC y la besó en los baños de llegadas de Barajas. Hubo llamadas desde cabinas públicas. Monedas. Drama adolescente. Con la última novia acabó casada.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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