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Literatura artificial, cerveza artesanal

Literatura artificial, cerveza artesanal
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Al publicar su libro sobre Elon Musk, a Walter Isaacson le hicieron una de esas críticas que se recuerdan muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento o en la sala de espera del dentista antes de hacerte tu limpieza anual, que también es un momento de profundas reflexiones bucodentales. Gary Shteyngart escribió en 'The Guardian' que su prosa estaba tan cargada de clichés que parecía generada por inteligencia artificial, algo que entonces –septiembre 2023– sonaba a insulto, un insulto novedoso, como de inaugurar un agravio y regalárselo a la historia de la literatura y sobre todo del periodismo, un oficio lleno de opinadores que creen que lo que no se insulta no existe.Hoy la situación es la contraria, pues ya la IA se utiliza con la ligereza y naturalidad de un grifo. La productividad ha aumentado y ya cualquiera te entrega un texto más o menos aseado, hasta tal punto que lo peor que se puede decir de una novela es: está claro que esto no lo ha escrito la inteligencia artificial. Que es una forma de decir: hay pozos del estilo a los que solo llega la inteligencia natural. Pero esto no solo sucede con la literatura.—¿Sabes? Yo odio la cerveza artesanal.—Y yo: viva la revolución industrial.En la literatura-literatura, que viene del pan-pan, el uso de la inteligencia artificial sigue siendo un tabú, y como tal esconde un miedo ancestral: el miedo no a la tecnología, sino a dejar de ser considerado un genio, o a que los genios desaparezcan de la ecuación del mercado editorial. A Olga Tokarczuk le llovieron las críticas por admitir en una charla que jugaba con la IA, y que le venía de lujo para documentarse y también para ampliar su pensamiento creativo (sic). Luego, en un comunicado difundido para calmar el follón, recalcó que ella seguía escribiendo sus novelas, que era la autora de la totalidad de las páginas que había publicado. En ese momento quedó claro que sus lectores no podían soportar la intervención de la tecnología en su obra, como si esta fuera magia negra, o peor, un pacto con el diablo.Hace un par de semanas, la Academia Goncourt retiró de su lista de aspirantes al autor canadiense-haitiano Thélyson Orélien después de que lo acusaran de haber escrito el libro con el que competía con inteligencia artificial, algo difícil de demostrar. Es un caso esclarecedor, pues demuestra que la discusión editorial por la IA no tiene que ver con la calidad de los textos, sino con el significado mismo de la autoría, y en último término con la fe.O sea: que de momento hay más seriedad en la discusión de la cerveza artesanal que en la de la literatura artificial.

Al publicar su libro sobre Elon Musk, a Walter Isaacson le hicieron una de esas críticas que se recuerdan muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento o en la sala de espera del dentista antes de hacerte tu limpieza anual, que también es un ... momento de profundas reflexiones bucodentales. Gary Shteyngart escribió en 'The Guardian' que su prosa estaba tan cargada de clichés que parecía generada por inteligencia artificial, algo que entonces –septiembre 2023– sonaba a insulto, un insulto novedoso, como de inaugurar un agravio y regalárselo a la historia de la literatura y sobre todo del periodismo, un oficio lleno de opinadores que creen que lo que no se insulta no existe.

Hoy la situación es la contraria, pues ya la IA se utiliza con la ligereza y naturalidad de un grifo. La productividad ha aumentado y ya cualquiera te entrega un texto más o menos aseado, hasta tal punto que lo peor que se puede decir de una novela es: está claro que esto no lo ha escrito la inteligencia artificial. Que es una forma de decir: hay pozos del estilo a los que solo llega la inteligencia natural. Pero esto no solo sucede con la literatura.

—¿Sabes? Yo odio la cerveza artesanal.

En la literatura-literatura, que viene del pan-pan, el uso de la inteligencia artificial sigue siendo un tabú, y como tal esconde un miedo ancestral: el miedo no a la tecnología, sino a dejar de ser considerado un genio, o a que los genios desaparezcan de la ecuación del mercado editorial. A Olga Tokarczuk le llovieron las críticas por admitir en una charla que jugaba con la IA, y que le venía de lujo para documentarse y también para ampliar su pensamiento creativo (sic). Luego, en un comunicado difundido para calmar el follón, recalcó que ella seguía escribiendo sus novelas, que era la autora de la totalidad de las páginas que había publicado. En ese momento quedó claro que sus lectores no podían soportar la intervención de la tecnología en su obra, como si esta fuera magia negra, o peor, un pacto con el diablo.

Hace un par de semanas, la Academia Goncourt retiró de su lista de aspirantes al autor canadiense-haitiano Thélyson Orélien después de que lo acusaran de haber escrito el libro con el que competía con inteligencia artificial, algo difícil de demostrar. Es un caso esclarecedor, pues demuestra que la discusión editorial por la IA no tiene que ver con la calidad de los textos, sino con el significado mismo de la autoría, y en último término con la fe.

O sea: que de momento hay más seriedad en la discusión de la cerveza artesanal que en la de la literatura artificial.

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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