Ser 'Manolito, el de rosa' (que no de Rosa), con toda la retranca y mala baba del que se lo decía de niño, marca. En el caso de Manuel Antonio Domínguez (Villablanca, Huelva, 1976), una vez que consiguió dar la vuelta al señalamiento y ... la estigmatización, se ha convertido en seña de identidad. Se ve desde sus comienzos en su obra. Con este improperio y muchos otros, construye ahora en Garage Bonilla una buena 'Colección de insultos'. Así se titula la exposición que le devuelve a Madrid años después de su gran presentación en la ciudad en el Museo ABC.
—Título atractivo pero que seguro esconde muchas cosas feas detrás…
—Desde luego. Alguien que siempre ha convivido con un tercer apellido, y ese apellido era un insulto, conforme va pasando el tiempo, se va haciendo una colección. Pero el hecho de apropiarse de los mismos es un modo de superación. O de al menos llevártelos a tu campo y transformar algo que fue motivo de estigmatización en elemento que une, algo que consigues que te pertenezca y defiendas. Esta muestra ilustra toda una colección.
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—De lo aparentemente pequeño y familiar, a ámbitos como el futbolístico, la plataforma principal en el que el insulto se encuentra a sus anchas. Y vivimos ahora una sociedad tan convulsa que algo que me impresiona mucho es cómo el insulto se ha instalado en estratos de la sociedad incomprensibles, con políticos insultándose los unos a los otros. Ellos, que son referentes y modelos, normalizan situaciones que no deberían darse.
—¿Le ayudó el arte a superar estos ataques?
—El arte es una herramienta medicinal que se convirtió para mí en válvula de escape, por supuesto. Es una sensación muy interesante cuando tú, a través de la pintura, el imaginario que va conformando o cierto simbolismo, vas verbalizando cosas que necesitas contar. El dibujo siempre me ha interesado porque para mí tuvo algo de medicinal.
—Ilústreme: ¿Qué tipo de lindezas son las que le proferían y cómo se destilan en la obra de arte?
—Los insultos vienen desde la homofobia más incipiente del colegio hasta la estigmatización de cierto afeminamiento, o todo lo que tiene que ver con el hecho de que tu tendencia sexual años después sea una u otra. Todo eso juega ahora para crear un imaginario interesante. En mi caso, yo pertenecí a un matriarcado de gran influencia femenina lo que me construía a mí y construía el imaginario de los que me rodeaban. También el hecho de dedicarme al arte: hay que recordar la connotación negativa que tuvo siempre la frase «ese es un artista».
«La creación de símbolos, en mi caso, tiene que ver con mi crecimiento como artista, el sentirme cómodo para hablar de cuestiones a través de ellos en función de las vivencias»
Me parecía interesante hablar de cierta colección de insultos porque estamos a expuestos a ellos de manera constante, como personas sociales y como parte de un colectivo. Yo lo hago de manera camuflada: me gusta que te adentres en mi pintura, bien por su forma, muy depurada, muy preciosista, con unos colores nada estridentes, bien por la técnica, la de la acuarela, que a mí me ha servido para tratar las barbaridades más anestesiadas.
—Aquí, como en exposiciones anteriores, conjuga sus dibujos y acuarelas con objetos encontrados. ¿Qué le aporta esta estrategia artística?
—Es verdad que acudo mucho al objeto, que intervengo. Estos de por sí traen ya una impronta interesante, como la foto antigua, que permite revisionar momentos, deconstruirlos… Es así como yo justifico mis paseos por el Rastro y mi diógenes, esa tendencia a volver a colocar un objeto obsoleto en un sistema de consumo acelerado, lo que adquiere para mí un tinte ecologista. Pero tiene también que ver con lo urbanita que soy. Cuando estás en una gran urbe descubres gran información en lo que esta desecha. Eso que antes pertenecía a mi intimidad y que en alguna ocasión era dibujada, que se metía disimuladamente en pequeñas instalaciones, ahora tiene su presencia. Cada vez me encuentro más cómodo mostrando mi cocina de artista, que considero fundamental.
—Desde luego esa portería real en medio de la sala no le pasa a nadie desapercibida.
—Podría decir que esta exposición en concreto cuenta con tres bloques. La parte principal hace mella en cuestiones que tienen que ver con la infancia, con la construcción de la persona… Llegamos a la mitad para tratar asuntos como los de la promiscuidad o la relación entre personas de distintas edades; y la última, enfocada en la plataforma de competitividad que supone el fútbol. Aquí incluyo una pieza conformada con balones deconstruidos, y un segundo tapiz con dorsales de atletismo y que a aluden a una competencia, pero también a las veces que hemos sido insultados... Me gusta como dialoga todo con este espacio, cómo funciona visualmente con esto que no es una galería al uso –con su cocina vista, y que es un contexto doméstico– de suelo industrial. Garage Bonilla tiene algo muy urbanita, pero también muy rural. Eso hace que las lonas, que la portería dialoguen de manera muy especial con la solería. Los charcos de aceite en mis dibujos aquí generan asociaciones maravillosas por el pasado de este lugar.
Tiendo cada vez más a piezas de mayores dimensiones que incluyen de manera curricular todo lo acontecido en un momento determinado. En el de esta muestra condenso todo lo vivido desde que me dijeron que iba a hacer la expo hasta ahora: historias, noticias, experiencias, personajes que han aparecido… van conformando esa especie de amalgama de información que es casi una verborrea de imágenes en la que perderse. Con ellas genero un discurso que también se nutre de las historias de otros.
—Le ha interesado en su trabajo siempre cómo se construye la masculinidad. ¿Cómo participa el insulto en este proceso?
—Cuando llevas ya mucho tiempo hablando sobre un tema como este, la sensación que tengo es que estamos olvidando cosas rápidamente. Si la edad te da más confianza por la experiencia y te va verificando pasos, te vuelve sin quererlo más reivindicativo. Y dentro de la reivindicación quizás antes no te girabas ante el insulto y ahora sí. Ahora puedo hacerlo con un discurso más construido. No es que yo me haya vuelto más serio, o sea más contestatario. Simplemente es que ahora hago valer mi opinión.
—Hace mención especial al ámbito deportivo.
—Durante mucho tiempo no se han hablado de cosas que ocurrían en el fútbol. Cuestiones que tienen que ver con una sensación de ostracismo, cláusulas que impiden comentar o airear la vida sentimental de los jugadores, porque eso podría generar una revuelta… Pero lo que más me interesa es cómo en lo futbolístico está instalado cierto discurso de odio, algo que percibía en el patio del colegio y también ahora cuando voy con mi sobrino a una grada.
«Algo que me impresiona mucho es cómo el insulto se ha instalado en estratos de la sociedad incomprensibles, con políticos insultándose los unos a los otros»
Creo que es saludable visibilizar este tipo de cosas y hablar más de ellas. Y eso que no todo es violencia: el fútbol da pie a unos afectos, visibles en las celebraciones de un gol, imposibles fuera de estos contextos. No soy futbolero, pero el imaginario que han ido conformando esas gradas llenas de gente amando u odiando a la vez es bárbaro.
—Hay valores que en otros ámbitos son imposibles.
—Como el de la competitividad, por ejemplo. Y los futbolistas se convierten en referentes sociales, pero en el estadio se ataca su estilismo o su raza. Aquí incluyo un ejemplo [se refiere a un dibujo protagonizado por Cristiano Ronaldo] del que conocemos toda su trayectoria pero también toda su vida sentimental, sus gustos…
—Hablaba antes del objeto. No sé si sus exposiciones son cada vez más escenográficas.
—Sí. De hecho yo te diría que este espacio es ahora mismo una escenografía, todo él. Estamos entrando en un garaje en el que ese concepto ya te remite a un tipo de suelo, a un tipo de experiencias. Lo escenográfico, día tras día, me gusta más. Convivo con eso. Cuando te asomas a mis pinturas llegas a visualizar cómo sería esa imagen en tres dimensiones. Siempre confieso que mi experiencia como habitante de Valencia siete años fue algo muy nutritivo, porque el concepto de falla, algo que se construye pero que es realmente inestable, me interesa muchísimo. Mi obra participa de los escenarios en los que he vivido. El simbolismo sevillano. Andalucía. Madrid, esa ciudad marica… Todo ese tipo de matices van llenando mi obra. Algo que me caracteriza es que soy muy poroso.
—Repasando esas obras, no ca be duda de que estas están plagadas de símbolos.
—Es algo que me encanta de mi trabajo, el tema del símbolo, cómo se conforma y cómo va apareciendo otro, que luego deriva en otra cosa… El más claro ejemplo de mutación en lo mío ha sido el cordel, ese hilo que siempre participaba del trabajo, que apareció uniendo diferentes escenas, diferentes contornos, y ahora genera formas. La creación de símbolos, en mi caso, tiene que ver con mi crecimiento como artista, el sentirme cómodo para hablar de cuestiones a través de ellos en función de las vivencias, lo que da pie a otros nuevos. Algo que además despierta al espectador cuando contempla la obra y es capaz de decodificar un discurso.
—Sin duda tiene un estilo muy reconocible y definido. ¿Ha alcanzado su techo y ahora se trata no tanto de evolucionarlo como de seguir contando historias?
—Conformar un estilo ya es algo complicado. Mantenerlo, igualmente. Pero que te reconozcan por ello es casi tu supervivencia como artista, algo necesario. Hace muchos años un profesor me recomendó que si quería ser bueno, me especializara en serlo focalizándome en algo. Y por eso me volqué en la acuarela. Lugo aparecieron otras técnicas húmedas, el guash, el acrílico o la tinta, pero el dibujo venía de fábrica y, la acuarela, en lo que volqué el aprendizaje. Tienes que lograr algún tipo de firma para que se produzca un gusto, atraigas un coleccionismo… Pequeños pasos me dan pie a pensar que sí que está mutando, que cambia.
—La identidad personal, ¿se construye desde dentro o desde fuera?
—Si hablamos desde el insulto, influye más la parte de fuera. Es cuando reaccionas a ese insulto cuando te empiezas a construir tú, y eso lo haces desde dentro. Es un peloteo de raqueta en el que estás en medio y te construyes a mayor o menor velocidad en función de las circunstancias. Desde luego tienes que dirigirlo tú desde dentro, pero hay un papel fundamental del que lanza la pelota, el que lanza el insulto. Somos entes sociales y como entes sociales es mucha la información que recibimos y que no somos conscientes que asimilamos. Y vivimos en la sociedad de la información, los estímulos son infinitos.
—Hablar de insultos supone hablar de lenguaje, de retorcerlo, de resignificarlo.
—Para mí es básico darle la vuelta al insulto. Y me resultaba muy curioso cuando dentro de mi círculo de amigos empezábamos a hablarnos con matices que antes eran ofensivos. Que te hablen en femenino o que empleen términos como 'marica' solo se consigue bajo la confianza y la normalización de determinadas situaciones. El mero hecho de trabajar yo ahora desde el insulto ya es un trabajo muy depurador. Es como reírse de él, cuestionarlo, verlo desde fuera. Se trata de poner las cartas sobre la mesa, uno de mis referentes más habituales en mi obra también: sacar las cartas y ponernos a jugar.
—Es su primera exposición en Garage Bonilla. Hacia tiempo que no le veíamos exponiendo en galería en Madrid. ¿Llega para quedarse?
—Esta es ya mi ciudad, después de unos últimos años muy convulsos, no sólo a nivel personal, sino por todo lo que hemos vivido. De la presentación en el Museo ABC, que fue la puesta de largo del trabajo a nivel institucional, reconociéndome como una persona de pequeño formato al que se le daba las herramientas y el espacio para hacer algo grande. Pero luego llegaron pandemias, separaciones, cambio de vida, mayoría de edad…
—¿Mayoría de edad? ¿Los 50 son los nuevos 18?
—Me refiero a que yo soy rural y soy urbanita. Y cuando te vas haciendo 'más' mayor tienes que ir afrontando cosas que antes 'les pasaban a los otros', familia, vivienda, este tipo de cosas, y con las que hay que lidiar. Con ese perfil me presento yo en Madrid. Y con un discurso que ya me avala y en una plataforma que me apetecía muchísimo, porque hay ciertos códigos entre el galerista y el artista, cuando están en la misma línea, que dan pie a cosas muy satisfactorias. Mi galería madre [se refiere a Ángeles Baños] y yo gozamos de una salud y una longevidad en la relación maravillosas, pero justamente con Rafa Bonilla comparto una vinculación generacional muy interesante, además de experiencias. Somos los dos andaluces que viven en Madrid, el gusto estético y la percepción del arte es similar, la propuesta de su plataforma me encanta y me parece útil para dar a conocer mi trabajo...
—El proyecto del Museo ABC se llamaba «La relación estable». ¿Es usted de relaciones así? ¿Si esto se ha iniciado es para que tenga continuidad?
—Tengo que decir que últimamente hay que relativizarlo todo. ¡Si hace menos de un año estábamos inmersos en un apagón! Eso fue otra bofetada de realidad. Lo de que las cosas lleguen para quedarse ya son palabras mayores. Llevamos muchos años de zarandeos que hace que todo lo que tiene que ver con 'estabilidad' o 'longevidad' se pongan en duda. Vamos a intentar que el tiempo que duremos lo pasemos bien juntos. Esta es mi primera individual en este espacio y me ha embargado la misma sensación que en el museo ABC: «Vamos a intentar hacerlo bien».
«Me parecía interesante hablar de insultos porque estamos a expuestos a ellos de manera constante, como personas sociales y como parte de un colectivo. Yo lo hago de manera camuflada»
Yo siempre he estado aquí: lo llamo reinicio en Madrid, pero es porque a veces uno se siente más disimulado. Y en este tipo de circuitos, no te puedes ir pero tampoco es buena la excesiva presencia, que impone una falta de libertad o de presión tremenda. Yo disfruto con el formato pequeño, con la miniatura, no soy para nada de los que juegan a los efectismos. Y todo eso requiere un poquito de disimulo, para que no te canses ni se cansen.
—El mundo del cine está llegando a mi vida y estoy últimamente abrumado con esta cuestión. El trabajo está derivando por ahí y en ese constatar cómo el trabajo influye en los demás, las personas que están apareciendo me están encantando. Antes había muy poquito discurso de género y ver cómo se está conformando una red de artistas en la misma sintonía, que ayudan a otros porque les empieza a ir bien y que se atreve a indagar o cuestionar cosas, me parece estupendo. Yo seguiré en la dinámica en la que creo y en la que estoy. Espero poder seguir estando en Madrid si el tiempo lo permite. E ir hablando con más propiedad.
—Voy a participar con los Javis en 'La bola negra' y me gusta saber que saldrá mi trabajo en la gran pantalla. Eso motiva mucho. Trabajar con un perfil como el suyo, que para muchas personas jóvenes son un referente LGTBI en el mundo del cine, y que ahora mi trabajo conecte con ellos porque lo suyo habla mucho también de mí, me resulta muy halagador. No pinta mal la cosa: entre un premio, lo otro y lo otro, por fin voy a poder hacer obra en el cuarto de baño de casa.
—¿Hay algún insulto al que no haya podido dar la vuelta?
—Yo vengo de una familia matriarcal, y en mi casa siempre he sido 'Manolito el de rosa'. Luego me apropié de eso: empecé a pintar rosa, me hice con un traje rosa, me quité la cabeza... Pero 'el de rosa', era un señalamiento continuo. Mi abuela se llamaba así. Pero yo sabía de la intención. Mi primo era 'el nieto de Manuel Carrasco' y yo era 'Manolito el de rosa'. No era un insulto pero a mí eso no me gustaba.
Pero lo convertí en símbolo, y hoy no hay nada que me guste más que 'lo rosa', que para mí son mi tía, mi madre, mi abuela. Le di la vuelta a eso de 'gordito, gracioso, amanerado' con lo que antes se asociaba. La verdad es que no he sido una persona muy insultada en mi vida, pero me abruma cómo la masa arropa el insulto, cómo el insulto se ha instalado en la actualidad en la escena socio-política, que el mundo dirigente se haya postrado ante el insulto, que se use el femenino o lo feminista para insultar… Creo que me encuentro en ese punto en el que puedo emplear el término 'maricón' con una funcionalidad activista.
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