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Fotos: Ñito Salas/Migue Fernández. Los últimos maestros de la EGBEn el umbral ya de la jubilación, docentes formados en un modelo basado en la lección magistral relatan cómo afrontaron la implantación de la LOGSE y cómo ha cambiado la educación en estas tres últimas décadas
Domingo, 19 de abril 2026, 00:08
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Sonia Pérez (CEIP Pablo Ruiz Picasso) pertenece a una saga de maestros que se remonta a su tatarabuela. Ñito SalasSonia Pérez CEPR Pablo Ruiz Picasso
«Antes el profesor era una autoridad en sí mismo; ahora te la tienes que ganar cada curso»
Docente de vocación, Sonia Pérez (51 años) forma parte de una larga saga familiar ligada a la enseñanza, cuya genealogía se remonta a su tatarabuela. Lleva más de tres décadas en las aulas y trece años en el CEPR Pablo Ruiz Picasso, donde actualmente imparte inglés en primero y tercero de Primaria. Su relación con la escuela se forjó muy pronto, en la infancia, cuando acompañaba a su abuela, maestra en Cortes de la Frontera. De aquella figura guarda también una lección ética: «Sabía qué niños pasaban hambre y les metía los avíos del puchero en la mochila sin que nadie se diera cuenta».
Su paso por la EGB como docente fue breve, apenas dos años como interina, pero suficiente para comparar con el presente. Evoca aulas de 30 y 40 alumnos «con mucho interés por aprender», más tranquilos y atentos que ahora. «No tenían móviles ni tablets y todo lo que tú les contabas les sorprendía». Hoy, en cambio, asegura, las pantallas han hecho que los niños sean más distraídos y demanden «una respuesta rápida a todo».
En términos de modelo educativo, no tiene reparos en admitir que el nivel ha bajado «notablemente» y que antes predominaba una enseñanza uniforme: «El profesor daba una clase igual para todos». Sin embargo, subraya que el sistema actual ha avanzado en la detección y atención a la diversidad. «El problema es la falta de recursos y esa carencia se agrava con la carga burocrática».
La figura del docente también ha cambiado. «Antes el profesor era una autoridad en sí mismo; ahora te la tienes que ganar cada curso», enfatiza, en un contexto que define por la «sobreprotección» familiar. Relata situaciones que ilustran esa tensión: «He tenido quejas porque usaba un bolígrafo rojo para corregir y al niño le afectaba; o por anotaciones en la libreta destinadas a advertir de los errores. Los padres dicen que eso avergüenza al alumno».
Pese a todo y lejos de colgar los brazos, insiste en que su implicación sigue intacta: «Los niños me motivan». Y recurre a una imagen para explicarlo: «Me siento como el colibrí que intenta apagar el fuego con su piquito. Yo hago mi parte; si todos la hacemos, el fuego se acabará apagando».
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Carlos García es director del CEIP Parque Clavero. Ñito SalasCarlos García CEIP Parque Clavero
«Hoy priorizamos competencias, pero sin una base sólida de conocimiento es difícil ser competente»
Carlos García (56 años), director del CEIP Parque Clavero y docente desde hace más de tres décadas, pertenece a la generación que vivió la transición de la EGB a la LOGSE. Inició su carrera con 22 años en un centro público de Melilla, donde impartió clases tanto en séptimo y octavo de EGB como en primero de la ESO (equivalente a 7º de EGB). A día de hoy, continúa vinculado al aula, una faceta que considera primordial frente al creciente peso de la gestión.
Con la perspectiva que da esa experiencia, analiza un sistema educativo que, a su juicio, ha cambiado de forma acelerada y no siempre equilibrada. Uno de los aspectos clave fue el descenso en la edad de acceso al instituto. «En la EGB, los alumnos de 13 y 14 años eran los referentes del colegio y pasaban al instituto con otra madurez. Ahora, con 12, son todavía muy pequeños para un cambio tan brusco», señala. Además, explica, el establecimiento de la educación obligatoria hasta los 16 años se tradujo en nuevas dificultades en el aula. «Ya no solo tienes que enseñar, también tienes que contener», explica. La presencia de alumnos que no quieren estudiar (obligados a permanecer en el sistema hasta los 16 años) genera conflictos. «Eso es un polvorín», resume. «Tienes que atender al que quiere aprender y, al mismo tiempo, gestionar al que no». A la vez no oculta que prolongar la enseñanza obligatoria hasta esa edad es «una forma de tener a los jóvenes recogidos y que no engrosen las listas del paro».
En paralelo, identifica un cambio profundo en el modelo pedagógico: «Hemos pasado de una enseñanza basada en la memoria y el respeto jerárquico –«lo que decía el profesor iba a misa»– a otra centrada en el aprendizaje emocional». Un avance que valora, especialmente en la atención a la diversidad, que «en la EGB brillaba por su ausencia», pero que, en su opinión, ha tenido un coste. «A nivel de contenidos y cultura general, antes se profundizaba más». Recuerda cómo se memorizaban ríos, afluentes o estructuras gramaticales, y cómo esa práctica consolidaba el aprendizaje. «Hoy priorizamos competencias, pero sin una base sólida de conocimiento es difícil ser competente». A su juicio, el sistema actual «abarca mucho, pero profundiza poco».
Los ejemplos concretos ilustran ese cambio. «Con nueve años hacíamos redacciones sobre 'Platero y yo', describiendo al burro con detalle. Hoy eso es impensable», afirma. También en ortografía percibe una relajación: «Antes una falta podía costarte un examen; ahora penalizar mucho se considera traumático». En su opinión, se ha rebajado la exigencia para proteger la autoestima, pero «ese precio ya se está pagando».
La cultura del esfuerzo es otro de los ejes de su reflexión. Critica etapas como la del 'progresa adecuadamente' o el 'necesita mejorar', donde «se igualaba al alumno brillante con el que apenas trabajaba». «Estábamos generando vagos», afirma con rotundidad. «El alumno que veía que obtenía el mismo resultado sin esforzarse dejaba de hacerlo». Ese enfoque, añade, tiene consecuencias que van más allá de lo académico. «No es solo un examen o un curso, es un valor ante la vida», subraya.
A las puertas de la jubilación, mantiene su vocación, pero reconoce el desgaste. «La burocratización y la relación con los padres me lleva a veces a decir: me rindo».
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Olga Martínez se confiesa una «platerita total» tras 33 años en las aulas del Colegio Platero Migue FernándezOlga Martínez Colegio Platero
«Se les da todo hecho a los niños y pierden autonomía»
Docente por vocación, Olga Martínez (55 años) acumula 33 cursos en las aulas desde que comenzara, con apenas 22 años, en el colegio Platero. Su trayectoria profesional coincide con una de las mayores transformaciones del sistema educativo español, desde los últimos años de la EGB hasta el modelo actual. «Soy 'platerita' total», presume.
Aunque apenas ejerció cuatro cursos en la antigua EGB, sí le bastaron para percibir diferencias que, con el paso del tiempo, considera cada vez más acusadas. Se muestra especialmente crítica con la orientación del sistema actual. «La ley está encaminada a que apruebe todo el mundo», afirma. Una idea que, según explica, se traduce en una menor exigencia académica: «Da igual si los contenidos los ha adquirido o no; la tendencia es que el alumno pase de curso».
Más allá del currículo, sitúa uno de los principales problemas en la pérdida de autonomía de los niños. «Se les da todo hecho», resume. En su experiencia diaria, asegura encontrarse con situaciones que antes eran impensables. «He tenido alumnos en sexto de Primaria que no sabían atarse los cordones y, en lugar de enseñarles los padres, les compran unas nuevas zapatillas que no lleven», relata.
Este tipo de ejemplos los vincula directamente con lo que otros compañeros también afirman: la sobreprotección excesiva, que llega a calificar de «casi patológica». En su opinión, esta tendencia responde en parte a un «sentimiento de culpa» de las familias por la falta de tiempo, pero también a un cambio en la forma de entender la crianza. «Se tiende a verlos siempre como más pequeños de lo que son», explica, lo que acaba derivando en una «infantilización» que dificulta su desarrollo personal. Esa presencia constante se traduce también en una comunicación continua con el profesorado. «Recibimos correos a las diez u once de la noche», señala, en referencia a una carga añadida que, según reconoce, complica la labor docente.
A modo de balance, se queda con la libertad pedagógica y la cultura del esfuerzo de etapas anteriores, y con las posibilidades que ofrecen hoy las nuevas tecnologías. Pero lanza una advertencia: «Ni todo lo de antes era mejor ni todo lo de ahora es peor, pero sí estamos en un momento en el que hay que reflexionar».
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Rosa María Illán imparte clase a alumnos de Primaria en el Colegio Espíritu Santo. Migue FernándezRosa María Illán Colegio Espíritu Santo
«Hay cosas que hay que saber y la memoria ahora no se entrena como antes»
El estilo educativo ha cambiado de forma sustancial en las últimas cuatro décadas, tanto en la estructura del sistema como en la relación entre familias, alumnos y docentes. Lo resume Rosa María Illán (62 años), maestra de Primaria en el colegio Espíritu Santo, perteneciente a Fundación Victoria. En el umbral de su prejubilación –asegura que será progresiva–, sus recuerdos como docente se retrotraen al año 1985 cuando empezó a dar clase en el Colegio San Juan de Dios (La Goleta) en aulas numerosas y donde la enseñanza era eminentemente «magistral»: libros, cuadernos y pizarra, nada más. «Nos buscábamos la vida para motivar al alumno. No teníamos medios técnicos, pero utilizábamos la música, las canciones o las tizas de colores para hacer el contenido más atractivo», explica.
Y frente a eso, la situación actual, en la que destaca la irrupción de los recursos digitales. Recuerda con especial intensidad el paso de la pizarra tradicional al panel interactivo: «El primer día lloré. Pensaba que no iba a ser capaz, pero ahora no puedo vivir sin él».
En relación a que la Educación Secundaria Obligatoria se iniciara a los 12 años tras la implantación de la LOGSE, cree que no siempre ha sido positivo. Lo dice desde la experiencia, ya que durante cinco años impartió primero y segundo de la ESO. «A esa edad no están preparados para ese cambio. Es horroroso para ellos, para los compañeros y para el profesorado», afirma.
En el plano académico, considera que el sistema actual ha reducido la carga de contenidos y la exigencia memorística. «Antes había que estudiar más y los niños tenían más retentiva. Hay cosas que hay que saber y la memoria ahora no se entrena como antes». Y pone un ejemplo: «Hay niños de cuarto, quinto y hasta de sexto que no se saben las tablas de multiplicar», lamenta.
Pese a todo, no idealiza el pasado. Frente a las ventajas del modelo antiguo, también reconoce avances claros. «Hoy tenemos medios técnicos que antes eran impensables. Al mirar atrás, resume el cambio en dos ejes principales: la relación con las familias y la transformación del aula. «Antes había más confianza en el profesor. Ahora hay más implicación, pero también más presión. Y eso lo cambia todo», concluye.
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