Un comino
Lo que enseña un vino Regala esta noticia Añádenos en Google (Sr. García .) 27/06/2026 a las 02:00h.Los tipos más interesantes en un bar no suelen ser los más guapos, sino los que cuentan buenas historias, quizás porque lo que nos hace ... más humanos es precisamente la capacidad de transmitir nuestras vivencias y conocimientos con esa herramienta poderosa que llamamos lenguaje. Los 'sapiens' somos primates que contamos historias y cocinamos.
Traigo la cabeza llena de estímulos, de historias, casi de cuentos. Vuelvo de Tenerife de un encuentro de muchas de las mentes más preclaras del mundo en lo referente a vinos, el 'Island Wines Summit', donde se han explicado numerosos elementos técnicos sobre la mineralidad o los aromas, pero sobre todo se ha venido a contar por qué unos vinos tienen arrolladoras personalidades y atraen a los aficionados mientras que otros no acaban de diferenciarse por más que les pongan nombres rimbombantes o graciosos.
Búsqueda de la esencia
Para entenderlo no es necesario ser ingeniero agrónomo o master sumiller. Basta con aplicar la lógica más básica que cualquier persona en contacto habitual con la naturaleza y el campo conoce. La vida tiene muchas enseñanzas para el vino, o viceversa: el buen vino ofrece muchas enseñanzas para la vida. Allí, escuchando a indiscutibles como los sumilleres Josep Roca, Pascaline Lepetier, Paz Levinson o Bernat Voraviu, periodistas de la talla de Jamie Goode y elaboradores de vino como Antonio Maçanita o Jonatan García Lima, por no hacer una lista muy larga, me he ratificado en la idea de que lo valioso necesita verdad y tiempo.
En este momento de clones y copias y clichés, lo que nos salva, porque nos conecta y determina nuestro lugar en el mundo, es la identidad, el origen, nuestra voz. La naturaleza no es un decorado, es una maestra que nos enseña a mirar, a escuchar y aprender y de vez en cuando nos manda un mensaje, una cura de humildad y nos recuerda nuestra pequeña dimensión, nuestra pequeñez. No somos tan importantes, ni tan poderosos. Debemos aceptar la incertidumbre, rebajar el ego y la tendencia a la exhibición, quizás a iniciar de nuevo, humildemente, la búsqueda de la esencia, aunque sea solo un gesto para ayudar a desprendernos de lo superfluo.
Tragedia y esperanza
Es curioso cómo puede uno estar paladeando un vino nacido de viñas improbables plantadas al borde del mar, entre los huecos que deja la roca volcánica de la isla de Pico -como un arinto de Antonio Maçanita Azores Wine Company- y sentir ahí contenido, como el genio en una lámpara mágica, todo el carácter de aquel lugar, desde su ambiente salino a la fuerza telúrica de la ausencia de casi todo lo domesticado. Es la historia de un lugar y de un tiempo concretos; como en todo gran libro, la historia de unos hombres que no tratan de vencer a los elementos agrestes y poderosos, sino de colaborar con las cepas para que entre ambos puedan lograr algo único.
En las últimas décadas el vino vive una tragedia y una esperanza. Lo terrible es el descenso de su consumo en el mundo, el desinterés de una parte de la población cada vez mayor por la bebida que amaron durante milenios. La ilusión es que se va fortaleciendo una pequeña-gran revolución que lo contrarresta un poco: la del retorno al origen y al valor del tiempo, a los vinos que hablan de lugares concretos en momentos concretos, a lo que en términos técnicos llaman la «baja intervención» en el proceso de elaboración. Se ha hablado mucho más de la primera, del 'terroir', del reflejo del paisaje concreto a través de ese mix alquímico entre la naturaleza y el hombre que llega al interior de la botella y evoca el lugar al que pertenece. Pero no se ha ensalzado tanto la segunda, quizás la que nos sea más necesaria en este momento de nuestra historia: nuestra relación con el tiempo, así se llame crianza, envejecimiento o, mejor dicho, ausencia de prisa: el dejar a cada elemento hacer su trabajo, a la botella y al silencio para que nada interfiera en ese ser vivo llamado vino y que este pueda encontrar su máximo esplendor. Eso primero, luego, un día, años después, se iniciará la decadencia con su otra belleza que aún durará mucho tiempo si en la viña y en la bodega se hicieron las cosas bien y se seleccionaron las uvas adecuadas.
Debemos saber esperar, con paciencia, desterrar ese ritmo acelerado que queremos aplicar a todo y que nos lleva a que todo se nos cuele entre los dedos. Hay que saber cuándo y con quién abrir cada botella, quizás lo segundo sea aún más importante que lo primero. La mayor alegría que nos regala el vino no es el efecto del alcohol que contiene, sino la de compartirlo con otras personas, la de revivir las historias. Las mejores botellas no son las más caras, sino las que se conversan y se gozan en buena compañía.
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