José M. Domínguez Martínez
CATEDRÁTICO DE HACIENDA PÚBLICA DE LA UNIVERSIDAD DE MÁLAGA
Domingo, 1 de febrero 2026, 01:00
... qué se destina lo producido y cuánta renta se genera. Con ese propósito, en los años cuarenta del siglo veinte, se diseñó un sistema de contabilidad nacional. Como pivote del entramado fue elegido un indicador clave, el producto interior bruto (PIB), representativo del valor de todos los bienes y servicios producidos en un país en el curso de un año.Las aportaciones han sido numerosas, pero no han podido erradicar lo que Stiglitz denomina el «fetichismo del PIB». Pero los altos mandatarios no han tirado la toalla. Recientemente, el secretario general de la ONU, António Guterres, ha encomendado a un grupo de 14 especialistas de alto nivel, copresidido por Kaushiok Basu y Nora Lustig, una propuesta de nuevos indicadores para la prosperidad humana y planetaria que vayan «más allá del PIB». Tal es la trascendencia del encargo que incluso la revista Nature ('The international journal of science') se ha hecho eco en un número de octubre de 2025. La intención declarada es acelerar el progreso hacia el logro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la ONU.
Teniendo en cuenta que estos tienen fijada la referencia del año 2030, no parece que exista demasiado margen para la posible efectividad de las alternativas que se propongan para contrarrestar un enfoque, el del PIB, que «crea incentivos perversos y podría crear tantos problemas como los que resuelve -particularmente cuando el crecimiento del PIB socava otras aspiraciones encapsuladas en los ODS». Se pretende acabar con el imperio del PIB, en el que todo lo demás queda subordinado a este indicador.
Se admite que el sistema que se quiere implantar es «una empresa extremadamente ambiciosa y excepcionalmente compleja». Basta para comprobarlo con examinar el artículo, también publicado por Nature, de Andrew Fanming y Kate Raworth, en el que describen un marco con forma de rosquilla (el 'Dónut') en el que se integra un conjunto de 35 indicadores, 22 de ellos sociales y 13 ecológicos.
Esencialmente, el referido marco consiste en el espacio entre dos anillos concéntricos: el anillo interior representa una base social, por debajo de la cual se sitúa la privación humana crítica, y el anillo exterior, un techo ecológico, más allá del cual aparece la degradación planetaria crítica. Entre estos dos anillos se encuentra un área que delimita la aspiración de la humanidad, en el siglo veintiuno, de salvaguardar la estabilidad de nuestro hogar planetario y garantizar al mismo tiempo que nadie se vea privado de sus necesidades esenciales. La pretensión es crear las condiciones mínimas para definir un espacio ecológicamente seguro y socialmente justo para la humanidad.
Un concepto básico es el de los límites planetarios, que definen el espacio operativo seguro para la humanidad con respecto al sistema terrestre y están asociados con los subsistemas o procesos biofísicos del planeta. Se hace hincapié en que muchos son particularmente sensibles en torno a los niveles umbral de ciertas variables. Si se superan estos, podría pasarse a un nuevo estado, con consecuencias perjudiciales o incluso potencialmente desastrosas para los seres humanos.
La actualización del modelo ha llevado a incorporar la justicia medioambiental, consistente en que las personas tengan derecho al agua, a los alimentos, a la energía y a la salud, junto a un medio ambiente limpio. En su lista, no incluyen las medidas convencionales que entran en el PIB, como el gasto y la inversión: «Tenemos economías que necesitan crecer, independientemente de si nos hacen prosperar o no; lo que necesitamos son economías que nos hagan prosperar, independientemente de si crecen o no». La lista de detractores del PIB es interminable, pero no faltan quienes recuerdan, como hacía William Francis, algo bastante elemental: «El PIB puede que no mida lo que vale la pena, pero nos brinda la oportunidad de crear más de ello».
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