Desde muy pequeño he sido fan, devoto y entusiasta de los asirios, de su maravilloso arte, de su civilización y su cultura. Luego tuve la suerte, ya de mayor, de compartir pasillo del CSIC con un asiriólogo de fuste como Ignacio Márquez Rowe, con quien ... inicié una nueva traducción del Gilgamesh que se quedó tan solo en unas líneas, como suele ocurrir con frecuencia en estos casos y entre gente pluriempleada como Ignacio y yo mismo.
Asiria ocupaba un territorio del Creciente Fértil situado al norte de Acadia y Babilonia. Su historia comienza mucho antes de su conversión en imperio, configurándose como Estado entre los siglos XVII y XIV antes de Cristo, a partir de una ciudad, Ashur, que también era el nombre de su dios principal y el del país que conocemos por Asiria.
Pero es en el período neoasirio, a partir de la segunda mitad del siglo X a. C., cuando podemos hablar de Asiria como imperio universal, marcando el camino de otros grandes imperios que vendrían después, como el persa o el romano.
Uno de los mejores asiriólogos del planeta, Eckart Frahm, profesor de lenguas y civilizaciones del Próximo Oriente en la universidad de Yale, ha urdido una historia de Asiria formidablemente escrita y ampliamente documentada a partir de su profundo conocimiento de las distintas lenguas que adoptaron la escritura cuneiforme en Mesopotamia desde que la inventaran los sumerios.
Conocer con solvencia y familiaridad el acadio en su variante asiria contribuye a que Frahm construya su panorama historiográfico con mucha mayor hondura que si no conociese la lengua y la escritura de los protagonistas de su libro. Desconfíen ustedes, por ejemplo, de cualquier historiador de la Antigüedad Clásica que no maneje el griego y el latín con la soltura necesaria.
Asurbanipal, el poderoso rey de Asiria que quiso reunir el conocimiento del mundo
Los antiguos asirios, tan aficionados a basar su sistema de gobierno en la crueldad y el terror entre los pueblos adyacentes, víctimas de su radical expansionismo, consiguieron fundar un imperio inmisericorde que prolongó su existencia hasta finales del siglo VII a. C., cuando fueron borrados de la Historia por las huestes del efímero imperio neobabilónico y su rey, Nabopolasar.
Pero la Asiria que mataba indiscriminadamente, que desollaba a los hijos de los reyes rivales y clavaba sus pellejos en las torres más altas de sus propios palacios, legó a la posteridad una arquitectura, una escultura y una pintura de una exquisitez tal que es capaz, todavía ahora, de obtener cuatro o cinco síndromes de Stendhal juntos cuando se topa uno con muestras artísticas tan hermosas.
Lo dejé escrito en un poema de 'La vida en llamas' (2006) titulado 'Bajorrelieve asirio'. Evocando mi paso, obligatorio siempre que voy a Londres, por los bajorrelieves asirios del Museo Británico, concluía el poema con estos dos alejandrinos y medio: «Yo cambio todo el arte / occidental del siglo XX [añadiría ahora el del XXI] por uno solo / de esos bajorrelieves que hacen hervir la sangre».
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