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Los nativos inteligentes en las redes sociales

Los nativos inteligentes en las redes sociales
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La economía de la atención ha hecho que muchas plataformas evolucionen desde la 'red social de amigos' hacia un modelo de descubrimiento y entretenimiento, donde el contenido llega por recomendación algorítmica más que por vínculo personal

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Los nativos inteligentes en las redes sociales

La economía de la atención ha hecho que muchas plataformas evolucionen desde la 'red social de amigos' hacia un modelo de descubrimiento y entretenimiento, donde el contenido llega por recomendación algorítmica más que por vínculo personal

JOSÉ ANTONIO TRUJILLO. VICEPRESIDENTE DEL COLEGIO DE MÉDICOS DE MÁLAGA

Miércoles, 11 de febrero 2026, 01:00

... de la mano de la nueva generación que he definido como 'Nativos inteligentes'. Durante años hemos dado por hecho que la juventud vive en una exposición permanente en redes: fotografías en el perfil, opiniones a la vista de cualquiera, una identidad digital construida como escaparate. Pero algo está cambiando, y conviene mirarlo con calma, porque no es un simple capricho estético, es un giro sociológico. Los más jóvenes no están 'desconectándose' de las redes; están desplazando su vida social hacia espacios más cerrados, más selectivos y, en apariencia, menos visibles.

En Instagram, símbolo durante años del perfil pulido y la fotografía pensada para el aplauso, el desplazamiento resulta especialmente revelador. La función 'Close Friends' (lista de 'mejores amigos') nació para compartir historias con un grupo limitado. Lo relevante es lo que expresa culturalmente: el deseo de elegir audiencia y recuperar control sobre quién mira, quién interpreta y quién guarda memoria de lo compartido. No hablamos de una minoría marginal; la propia dirección de la plataforma ha subrayado que el intercambio privado se ha convertido en el centro de gravedad. Adam Mosseri, responsable de Instagram, ha afirmado que se comparten más fotos y vídeos por mensajes privados que por otras vías.

Aparecen comportamientos que hace pocos años habrían parecido contradictorios. Perfiles activos, con consumo y conversación diaria, pero con la 'cuadrícula' del perfil vacía. A este fenómeno se le ha llamado 'Grid Zero': archivar publicaciones, borrar o dejar el perfil sin contenido visible. Lejos de ser una rareza, se describe como una respuesta a la fatiga de la sobreexposición y a una mayor sensibilidad por la privacidad y la huella digital. El mensaje, aunque no se formule así, es claro: «prefiero estar, pero no necesariamente mostrar».

En paralelo se ha extendido una palabra que, aunque venga del inglés, explica bien un sentimiento universal: 'cringe', el miedo al ridículo, a quedar impostado, a que una publicación se convierta -por captura, por reenvío, por contexto perdido- en motivo de burla o juicio. En una cultura donde todo puede ser extraído de su momento y reinterpretado, la prudencia se convierte en una forma de inteligencia social. No es censura, es autodefensa. Y eso cambia por completo la lógica de la red: del 'mírame' al 'compartámoslo entre nosotros'.

Este cambio no puede entenderse sin el contexto tecnológico. La economía de la atención ha hecho que muchas plataformas evolucionen desde la 'red social de amigos' hacia un modelo de descubrimiento y entretenimiento, donde el contenido llega por recomendación algorítmica más que por vínculo personal. En informaciones judiciales y corporativas recientes se ha señalado, incluso, el descenso del peso del contenido de 'amigos' en el consumo dentro de las plataformas, en favor de formatos de recomendación y vídeo.

Los nativos inteligentes (la generación de la inteligencia artificial) han aprendido que la identidad pública se convierte en registro: rastreable, reutilizable, evaluable, y potencialmente explotable. En ese marco, la decisión de reservarse, de seleccionar audiencia, de no dejar archivo permanente, no es una moda; es una estrategia de gobernanza personal.

¿Por qué importa todo esto a la educación? Porque educar hoy sobre ciudadanía digital-inteligente no puede reducirse a 'no compartas datos' o 'ten cuidado con lo que publicas'. El aula necesita comprender dónde sucede realmente la socialización: en qué espacios se forman los grupos, cómo se negocia la pertenencia, cómo operan la presión y el silencio. Si la conversación relevante se desplaza a círculos cerrados, también se desplazan fenómenos como el acoso, la exclusión o la petición de ayuda. Y, al mismo tiempo, surge una oportunidad: la posibilidad de promover una cultura digital menos teatral y más humana, donde el valor esté en el vínculo y no en la aprobación masiva.

Y también importa para legislar. Si el comportamiento juvenil se mueve hacia entornos de recomendación algorítmica y mensajería privada, las políticas públicas que solo miran el 'contenido publicado' llegan tarde. Europa ya ha empezado a responder con normas que obligan a mayor transparencia sobre cómo recomiendan contenido las plataformas. El Digital Services Act, por ejemplo, exige que se expliquen en términos claros los parámetros principales de los sistemas de recomendación y las opciones para que el usuario pueda influir en ellos.

La conclusión no es nostálgica ni alarmista, es sólo diagnóstica. Los nativos inteligentes están redefiniendo la socialización digital con una lógica que prioriza cercanía, control y menor exposición. Quien quiera educar bien, cuidar mejor o legislar con acierto necesita comprender ese cambio con rigor, sin caricaturas generacionales. Si seguimos analizando la vida juvenil como si todo ocurriera en el escaparate del perfil, entenderemos poco y regularemos peor. Y en una época donde la tecnología avanza más rápido que nuestras categorías, ese error se paga caro.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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