Álvaro Gross, en su taller de Genalguacil.
Vivir Álvaro Gross, el artesano que lo dejó todo para hacer zapatos en un pueblo de 350 vecinos: "Soy más feliz que en toda mi vida"Su taller está montado en lo que antes eran cuadras y combina herramientas antiguas adquiridas en distintos países con máquinas de coser de manivela.
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Andrea Jiménez Troyano Publicada 9 marzo 2026 01:39hLas claves nuevo Generado con IA
Tras veinte años entre viajes, agencias de publicidad, fábricas y tiendas de calzado, Álvaro Gross decidió dar un giro radical a su vida. Este malagueño decidió dejarlo todo y mudarse a Genalguacil, un pequeño pueblo de 350 habitantes en la Serranía de Ronda, donde ahora crea zapatos a medida con un proceso totalmente artesanal, entre máquinas y herramientas centenarias. "En la ciudad vivía para trabajar; aquí vivo para mí", cuenta a este periódico.
Álvaro es de Málaga capital y estudió publicidad en Madrid. Tras trabajar dos años en una agencia, se dio cuenta de que la vida de oficina no era lo suyo. “A mí me han gustado mucho los zapatos de toda la vida”, explica.
Decidió mudarse a Marbella, donde abrió una tienda y buscó artesanos capaces de fabricar los modelos que él imaginaba. Sin embargo, trabajar con otros resultó complicado: “Los artesanos se cansaban de la cantidad de cosas que les pedía para llegar al producto que quería”, recuerda.
Adrián, el malagueño que caminó 9 meses por Italia para conocer al Papa León XIV: "Es un sueño cumplido"Para solucionar esto, montó una pequeña fábrica en Alicante, donde supervisaba el trabajo y enviaba los zapatos a Marbella. La fábrica funcionó bien hasta la crisis de 2008, que lo obligó a cerrar la tienda y vender las máquinas.
Decidió entonces aprender a hacerlos completamente a mano: volvió a Alicante, se formó y regresó a Marbella para empezar a fabricar zapatos a medida para clientes habituales, bajo pedido. “Si los zapatos hechos en fábrica valen 200 euros, los hechos a mano valen 600-700”, señala Álvaro.
Álvaro Gross.
En 2017, un cáncer muy grave cambió su perspectiva de vida. “Me lo tomé súper tranquilo. Soy católico y eso me dio fuerza para seguir adelante”, dice. Tras recuperarse y, con la llegada de la pandemia, la soledad en Marbella le hizo replantearse todo.
Era el momento de cambiar: decidió mudarse a un pueblo. Fue entonces cuando un primo suyo le habló de Genalguacil y le dio el teléfono del alcalde, Miguel Ángel Herrera. "Le escribí por Whatsapp contándole mi historia y a los 15 minutos me estaba llamando", recuerda.
Llegar a Genalguacil fue un descubrimiento. Al encontrarse con el alcalde, recuerda la sorpresa y la bienvenida: "Me dijo: este es el sitio que tengo para ti… toda esta casa que ves arriba, y la parte de abajo son cuadras donde puedes montar el taller". Cuando Álvaro entró en la casa y vio las vistas al valle, lo tuvo claro. "Me encantó el sitio y le dije que sí. Organizamos el papeleo con el dueño y al mes y medio estaba viviendo allí".
Desde entonces han pasado más de cuatro años. Su taller está montado en lo que antes eran cuadras y combina herramientas antiguas adquiridas en distintos países con máquinas de coser de manivela. Gracias a ellas, consigue adaptarse a cada material y modelo.
Álvaro confecciona unos cinco pares de zapatos al mes, aunque en verano aumenta la producción de mocasines, zapatillas o sandalias, para los que suele emplear tela de saco antiguo comprada en Francia. El 90% de su materia prima es cuero, tanto vegetal, que envejece progresivamente, como curtido al cromo, más blando y maleable.
El taller de Álvaro en Genalguacil.
El proceso de elaboración es meticuloso: toma hasta 11 medidas de los pies de sus clientes, que luego traslada a una horma estándar adaptándola a cada pie. Después realiza una muestra que prueba el comprador y ajusta la horma o el patrón antes de confeccionar el zapato definitivo.
Cada par puede tardar desde tres días hasta una semana o más, dependiendo del modelo y del trabajo manual requerido.
Aunque la mayoría de sus clientes son de fuera del pueblo, Álvaro es uno más en la vida local. Una de las cosas que más valora el artesano es la cercanía y calidez de sus vecinos en Genalguacil. "Todo el mundo te saluda. No te ven dos días y ya están preguntando a ver qué te pasa, si estás bien. Eso se ha perdido totalmente en otros sitios", afirma.
Muchas veces arregla zapatos de vecinos sin cobrar y recibe a cambio productos del campo, como huevos, pimientos o tomates. "Aquí no persigues el dinero constantemente. Persigues otras cosas: tu tiempo, la naturaleza, la tranquilidad. He vivido en Bali, en India, he viajado muchísimo, pero soy más feliz ahora que en toda mi vida anterior", confiesa.
Además, destaca el ambiente cultural del municipio: "Es un pueblo con muchísima vida cultural, el alcalde se ha encargado de eso".
Para Álvaro, la mudanza a Genalguacil fue un cambio de vida al completo. "Vale la pena reorganizar totalmente tus prioridades y disfrutar de lo que antes pasaba desapercibido. Si haces algo especial y lo haces bien, puedes vivir de ello", concluye.