«Gracias al muy respetado Mohamed VI, rey de Marruecos. ¡Qué gran honor! Espero recorrer algún día toda esta gran carretera, ojalá pronto», escribió Trump. El mensaje fue fijado en la parte superior de su cuenta, como suele hacer el presidente con los anuncios a los que quiere dar una relevancia especial.
Trump ha mostrado una particular inclinación por los proyectos, aeropuertos, monumentos y edificios que llevan su nombre. Ya el año pasado propusieron bautizar con su nombre un corredor estratégico de 43 kilómetros en Armenia, concebido para conectar Azerbaiyán con el enclave de Najicheván y reducir la influencia rusa e iraní en el Cáucaso. El presidente norteamericano apenas podía ocultar el regocijo de ver su apellido también en ese enclave asiático. Pero, en este caso, la ubicación de la carretera de Marruecos convierte el gesto en algo más que un ejercicio de adulación.
El trazado no termina en una ciudad cualquiera. Conecta el territorio marroquí reconocido internacionalmente con El Aaiún y Dajla, dos de los principales centros urbanos del Sáhara Occidental. Tampoco se trata de una infraestructura nueva: es el resultado del desdoblamiento y ampliación de la carretera nacional que recorre el litoral, un proyecto iniciado en 2015 y valorado en 900 millones de euros. Las obras están prácticamente concluidas y el eje se encuentra en fase de puesta completa en servicio.
El nombre de Trump queda así inscrito sobre el terreno cuya incorporación a Marruecos él mismo reconoció durante los últimos días de su primer mandato. En diciembre de 2020, final de su primer mandato, Trump rompió con décadas de política estadounidense y reconoció la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental. La decisión formó parte del acuerdo por el que Marruecos normalizó sus relaciones con Israel. Washington pasó de considerar el plan de autonomía marroquí como una posible solución a presentarlo como la única base realista para resolver el conflicto.
La proclamación incluía también la promesa de abrir un consulado estadounidense en Dajla. El consulado nunca llegó a materializarse. La Administración Biden no revocó la decisión, pero tampoco la desarrolló plenamente. Mantuvo los mapas estadounidenses que integraban el Sáhara en Marruecos y evitó al mismo tiempo dar los pasos políticos y económicos que Rabat esperaba. El regreso de Trump a la Casa Blanca cambió de nuevo la dinámica. Para la monarquía alauí, la carretera ofrece una oportunidad de convertir aquel reconocimiento diplomático en un símbolo visible, una realidad literal sobre el terreno.
El Sáhara Occidental en una encrucijada
Naciones Unidas mantiene el Sáhara Occidental en su lista de territorios no autónomos desde 1963. La misión de la ONU creada en 1991 conserva incluso en su nombre la referencia al referéndum que debía permitir a los saharauis elegir entre la independencia y la integración en Marruecos. Rabat controla actualmente la mayor parte del territorio, mientras el Frente Polisario, respaldado por Argelia, mantiene su reivindicación de independencia. En España, hasta que Pedro Sánchez se acercó a Marruecos en 2022, PP y PSOE habían mantenido una posición similar: apoyo al proceso de la ONU, sin reconocer la soberanía marroquí sobre el Sáhara.
Marruecos ha trabajado durante meses para ocupar un lugar preferente en la política exterior del segundo mandato de Trump. En enero, Mohamed VI aceptó incorporarse como miembro fundador de la Junta de Paz creada por el presidente estadounidense. Ese país y Baréin fueron los primeros Estados que firmaron en Davos la carta fundacional del organismo, concebido inicialmente para respaldar el plan para Gaza, pero al que Trump pretende atribuir competencias más amplias en otros conflictos. Ya antes se sumó a los Acuerdos de Abraham para reconocer a Israel, junto a Emiratos, el mismo Baréin y Sudán.
En abril, la Administración estadounidense utilizó la feria tecnológica GITEX Africa, celebrada en Marrakech, para presentar a Marruecos como puerta de entrada digital al continente. Empresas estadounidenses de informática, inteligencia artificial, centros de datos y ciberseguridad han aumentado su presencia. Rabat ofrece estabilidad, acceso a África, un tratado de libre comercio con Estados Unidos y una posición estratégica entre el Atlántico y el Mediterráneo.
Tensiones con España
Mientras Trump agradecía a Mohamed VI la carretera con su nombre, su relación con España atraviesa su momento más delicado. Durante la reciente cumbre de la OTAN en Ankara, Trump calificó a España de «socio terrible» y ordenó a su secretario del Tesoro preparar la suspensión del comercio bilateral. El presidente reprocha a Sánchez su resistencia a elevar el gasto militar hasta el cinco por ciento del producto interior bruto y su negativa a facilitar el uso de bases y espacio aéreo españoles durante la guerra con Irán.
La campaña se extiende ahora al terreno deportivo. Marruecos, España y Portugal organizarán conjuntamente el Mundial de fútbol de 2030. La candidatura fue aprobada por aclamación por las 211 federaciones nacionales de la FIFA en diciembre de 2024. Los tres países acogerán 101 partidos, mientras Uruguay, Argentina y Paraguay celebrarán un encuentro cada uno por el centenario del torneo.
España parte con el Santiago Bernabéu de Madrid y el Camp Nou de Barcelona. Marruecos construye cerca de Casablanca el estadio Hassan II, con capacidad prevista para 115.000 espectadores. Las autoridades marroquíes esperan tenerlo terminado en diciembre de 2027. El proyecto fue diseñado desde el principio para competir por el partido decisivo. En Marruecos, la final es una cuestión de Estado. Las obras avanzan las 24 horas, con miles de trabajadores y una estructura política centralizada bajo la dirección de la federación marroquí y del equipo del rey. La candidatura no se apoya únicamente en la capacidad del estadio, sino en toda una operación diplomática desplegada ante África, Asia, los países árabes y la dirección de la FIFA.
Informaciones publicadas en España por The 'Objective', entre otros, aseguran que Rabat afirma disponer ya de 22 de los 37 votos del Consejo de la FIFA. Según esas versiones, Marruecos contaría con los representantes de África, Asia, Norteamérica y Oceanía, además de los apoyos de Catar y Arabia Saudí. También habría utilizado su relación con la Administración Trump para consolidar parte de ese bloque. La FIFA no ha confirmado aún ese recuento ni ha anunciado dónde se disputará la final. El Consejo está compuesto efectivamente por 37 miembros, incluido su presidente, Gianni Infantino, pero cualquier cifra sobre votos comprometidos debe considerarse por ahora parte de la batalla de influencia.
El presidente de la Federación Española, Rafael Louzán, ha defendido que la final debe celebrarse en España porque el proyecto nació como una candidatura ibérica a la que Marruecos se incorporó después. Pero el argumento histórico compite con una campaña marroquí más disciplinada, respaldada por un estadio de mayor capacidad y por una red de apoyos africanos y árabes.
Trump no decide la sede del Mundial de 2030. EE UU tampoco dispone por sí solo de los votos necesarios. Su influencia, sin embargo, puede resultar decisiva para Marruecos. La relación del presidente Trump con Infantino ha sido especialmente estrecha durante el Mundial de 2026, y Rabat sabe que el acceso a la Casa Blanca, carretera incluida, ofrece visibilidad en una organización donde la política, los negocios y el deporte se encuentran constantemente.
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