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Lydia Cacho, la periodista mexicana que destapó una red de pederastia y vive en el exilio: “El dolor de la tortura habitó mi cuerpo pero no me colonizó”

Lydia Cacho, la periodista mexicana que destapó una red de pederastia y vive en el exilio: “El dolor de la tortura habitó mi cuerpo pero no me colonizó”
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Vive en España desde hace siete años y acaba de publicar la novela Un halcón bajo mi ventana, un viaje a la revolución de las mujeres mexicanas de los 70 contra los abusos del poder gubernamental.
Entrevista Lydia Cacho, la periodista mexicana que destapó una red de pederastia y vive en el exilio: “El dolor de la tortura habitó mi cuerpo pero no me colonizó”

Vive en España desde hace siete años y acaba de publicar la novela Un halcón bajo mi ventana, un viaje a la revolución de las mujeres mexicanas de los 70 contra los abusos del poder gubernamental.

Créditos Texto Maite Torrente Fotografía Esteban Palazuelos Vídeo Eva Calzadilla Estilismo Fran Marto Maquillaje y peluquería Gisela Becchio de Keune Haircosmetics Producción Paloma Altemir Fecha de publicación:

10 noviembre 2024, 1:06h

Actualizada:

24 noviembre 2024, 21:32h

Hay mujeres con coraje… y luego está ella. La periodista mexicana Lydia Cacho (México, 1963) lleva marcadas en el cuerpo y en el alma las cicatrices de quien se atrevió a alzar la voz contra los abusos del poder.

Secuestro, tortura, persecución estatal y, finalmente, un exilio en España que ya suma siete años. ¿Su ‘pecado’? Destapar una importante red de pederastia que sacudió los cimientos de la política y el mundo empresarial de su país natal. La publicación del libro Los demonios del Edén en 2005 donde se documentaba y denunciaba el caso, la puso en el punto de mira de quien quería silenciarla.

Y comenzó la pesadilla. Se acostumbró a las amenazas, a temer por su vida… pero nunca se dejó vencer por el miedo. En 2019 tuvo que abandonar México de la noche a la mañana y emprender una nueva vida lejos del peligro de muerte que la acechaba.

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Ahora, afincada en Málaga, ha encontrado una nueva vida que le permite estar menos vigilante —aunque siempre mira a su alrededor—. Dice no vivir con miedo y su espíritu combativo contra la injusticia sigue intacto.

Lydia Cacho: denuncias de la peor cara del poder, nostalgias y exilios

Cacho acaba de publicar un nuevo libro, titulado Un halcón bajo mi ventana. Un viaje para poner en valor la revolución de las mujeres mexicanas a finales de los 60 y principios de los 70, un periodo convulso marcado por los abusos gubernamentales y la falta de libertad.

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Es su primer título de ficción propiamente dicho —antes ha escrito ensayos y análisis sobre feminismo, trata sexual y otros temas sociales— y quizá el más especial porque le ha permitido regresar por primera vez a su país.

La periodista Lydia Cacho: "Cumplí la promesa de una niña y por eso estoy exiliada en España. No me arrepiento"

De este reencuentro, su carrera y su vida en España nos habla Lydia Cacho, a quien citamos en Casa de México de Madrid (no podía ser de otro modo). Tiene un porte casi regio que deja claro desde el primer momento que, tras su voz dulce y pausada, se encuentra una mujer de carácter con ideas claras y una determinación inquebrantable.

Su nuevo libro se titula Un halcón bajo mi ventana. ¿Por qué eligió este título y qué simboliza exactamente?

Tenía muy claro que quería escribir esta historia desde la mirada de las mujeres y las niñas mexicanas de la época entre 1968 y 1976 o 1977. La verdad es que el título lo soñé mientras revisaba mis documentos. Por un lado, hace referencia a ‘Los Halcones’, el grupo paramilitar mexicano que operaba aquellos años.

Pero, por el otro, se trata de una ave poderosa de protección que vuela largas distancias. El título refleja esa contradicción de la vida real: todos podríamos vivir con una ventana donde lo que hay abajo es o bien la protección, o bien un paramilitar vigilando nuestras vidas.

"He aprendido a vivir sin miedo gracias a la terapia especializada en tortura. El chip de seguridad ya lo llevo integrado de por vida: camino rápido por la calle, observo a todo el mundo y tengo una alerta de protección automática"

- Lydia Cacho

Ha precisado que esta no es una novela autobiográfica, pero la habrá llevado a revisitar muchas cosas de su vida, su infancia… ¿Qué hay de Julieta en usted?

En efecto no hay nada de autobiográfico, pero sí un profundo conocimiento del ambiente de México en esa época. Cuando sucedió lo del 68 —se refiere a las revueltas estudiantiles y a la represión del gobierno del PRI— , yo sólo tenía cinco años, así que no era plenamente consciente.

Pero recuerdo las conversaciones de los adultos —mis padres, abuelos y tíos— quejándose de la censura en la televisión y de cómo el gobierno mentía sistemáticamente a través de la única televisora principal, que lo controlaba todo.

En mi país gobernaba un solo partido, el PRI, con un par de formaciones satélite con las que negociaba. No vivíamos una democracia plena, aunque fuera se creyera que sí. El presidente, Gustavo Díaz Ordaz, era militar y tenía esa mirada.

No éramos propiamente una dictadura, sino lo que Mario Vargas Llosa llamaba coloquialmente "la suave dictadura mexicana”.

En la novela destaca mucho el papel de las mujeres en esos años, algo que a veces queda fuera de los libros de historia tradicionales. ¿Cómo fue?

Crecí respirando el inspirador movimiento de las mujeres latinoamericanas en México, que en ese momento eran la punta de lanza del feminismo y de los derechos civiles en el continente.

El movimiento del 68 se conoce como algo eminentemente estudiantil y masculino en su liderazgo, pero el trabajo de las mujeres en las calles, mercados y plazas fue fundamental para desmontar las mentiras ‘oficiales’.

Fue la gran revolución de las mujeres en contra del primer fake news de derechos civiles en México provocado por el Estado. De adulta me preguntaba dónde estaban todas esas mujeres que yo veía de niña, y por eso quise contar esta historia.

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¿Cómo reaccionaron las personas en México, y especialmente las feministas de esa generación, al leer su libro?

Ha sido muy curioso. Mucha gente joven no tenía ni idea del poder del movimiento femenino en esa década. Incluso mujeres que ahora tienen 80 años y que vivieron el 68 me han dicho que se sienten culpables por haberse quedado con la narrativa masculina en aquella época, aunque también es verdad que ellas estaban ocupadas en otras cosas… como sobrevivir.

El feminismo ha estado muy presente en usted desde su infancia… Su madre es psicóloga y una activa luchadora por la defensa de la igualdad.

Sí, crecí en una familia progresista y viví lo que pasaba en las calles. Yo a los 14 años me declaré oficialmente feminista.

Dando un salto a su vida profesional, ¿cómo fueron sus inicios en el periodismo?

De niña era sumamente preguntona. Como mi madre no me aguantaba, me regalaba libretas y me decía: "Mijita, en vez de preguntar tanto, apunta todas tus dudas y lo que ves". Además, tenía una habilidad peculiar: si en mi casa se perdía cualquier cosa —una cartera, las llaves, un arete—, me llamaban a mí y en diez minutos lo encontraba porque lo observaba todo.

Mi abuelo materno me dijo entonces que tenía pinta de periodista porque todo lo cuestionaba y no se me pasaba una injusticia. Estudié en el Colegio Madrid, fundado por profesores refugiados republicanos españoles, y mis maestras, especialmente la de literatura que se llamaba Luz, me impulsaron a encontrar mi voz escrita.

Empezó a ejercer a los 23 años en la península de Yucatán, en un entorno muy masculino. ¿Qué recuerdos tiene de aquella época?

Era la única mujer en la redacción y me enfrenté a un machismo tremendo. Mis colegas hombres se burlaban de mí porque yo era feminista y criticaban que escribiera usando el lenguaje inclusivo de "las mujeres y los hombres".

Me decían que estaba pirada. Pero empecé a entrevistar a mujeres indígenas mayas excluidas y mis textos se volvieron algo curioso y también muy leído por la sociedad.

Se convirtió en una periodista incómoda. ¿Cuándo empezó a tomar las consecuencias?

Las amenazas llegaron de forma paulatina, empezando por campañas de descrédito de hombres poderosos y hoteleros que decían que yo le hacía daño al turismo de Cancún por denunciar el turismo sexual.

Creo que eso me fue preparando, porque no fue una cosa casual ni momentánea. Mi personalidad me ayuda a no reaccionar desde la rabia: soy la más tranquila, lo investigo todo, calmo a la gente y documento; y ya a los tres días me quiebro en mi casa.

Pero sí empecé a tomar mis precauciones. Compré libros de periodistas de guerra de todo el mundo para leer anécdotas de cómo se defendían o cómo huían cuando había balazos. Además, cuando estaba en Estados Unidos en una conferencia, me compré un manual titulado El libro de los espías expertos.

Traía de todo: tips de seguridad sobre qué hacer si te quieren matar o envenenar o cómo llevar cámaras escondidas. Aunque al principio parecía una broma, lo estudié a fondo y me sirvió muchísimo.

Más adelante, en el año 2000, junto con un grupo de amigas feministas, creamos un centro de atención a víctimas de violencia y un refugio. Como sabíamos que el Estado no nos iba a proteger, decidimos profesionalizarnos: llevé a unos policías para que nos capacitaran a todo el equipo en judo y en técnicas para desarmar a sujetos en caso de que intentaran matarnos a nosotras o a las personas que acudían a nosotros..

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En 2005 publicó Los demonios del Edén, su libro sobre la red internacional de pederastia, y entonces las amenazas se hicieron realidad…

El secuestro policial coordinado por gobernadores y jueces implicados en la red de pederastia que sufrí no me pilló de improviso. Lo que me sorprendió fue sobrevivir.

Yo ya era tan consciente del peligro extremo que corría, que le había dejado a mi equipo en la oficina una lista muy clara y detallada, una especie de cuaderno de instrucciones que todavía guarda una de mis amigas.

Esa lista decía textualmente qué hacer si me mataban, si me secuestraban o si me ‘desaparecían’. Tenía anotado el orden en que debían avisar a mi hermana, a quién hablarle para averiguar dónde me habían disparado, y los teléfonos y correos electrónicos de contactos clave como Amnistía Internacional.

Sabía perfectamente con qué mafias me estaba metiendo. Cuando me secuestraron y me torturaron durante 24 horas, mi equipo activó ese protocolo y el caso se mediatizó tanto que el gobernador tuvo que ordenar a los policías que me entregaran viva.

Al llegar a la cárcel, me amenazaron de muerte si denunciaba, pero yo les dije que no pactaba con criminales. Llevo 20 años hablando y logré la sentencia más grande de la historia de América Latina para el líder de la red de pederastia.

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El coste de todo aquello ha sido el exilio. ¿Qué desembocó su salida de México?

He sufrido entre cinco y siete atentados contra mi vida, persecuciones y balaceras fuera de la oficina. El último fue el que derramó el vaso: unos sicarios entraron a mi casa, mataron a mis cuatro perritas y se robaron material periodístico de mi estudio.

Sabían perfectamente a lo que iban y se llevaron cosas muy personales con mensajes simbólicos de ataque a mi intimidad. Para colmo, los escoltas de la Guardia Nacional que me cuidaban por orden de la Presidencia de México se habían ido a comer tacos justo cuando los sicarios entraron. Todo estaba pactado desde los altos niveles del poder.

Entonces, un agente especializado me llamó y me dijo: "Te subes a un avión en este instante y te vas del país". Salí con lo puesto y una maletita hacia Nueva York, luego a Los Ángeles y, finalmente, mis amigas feministas españolas me dijeron que viniera aquí, que ellas me protegerían.

Al principio sufrí depresión, ansiedad, ataques de pánico y aislamiento. Una gran amiga abogada y varias compañeras no me soltaron la mano hasta que logré obtener la nacionalidad española por situación extraordinaria a través del Consejo de Ministros.

Desde la distancia que le da España, ¿cómo ve la situación política actual de México?

Vivir fuera te permite tener una panorámica de 360 grados. Me río mucho cuando la gente cree que porque Claudia Sheinbaum es mujer, automáticamente es una gran política y una gran estadista, porque definitivamente no es así.

Yo soy periodista de investigación; estoy politizada pero no soy partidista. Lo que veo es que este gobierno, como el anterior y todos los anteriores desde que nací, ha pactado y sigue pactando con las mafias, creando un narcoestado (o más bien, un estado mafioso).

Ocurrió en Italia, ocurrió en Japón con la Yakuza y pasa en México porque a los políticos les da pavor que las mafias destruyan al país. Sin embargo, sé que esto también va a pasar y que los movimientos de defensa social volverán a renacer, porque es algo absolutamente humano defender la vida.

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Los narcoestados parecen instalados en Latinoamérica sin que se pueda acabar con ellos, causando muerte y mucho dolor… ¿Es imposible sacar el narcotráfico del poder?

Va mucho más allá… Las mafias no sólo hacen dinero con las drogas, logran muchos más beneficios con la trata de personas —particularmente niñas y niños—, el tráfico de órganos, la explotación sexual comercial y la venta de armas.

Los líderes de la delincuencia organizada han logrado insertar la economía criminal de manera sutil, y ahora en todos los sistemas bancarios del mundo. Todos los partidos políticos, sean de derechas, conservadores o liberales, terminan recibiendo dinero del crimen organizado transnacional.

"Me quieren muerta porque no pueden creer que 20 años después siga insistiendo"

- Lydia Cacho

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Para terminar, ¿ve posible o plausible volver a vivir en México de forma definitiva?

En realidad no, porque podría costarme la vida. Ya me he salvado una vez y no lo voy a arruinar por un momento de felicidad. Yo sigo testificando contra el exgobernador que me mandó torturar, quien acaba de perder su último amparo para librarse de la prisión de alta seguridad donde lo tenemos.

Eso ha vuelto a generar una gran animadversión en mi contra. Además, hay otros dos prófugos de la justicia que la Interpol sigue buscando y yo viajo constantemente a la embajada mexicana en Madrid para testificar contra ellos. Me quieren muerta porque no pueden creer que 20 años después siga insistiendo.

A pesar de todo esto, he aprendido a vivir sin miedo gracias a la terapia especializada en tortura. El chip de seguridad ya lo llevo integrado de por vida: camino rápido por la calle, observo a todo el mundo y tengo una alerta de protección automática.

Cuando me pasó lo del ataque de pánico al llegar a Madrid, mi terapeuta me explicó que era porque me vi sin escoltas y no entendía la libertad. Pero sigo adelante porque cada vez que logramos encarcelar a uno de estos sujetos, las víctimas —que en ese entonces eran niños de 5 o 7 años y hoy son adultos— me llaman emocionadas y me dicen: "Uno más. Fue verdad". Por eso sigo.

Agradecimientos especiales

A la Fundación Casa de México en España

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Fuente original: Leer en El Español
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