Pequeñas infamias
Maquiavelo o el manual del perfecto mentiroso«¿Por qué unos troleros consiguen colocar su mercancía averiada y otros no? ¿De qué depende?»
Regala esta noticia Añádenos en GoogleCarmen Posadas
02/10/2026 Actualizado a las 10:03h.Para una incorregible observadora de conductas humanas, es fascinante ver cómo algunos mentirosos consiguen que la gente trague sus trolas más inverosímiles, mientras que a ... otros, con idénticos embustes, nadie les cree. «Hicimos lo que pudimos con la información que teníamos. Nadie era consciente de la gravedad de lo que iba a ocurrir»; «La situación sobrepasó todas las previsiones». ¿Carlos Mazón excusando su papel en la dana de Valencia? No, Pedro Sánchez sobre la crisis de Ceuta.
El presidente de la Comunidad Valenciana no interrumpió su tête à tête y se quedó en el Ventorro horas y horas. El presidente del Gobierno se fue a la Mareta a veranear durante 20 días porque, en sus propias palabras, «este año he trabajado y no he descansado, son mis derechos, ¿no?». Sin embargo, lo más curioso no son los paralelismos dignos de Plutarco entre uno y otro. Tampoco lo inverosímil de sus discursos idénticos, sino cómo uno ha sido condenado unánimemente por la opinión pública, incluidos sus correligionarios, mientras que el segundo ha conseguido vender la moto de que Marruecos no tuvo nada que ver en la invasión, que la movilización de setenta y tantos mil migrantes son «cosas que pasan» y que la angustia de los ceutíes no es más que una sensación subjetiva.
¿Por qué unos troleros consiguen colocar su mercancía averiada y otros no? ¿De qué depende? ¿Cómo ser un virtuoso de la trola, un mago de la milonga, un capo del cuento chino ahora llamado 'relato'? Consultemos con los que saben de esto.
Según Maquiavelo, que un responsable político mienta a la ciudadanía es reprobable, pero (apunte, señor Mazón) que mienta mal es un suicidio. Para el autor de El príncipe, estas son las cinco reglas de un mentiroso eficaz. Primera: «Un profesional del embuste jamás se desdice, ni siquiera cuando cambia de discurso o de opinión. Dar versiones distintas de un mismo hecho es tanto como reconocerse mentiroso». Regla número dos: «El príncipe no necesita tener convicciones ni principios, pero debe saber fingir que los tiene». Regla número tres: «Es más fácil que la gente se trague una gran mentira a que crea una pequeña». De ahí la utilidad de inventar, por ejemplo, que uno es víctima de una conjura mundial de fuerzas poderosas y oscuras. En versión Sánchez: todos se confabulan contra mí. Trump, Musk, Netanyahu, Putin, la internacional ultraderechista, el sursuncorda…
La cuarta regla maquiavélica dice que si te pillan, no hay que cambiar de discurso, sino de marco. En versión Sánchez: «Los servicios secretos jamás dieron cifras concretas, un aviso por WhatsApp a un funcionario de segunda clase no es un aviso». Y luego viene la quinta regla, la más importante de todas, y es esta: «El príncipe ha de tener a otros que se equivoquen por él, sus ministros, sus subordinados», también –y esto no lo dice Maquiavelo, porque entonces no existían los medios de comunicación de masas– debe contar con periodistas de cabecera, apesebrados, que coreen todos a una idénticos argumentos. Cuanta más gente haya propalando una mentira, más posibilidades hay de que se convierta en una verdad, tal como sostenía ese otro mago del embuste que fue Joseph Goebbels.
Luego hay otra argucia en el (in)noble arte de mentir que Pedro Sánchez domina y Carlos Mazón no. Un mentiroso consumado no adorna su historia con detalles, no intenta explicarse, da pocos datos, pero con aplomo y sin fisuras. La brevedad y la contundencia son escudo del engaño por aquello de que excusatio non petita, accusatio manifesta.
Por fin, existe una premisa común a los más aventajados mentirosos y es esta: negar la mayor, sostener, por ejemplo, que es de día cuando es de noche; afirmar, impasible el ademán y alto el tupé, que los elefantes vuelan y que las ranas crían pelo. Parece imposible, pero cuando alguien niega la mayor, la gente se queda tan estupefacta que pierde la capacidad de reacción. Y así andamos todos, mesmerizados por trileros que –¿dónde está la bolita, dónde está?– nos mantienen atentos a sus trolas mientras que, ojipláticos, nos preguntamos ¿cuál será el próximo estrambote inverosímil?, ¿cuál el siguiente triple salto mortal de la infamia?
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