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Cultura

Manuel Longares, el lenguaje como contrapoder

Manuel Longares, el lenguaje como contrapoder
Artículo Completo 652 palabras
El novelista Alvaro Enrigue publicó en este suplemento un artículo titulado 'Estilo' que coincidió con mi lectura de la extraordinaria novela de Manuel Longares. Sin citarla, porque todavía no había sido publicada, ese artículo definía muy bien lo principal de ella, y en el fondo el sentido de la literatura toda de Manuel Longares: la literatura es la forja de un estilo, es decir un modo de unir palabras no dichas ni juntadas antes de igual modo, tal como Enrigue recorría en las poéticas de Borges, de Eliot, Lope, Lezama, Cervantes y Shakespeare. En Longares, el estilo es su manera de estar en el mundo. Claro que 'Romanticismo', su novela más celebrada, es la Transición española en el barrio de Salamanca, pero fue mucho más la elaboración de un lenguaje atento al modo de hablar de las clases sociales y hábitos de burguesía y pueblo . Noticia Relacionada La TRASATLÁNTICA opinion Si Estilo Álvaro Enrigue Lo que estaba en nuestro cerebro, cuando es torpemente representado en palabras, ocupa la mente de otros, se incorpora a su memoria -si lo dicho hubiera sido memorable- y afecta su experiencia del mundoEn 'Cortesanos' ha decidido despojar la novela del argumento secuencial, incluso de trama, para construir un artefacto prodigioso de aventura lingüística, es decir de afrontar el desafío de que el lenguaje fuera capaz se ser la idea y expresarla al modo más cabal e insustituible, que es la misión de la literatura.'Cortesanos' Autor Manuel Longares Editorial Galaxia Gutenberg Año 2026 Páginas 116 Precio 14,50 E-book 9,49 euros 4La idea es simple, los señores, el poder, los monarcas de los Austrias primero y los Borbones después, se hallaron entretenidos en sus entrepiernas y afanes copuladores, con el pretexto o no de la descendencia necesaria y casi siempre al margen de ella. En este carnestolendas ideado por Longares, donde fragua como en ninguna otra novela lo carnavalesco de Rabelais que tan poderosamente supo diagnosticar Mijail Bajtin, hay pocas páginas sin copula monárquica, llevada al extremo . Entretanto, en este tablao de fornicadores y reyes castizos que también supieron trasladarnos de otro modo Goya o Valle-Inclán, el pueblo (cortesanos), zarzuelero de chulos y chulapas en el Madrid castizo de las riberas del Manzanares por San Isidro, entretiene en cazuelas teatrales o corridas de toros su marginalidad. Y, ¿en qué consiste tal entretenimiento? También el fornicario, vaya uno a ser menos, o en ir pasando como se puede. Pero con una venganza: la mofa, la burla , las canciones, las jácaras, los romances, seguidillas, el astracán en que los pareados se suceden sin tregua, unas veces hermosos, otras muchas preñados de ripios, engrasando siempre un expresionismo hecho de desmadres, exageraciones, risotadas de bandurria y pandereta. Góngora y QuevedoLongares, que podía en otros momentos haberse acogido al manto de Larra, se acoge aquí a la filiación picaresca, pero en su descarnado formalismo que tuvieron Juan Ruiz el Arcipreste, y luego la pícara Justina, posteriormente Góngora y Quevedo en sus poemas de romances y jácaras festivas. Lázaro Carreter dio una idea también cuajada por Borges: «Quevedo o la invención por la palabra». Esa ha sido la gran tradición que de manera directa llega a esta novela de Longares, situado a orillas del Manzanares, resonando ecos de los poemas que Góngora y Quevedo le dedicaran, y llevándolos luego al caudal casi miserable de la Corte, en lo que Quevedo y Góngora no pudieron entrar, como sí lo hicieron Valle-Inclán, Goya, y el sinfín de juegos lingüísticos de la zarzuela, la revista y los géneros chicos que nutren el imaginario portentoso de un Longares desatado, entregado al festín del lenguaje.

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El novelista Alvaro Enrigue publicó en este suplemento un artículo titulado 'Estilo' que coincidió con mi lectura de la extraordinaria novela de Manuel Longares. Sin citarla, porque todavía no había sido publicada, ese artículo definía muy bien lo principal de ella, y ... en el fondo el sentido de la literatura toda de Manuel Longares: la literatura es la forja de un estilo, es decir un modo de unir palabras no dichas ni juntadas antes de igual modo, tal como Enrigue recorría en las poéticas de Borges, de Eliot, Lope, Lezama, Cervantes y Shakespeare.

En Longares, el estilo es su manera de estar en el mundo. Claro que 'Romanticismo', su novela más celebrada, es la Transición española en el barrio de Salamanca, pero fue mucho más la elaboración de un lenguaje atento al modo de hablar de las clases sociales y hábitos de burguesía y pueblo.

En 'Cortesanos' ha decidido despojar la novela del argumento secuencial, incluso de trama, para construir un artefacto prodigioso de aventura lingüística, es decir de afrontar el desafío de que el lenguaje fuera capaz se ser la idea y expresarla al modo más cabal e insustituible, que es la misión de la literatura.

La idea es simple, los señores, el poder, los monarcas de los Austrias primero y los Borbones después, se hallaron entretenidos en sus entrepiernas y afanes copuladores, con el pretexto o no de la descendencia necesaria y casi siempre al margen de ella. En este carnestolendas ideado por Longares, donde fragua como en ninguna otra novela lo carnavalesco de Rabelais que tan poderosamente supo diagnosticar Mijail Bajtin, hay pocas páginas sin copula monárquica, llevada al extremo.

Entretanto, en este tablao de fornicadores y reyes castizos que también supieron trasladarnos de otro modo Goya o Valle-Inclán, el pueblo (cortesanos), zarzuelero de chulos y chulapas en el Madrid castizo de las riberas del Manzanares por San Isidro, entretiene en cazuelas teatrales o corridas de toros su marginalidad. Y, ¿en qué consiste tal entretenimiento? También el fornicario, vaya uno a ser menos, o en ir pasando como se puede. Pero con una venganza: la mofa, la burla, las canciones, las jácaras, los romances, seguidillas, el astracán en que los pareados se suceden sin tregua, unas veces hermosos, otras muchas preñados de ripios, engrasando siempre un expresionismo hecho de desmadres, exageraciones, risotadas de bandurria y pandereta.

Longares, que podía en otros momentos haberse acogido al manto de Larra, se acoge aquí a la filiación picaresca, pero en su descarnado formalismo que tuvieron Juan Ruiz el Arcipreste, y luego la pícara Justina, posteriormente Góngora y Quevedo en sus poemas de romances y jácaras festivas. Lázaro Carreter dio una idea también cuajada por Borges: «Quevedo o la invención por la palabra». Esa ha sido la gran tradición que de manera directa llega a esta novela de Longares, situado a orillas del Manzanares, resonando ecos de los poemas que Góngora y Quevedo le dedicaran, y llevándolos luego al caudal casi miserable de la Corte, en lo que Quevedo y Góngora no pudieron entrar, como sí lo hicieron Valle-Inclán, Goya, y el sinfín de juegos lingüísticos de la zarzuela, la revista y los géneros chicos que nutren el imaginario portentoso de un Longares desatado, entregado al festín del lenguaje.

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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