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Manolo Lozano: el mundo un poco peor sin él

Manolo Lozano: el mundo un poco peor sin él
Artículo Completo 760 palabras
Con el mismo temple contaba un chiste que hablaba de los avatares de su salud

La Tribuna

Manolo Lozano: el mundo un poco peor sin él

Con el mismo temple contaba un chiste que hablaba de los avatares de su salud

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Eugenio J. Luque Domínguez

Director General de la Fundación General de la Universidad de Málaga (FGUMA)

04/06/2026 a las 02:00h.

Eran las 7 de la tarde del 11 de junio de 2021 cuando Alfonso Crespo, amigo y párroco de San Pedro, me daba la fatal ... noticia del fallecimiento, víctima del COVID, de Manolo, tan trágica como inesperada. No me lo podía creer, tan solo tres días antes habíamos intercambiado algunos mensajes de WhatsApp. Hacía cinco meses que no nos veíamos, desde que el 8 de enero partió, de nuevo, para Venezuela.

Con el mismo temple contaba un chiste o hacía una broma, que hablaba de los avatares de su salud; que se había jugado la vida atravesando el Orinoco o que lo habían atracado a punta de pistola. Distinto era cuando hablaba de los demás, de sus sufrimientos, de sus necesidades o de cómo afectaba la situación política a los venezolanos, de la que no era muy optimista. Aquí lo queríamos, allí además lo necesitaban.

En la vida se encuentra uno con personas buenas, otras excepcionales y muy pocas como Manolo

Llamaba la atención su desafección por cosas que el resto nos afanamos, lo que le llevaba a ser extraordinariamente desprendido, aunque siendo consciente de las necesidades materiales, se sentía muy agradecido con la ayuda que estaba recibiendo de la Archicofradía de la Pasión para la construcción de la Escuela 'Madre del Amor Doloroso', en Caicara.

En nuestro empeño por tenerlo cerca, no comprendimos que aquella tierra y las necesidades de sus habitantes le habían provocado una dependencia de la que nunca se libraría. Así lo manifestaba cuando tenía oportunidad: «entre las dos etapas vividas en Caicara del Orinoco, 26 años en total, no tengo más remedio que dar gracias a Dios, por haber descubierto su presencia en medio de este pueblo». O como él mismo se preguntaba en una entrevista del Boletín Misionero 009/2021, «¿Qué pinto yo aquí?», y siempre en mi interior, junto a esa pregunta me hago esta otra: Manolo, ¿por qué estás aquí? qué es lo que te motivó a estar aquí?, y siempre encuentro la misma respuesta: «Estoy aquí por ti, Señor, y por mis hermanos».

Su vida estaba allí, él lo sabía y nosotros lo comprendimos y, como yo le decía a un amigo, el día de su fallecimiento, está donde deseaba estar, seguirá pendiente de nosotros y nos protegerá. No hay lugar para la tristeza: él ha sido feliz y ha vivido como quería vivir.

No se puede expresar con palabras lo que Manolo ha sido para los que lo hemos conocido. Era merecedor de los calificativos que se han vertido sobre él, persona de bien, entregado, generoso, conciliador, tranquilo, sereno, cariñoso, incansable, perseverante, insustituible, imprescindible y necesario. En toda su vida transmitió bondad y servicio. Era la mejor referencia para un cristiano, como se debe ser y comportarse con los demás. Manolo y su vida son ejemplos que permanecerán siempre en nuestra memoria. Como alguien dijo, «era genuinamente bueno y alegre, junto a él se sentía paz y sosiego». Hoy el mundo sin él es un poco peor.

Su vida entre nosotros empezó y terminó en dos fechas muy significativas. Nació el 1 de noviembre, festividad de todos los santos, y falleció el 11 de junio, que en 2021 coincidió con la festividad del Sagrado Corazón de Jesús y con la jornada de oración por la santificación de los sacerdotes. El calendario también, a veces caprichoso, quiso ser justo con él.

En la vida se encuentra uno con personas buenas, otras excepcionales y muy pocas como Manolo. Agradezco a Dios haberlo puesto en mi camino y conocerlo; me siento afortunado por haber sido su amigo. Personas como Manolo no deberían morir, era demasiado joven y demasiado importante la labor que hacía aquí. Aunque parece que nadie es imprescindible, Manolo sí lo era. Nadie podrá llenar el hueco que ha dejado. Tenemos la pena de haberlo perdido, pero la alegría de haber sido testigos directos de una vida entregada a los demás. Desde arriba nos cuida, vela y seguirá intercediendo por nosotros.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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