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Los inmigrantes universitarios se van a Europa y agricultores y camareros vienen a España: así perdemos la batalla del talento

Los inmigrantes universitarios se van a Europa y agricultores y camareros vienen a España: así perdemos la batalla del talento
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Sólo uno de cada cuatro inmigrantes extracomunitarios en España tiene estudios superiores, frente a casi ocho de cada diez en Irlanda. Más información: La inmigración evita el 60% del agujero económico que causa el envejecimiento pero no frena el deterioro del nivel de vida

Una trabajadora de un comercio en Madrid. Efe

Empleo Hoy Los inmigrantes universitarios se van a Europa y agricultores y camareros vienen a España: así perdemos la batalla del talento

Sólo uno de cada cuatro inmigrantes extracomunitarios en España tiene estudios superiores, frente a casi ocho de cada diez en Irlanda.

Más información: La inmigración evita el 60% del agujero económico que causa el envejecimiento pero no frena el deterioro del nivel de vida

Publicada 8 abril 2026 03:00h

Las claves nuevo Generado con IA

En los últimos años, la inmigración se ha convertido en pieza clave del crecimiento en España. La llegada de extranjeros sostiene el producto interior bruto (PIB) y ayuda a mantener el empleo pese al envejecimiento de la población.

Pero ese boom tiene letra pequeña. La mayoría de los nuevos inmigrantes tiene menos estudios que los españoles, el país pierde la carrera por el talento cualificado y se queda atrás frente a los socios europeos que sí atraen trabajadores con alta formación.

Desde 2022 y hasta 2024, la inmigración se ha convertido en uno de los pilares del crecimiento europeo y España se sitúa en la primera línea de ese proceso.

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Según recogen los economistas de BBVA Research, España y Alemania concentran el 50% de todo el aumento de entradas de inmigrantes en la Unión Europea (UE) entre 2022 y 2024.

En términos de flujo, ese reparto se traduce en que España recibe unas 799.000 llegadas anuales más en este periodo respecto a la media de la etapa previa a la pandemia.

Ese boom no es neutro en términos de PIB. Los cálculos del servicio de estudios señalan que, en el conjunto de la UE, el aumento de la población extranjera en edad de trabajar explica alrededor de 0,4 puntos del crecimiento medio anual. En el caso español, el impacto es mucho mayor.

Los extranjeros aportan unos 2 puntos al crecimiento medio anual del PIB de España durante el periodo mencionado, frente a una resta cercana a 0,4 puntos por el envejecimiento y la caída de la población nativa en edad de trabajar.

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Esa diferencia sitúa a España, junto con Irlanda y Portugal, entre los países donde la población extranjera más refuerza el avance de la economía.

La llegada de nuevos trabajadores amplía la oferta laboral justo cuando la población nativa en edad de trabajar se estanca o disminuye, de modo que una parte clave del crecimiento reciente no se entiende sin esa expansión de la fuerza laboral extranjera.

Salvavidas demográfico

Los datos sobre composición de la población lo ilustran con claridad. Los ciudadanos nacidos fuera de España representan ya el 28% de la franja clave entre 25 y 49 años. En Francia, por ejemplo, el porcentaje es del 16%.

Esa diferencia sitúa a España entre los países donde la inmigración ha rejuvenecido con más intensidad la base demográfica en edad de trabajar.

La brecha en capital humano

El problema aparece cuando se mira el perfil educativo de quienes llegan, no sólo cuántos son. En la UE, la proporción de trabajadores extranjeros con estudios superiores ha subido 11 puntos en dos décadas, hasta situarse en torno al 32% en 2024.

En España, en cambio, ese avance es mucho más limitado y deja al país rezagado en la carrera por el capital humano cualificado.

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Dentro del mercado laboral español, aproximadamente la mitad de los trabajadores nacionales tiene educación terciaria, es decir, estudios universitarios o equivalentes.

Entre los extracomunitarios, esa proporción cae hasta alrededor del 25%, mientras que los ciudadanos de otros países de la UE se sitúan en torno al 36%.

El resultado es una brecha de unos 25 puntos entre el nivel educativo de los españoles y el de los inmigrantes de fuera de la UE, que los economistas consideran “particularmente amplia” en comparación con otros socios europeos.

El contraste se vuelve aún más llamativo cuando se mira al norte. En países como Irlanda, la cuota de trabajadores extracomunitarios con estudios superiores se acerca a ocho de cada diez, superando incluso la proporción de universitarios entre los nacionales.

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En economías como Países Bajos o Suecia, la inmigración funciona, en la práctica, como un mecanismo para elevar el nivel medio de capital humano, no para reducirlo.

En España, en cambio, el patrón es el contrario: los extranjeros que entran tienen, de media, un nivel de estudios inferior al de la población local.

El país usa la inmigración para sostener su PIB y su mercado laboral, pero no para reforzar la cualificación de su fuerza de trabajo.

El boom migratorio asegura la cantidad, pero apenas mejora la calidad del capital humano agregado.

'Manos' y 'cerebros'

La cuestión clave es por qué España importa sobre todo trabajadores con baja o media cualificación mientras otros países captan una proporción mucho mayor de titulados superiores.

El diagnóstico apunta menos a la política migratoria y más a factores estructurales: los países de origen predominantes y, sobre todo, la especialización productiva de la economía española.

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En la práctica, el tipo de tejido productivo y de sectores que concentran el empleo determina la demanda de perfiles. Una economía congran peso de actividades intensivas en trabajo poco cualificado -servicios de baja productividad, parte del comercio, la hostelería o la construcción- tenderá a atraer y absorber principalmente mano de obra con niveles educativos más bajos.

Por el contrario, economías con un sector tecnológico o de servicios avanzados más desarrollado necesitan e incorporan más ingenieros, científicos, especialistas en tecnología de la información o profesionales con posgrados.

La cuestión que queda abierta es si España será capaz de dar el salto: adaptar su modelo productivo, su oferta de empleo y sus políticas de integración para pasar de importar principalmente trabajo poco cualificado a competir realmente por talento altamente formado.

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