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Pedro Sánchez posa con su Gobierno en la Moncloa. EFESan Sebastián
Domingo, 4 de enero 2026, 00:02
... el paradero de Nicolás Maduro, al parecer capturado por las tropas norteamericanas. En España, la estrategia de Pedro Sánchez se ha decantado por una espiral de resistencia que se ha convertido en un manual de supervivencia. Resistir frente a la derecha dura, resistir frente a un contexto internacional que vira hacia posiciones reaccionarias, y resistir también frente a un desgaste interno que ya no puede obviarse. La pregunta que sobrevuela no es solo si esa resistencia es legítima, sino si es estratégica.Sin embargo, el contexto interno no acompaña. Los escándalos se amontonan, la legislatura avanza con una enorme dificultad y el PSOE empieza a mostrar señales visibles de tensión interna. Barones territoriales, cuadros intermedios y parte del electorado tradicional expresan cansancio, cuando no desconcierto, ante una estrategia que parece acordada más para aguantar que para ilusionar e incentivar al electorado progresista. El partido sigue gobernando, pero lo hace en un clima de defensiva permanente.
En este tablero tan complejo, la hipótesis de unas elecciones generales con una mayoría absoluta del bloque PP-Vox resulta cada vez más plausible. Si se asume esta consideración, la estrategia de Sánchez adquiere un sentido diferente: no estaría orientada a ganar, sino a gestionar el tiempo y las condiciones de una derrota probable. Retrasar el desenlace, condicionar el marco del debate y preservar su papel como referencia del socialismo español pasan a ser objetivos tan relevantes como la acción de gobierno. Y el presidente, consciente también de que una parte de la derecha busca su inculpación penal también intenta blindarse y mantener su aforamiento parlamentario.
La auténtica disyuntiva no es electoral, sino orgánica. Sánchez se enfrenta a un dilema enrevesado: seguir liderando el PSOE, aun a riesgo de arrastrarlo a una derrota más profunda, o dar un paso a un lado para facilitar una renovación que hoy no tiene rostro ni una alternativa definida. La ausencia de un relevo claro convierte su figura en un elemento contradictorio: cuestionado como candidato, pero todavía necesario como factor de cohesión.
Esta ambigüedad explica muchas de las decisiones del presidente en los últimos meses. La resistencia no es solo frente a la oposición, sino también frente al vacío. Mientras no emerja un liderazgo alternativo sólido, Sánchez sigue siendo, para bien o para mal, el único punto de apoyo del socialismo español. El problema es que prolongar esa situación puede acabar debilitando al propio partido más allá de su figura.
Convendría evitar lecturas maniqueas. Sánchez se ha envuelto en una bandera de avance social y económico en un contexto de fragmentación política extrema frente al auge de la derecha radical. Pero también es evidente un error estratégico: haber subordinado la renovación del proyecto socialista a su propia supervivencia política, retrasando un debate interno que el partido tendrá que afrontar, gane o pierda las próximas elecciones generales.
Resistir puede ser una táctica. Convertir la resistencia en estrategia permanente es, en cambio, una apuesta de alto riesgo cuyo desenlace marcará no solo el final de una etapa, sino el futuro del socialismo español.
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