El libro 'Farsante. Una historia queer en la Falange' recoge estos hechos investigados durante tres años por la periodista Andrea Momoitio
Añádenos en Google Portada del libro. 20/07/2026 Actualizado a las 11:45h.El 10 de mayo de 1939, un mes y pico después de acabar la guerra civil española, Margarita Beese, destacada dirigente del sindicato de Falange, fue detenida y llevada a la prisión de mujeres de Santa Cruz de Tenerife. ¿Su delito? Falsificar varios documentos públicos para intentar inscribirse en el Registro Civil bajo el nombre de Juan Carlos Beese Rodríguez.
Esta premisa, que a priori puede parecer la de una novela de ficción de un autor con mucha imaginación, son hechos reales investigados a conciencia por la periodista Andrea Momoitio a lo largo de más de tres años. El resultado de ese trabajo ha sido un exquisito ensayo de título sugerente, 'Farsante. Una historia queer en la Falange' (Libros del K. O.).
Pero empecemos por el principio, que esta historia tiene mucha miga. Margarita Beese Rodríguez era una joven canaria de padre alemán y de madre enfermiza que, según los estándares de la época, era muy mayor para ser madre. De hecho, tenía más de cuarenta años en el momento en que se quedó embarazada de Margarita. La joven niña ya demostró una gran inconformidad vital desde bien pequeña y, tras mucho insistir a su padre —especialmente conservador y acérrimo fascista—, consiguió marcharse a vivir a Madrid. Concretamente, a la Residencia de Señoritas, proyecto impulsado por la Institución Libre de Enseñanza para que las mujeres tuvieran la oportunidad de estudiar y que fue regentado por la famosa pedagoga María de Maeztu. En el momento en que Margarita pone un pie en la capital, todo empieza a volverse turbio. Se gasta los cuartos de su padre y se pasa los días deslumbrada por la vida que le ofrece ese Madrid moderno de principios de los años veinte, aunque justifica ante su progenitor que lo invierte todo en libros. Es más, cuenta en casa que aprueba el Bachillerato y que después se matricula en Medicina, algo que no acabamos de saber si es cierto. Lo que sí sabemos es que se presenta a unas oposiciones para Correos y las aprueba. Al tiempo es destinada a Málaga, aunque a ella eso no le apetece nada, ya que le ha gustado demasiado la marcha de Madrid. Entre idas y venidas, vive la dictadura de Primo de Rivera y asiste a la proclamación de la Segunda República Española.
Ella, a nivel intelectual, reivindica en sus artículos de prensa el papel de la mujer en la sociedad española, apelando a un feminismo conservador de base católica. Y es que Margarita tenía meridianamente claro que estaba en contra de ese feminismo que era interpretado «como masculinización de la mujer, relajación del hogar y revolución». Es decir, feminista, sí, pero si pasarse. Y ojo con buscar una igualdad desde el ateísmo: «Empieza por quitar la fe y, una mujer sin fe y sin sentimiento, ¿cómo queréis que tenga feminidad?», escribía. Ya ni hablemos del sufragio femenino, del que estaba totalmente en contra. De hecho, rechazaba frontalmente las «innecesarias teatralerías y estridencias de las sufragistas». Un feminismo curioso, cuando menos, pero aun así necesario para los años en los que ella se movía.
Andrea Momoitio, autora de 'Farsante. Una historia queer en la Falange'. (Pello Maudo)Margarita se encuentra en su salsa cuando estalla la guerra civil. Fervorosa seguidora de Franco, al igual que su padre —que izaba una bandera en su finca cada vez que el futuro dictador ganaba un territorio—, se afilió a la Falange y con el tiempo se convirtió en la responsable de la sección femenina de la Central Nacional-Sindicalista (CNS) —el sindicato de la Falange— de Málaga. También se codeó con Pilar Primo de Rivera, que incluso llegó a reclamarla durante una temporada en Salamanca, lugar en el que vivía la hermanísima.
Este cuento de hadas fascista se torció en el momento en que decidió volver a su tierra natal para ejecutar su plan maestro de cambio de género en el Registro Civil. La realidad es que se iba a registrar por primera vez porque a sus padres se les había olvidado hacerlo cuando nació. Este vacío burocrático abrió la puerta a que, ya que iba a figurar por primera vez en los registros, intentara hacerlo a su antojo. Pero no tardó en ser pillada.
Los motivos que se alegaron en el juicio fueron muchos. La defensa se preparó diferentes apelaciones para intentar exculparla. Incluso hubo un reconocimiento médico que la diagnosticó como intersexual. «Nosotros la clasificamos en el grupo de los pseudohermafroditas o intersexuales de Marañón: los que teniendo un sexo determinado externamente, el resto de los caracteres corresponden al contrario», señalaron los expertos. También la trataron de lesbiana: «Que no sea conducida como un criminal. Es una persona culta, que bastante desgracia tiene con la naturaleza homosexual que Dios le ha dado y que es el origen de todas sus preocupaciones y sufrimientos», pedía su abogado en un escrito. También se alegaron otros motivos prácticos, como el de querer inscribirse como hombre para poder marchar a Alemania y luchar en el frente. Nada de eso sirvió y dio con los huesos en la cárcel. Primero en la de Ventas, que había sido ideada por su compañera de la Residencia de Señoritas Victoria Kent —quién se lo iba a decir a ellas años atrás—, y después en Tenerife. El final de su historia lo reservamos para aquellos que decidan adentrase en esta biografía tejida con mimo y respeto, aunque su protagonista se encuentre en las antípodas morales y políticas de la autora.
Desde luego, Margarita Beese es un personaje bastante complejo y contradictorio, tanto en lo que respecta a sus ideales como a su comportamiento. ¿Su intento de cambio registral fue una estrategia para poder ir a la guerra o una oportunidad para vivir en consonancia a su género sentido? ¿Era lesbiana, trans o intersex? ¿Hubiera preferido que nos hubiéramos referido a ella como Juan Carlos o como Margarita? Resulta difícil, como muy acertadamente apunta Momoitio al final de la obra, hacer una lectura en clave identitaria de algo que ocurrió en un tiempo en el que el marco social con respecto a la diversidad era tan distinto al de la actualidad. Lo que está claro es que en esta historia hay muchas preguntas y pocas respuestas, aunque eso no impide disfrutar del relato y cerrar la tapa del libro con la sensación de haber podido conocer un poco más a este escurridizo personaje. Así que, si me permiten el consejo, disfruten el viaje y admiren la capacidad de esta farsante para seguir despertando interrogantes tantas décadas después. Y también la de su autora, que ha conseguido desenmarañar, hasta donde ha podido, la madeja identitaria de Margarita, la falangista más díscola del régimen.
Reportar un error