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Los océanos del mundo y el clima

Los océanos del mundo y el clima
Artículo Completo 1,086 palabras
La observación de las grandes extensiones de agua salada que cubren la superficie terrestre advierte de los riesgos del calentamiento global y propicia un enorme progreso científico

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Ilustración: Higinia Garay

Carl Wunsch

Catedrático emérito de Oceanografía Física del Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT) y Premio Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento en Cambio Climático y Ciencias del Medio Ambiente

Domingo, 26 de abril 2026, 00:13

... estudiaba geofísica de la Tierra sólida en el MIT, conocí a un nuevo miembro del cuerpo docente. Resultó ser un profesor tan estimulante, carismático y perspicaz que le pregunté si podía trabajar con él. Nunca había oído hablar de él y le dije que no sabía nada sobre su materia. Henry Stommel fue uno de los oceanógrafos físicos más innovadores en los varios siglos de historia de esta disciplina.

En una expedición oceanográfica típica de aguas profundas, se navega entre 'estaciones -puntos de medición- separadas entre sí por unos 100 kilómetros. Con el barco parado a la deriva, se dedican varias horas a bajar instrumentos a las profundidades, normalmente los que miden la temperatura y la salinidad, hasta la profundidad que el científico considere útil.

Los barcos son muy caros, y realizar mediciones precisas durante días desde una plataforma que a veces se mueve violentamente y vibra exige aptitudes especiales. Unos cien años es lo que habían tardado oceanógrafos de numerosos países en construir la imagen del océano como una serie de capas cálidas y saladas que recubren aguas abisales mucho más frías y, a veces, menos saladas. Dado que es posible que no se vuelva a visitar una estación concreta durante décadas, o nunca, la imagen era de naturaleza casi geológica.

Ya en los años 70, los instrumentos disponibles todavía eran en su mayoría puramente mecánicos. Los dispositivos electrónicos de válvulas o los magnetófonos funcionaban mal en las duras condiciones físicas de un buque de alta mar y sometidos a las altísimas presiones y a la corrosión de las profundidades. Los aparatos se bajaban con cables en cada estación, lo que requería muchas horas de navegación.

El trabajo de los oceanógrafos físicos lanzó la alarma climática a toda la comunidad científica

En segundo plano se estaban produciendo acontecimientos que, en apariencia, no guardaban relación: unos cuantos científicos habían comenzado a dar la voz de alarma sobre los graves riesgos derivados del contenido cada vez mayor de dióxido de carbono en la atmósfera; la atmósfera se comporta en muchos aspectos como un fluido análogo al océano, y los meteorólogos habían llegado a la conclusión de que el tiempo atmosférico era una forma de flujo turbulento fundamental para conocer y predecir el estado climático atmosférico a escalas espaciales y temporales mucho mayores; habían comenzado a aparecer los primeros modelos informáticos del clima atmosférico y el cambio climático; varios oceanógrafos físicos, conscientes tanto de los conocimientos meteorológicos como de las leyes básicas de la dinámica de fluidos, llegaron a la conclusión de que el océano debía ser igualmente turbulento, es decir, estar lleno de movimientos energéticos a escala relativamente pequeña, aleatorios e impredecibles; la tecnología electrónica ya era mucho más robusta: era posible dejar instrumentos en posiciones fijas en el océano, a cierta profundidad, y registrar la temperatura o la velocidad, a intervalos de tiempo de alrededor de una hora durante uno o dos meses. En todos los lugares donde se realizaron tales mediciones, las propiedades oceánicas fluctuaban a lo largo de horas, días y meses, lo que dio lugar a la sospecha de que se estaban produciendo cambios importantes, de mucha mayor duración, pero que escapaban a la capacidad de observación.

Además, la comunidad científica en general reaccionó por fin a las alarmas que se habían lanzado sobre los riesgos que el calentamiento global plantea para todo el planeta. A los oceanógrafos les hacían preguntas como: ¿qué proporción del aumento de dióxido de carbono acabaría en el océano? ¿En qué medida el calentamiento oceánico mitigaría el calentamiento atmosférico? ¿En qué zonas del océano la acidez sería tan elevada como para afectar a la flora y la fauna marinas? ¿En qué medida y con qué rapidez se derretirían el hielo marino y los principales glaciares terrestres? No podíamos responder a esas preguntas. El clima y el océano operan a escala global en plazos que van desde minutos hasta miles de años, y ante la turbulencia, estábamos muy lejos de contar con una capacidad de observación suficiente. Era un problema de magnitud existencial.

A partir de la actividad inicial de un pequeño grupo de personas que se autoimpusieron esta misión en todo el mundo, y tras unos quince años de trabajo, se organizó un programa exhaustivo, aunque aún incompleto, que permitió observar los océanos del mundo a lo largo de su evolución, desde días hasta décadas, en casi todas partes. Esta iniciativa reunió los avances tecnológicos que se habían producido en la capacidad de los satélites, en gran variedad de instrumentos autónomos, en análisis químicos de alta velocidad y en las capacidades de modelización derivadas de los avances informáticos. El resultado ha sido un enorme progreso científico y técnico, y han aparecido miles de artículos y de libros. Las primeras advertencias sobre las amenazas del cambio global se han visto muy reforzadas.

Es evidente que existen graves riesgos relacionados con el cambio climático. La comunidad internacional debe mantener y mejorar el sistema de observación existente y el conocimiento de los océanos.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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