Pequeñas infamias
Me perdoné Regala esta noticia 30/04/2026 a las 15:15h.Una amiga que me conoce bien me mandó el otro día una canción interpretada por Valerie Luh que se llama como este artículo: Me perdoné. « ... Toma –me dijo–, esta eres tú». Vaya por Dios, y yo pensaba que no se me notaba tanto. Me refiero al hecho de que soy la peor tirana, la esclavista más implacable de mí misma y no me perdono ni media. De hecho, no paro de echarme broncazos. («¡Pero cómo se te ocurre, eres un perfecto desastre, todo lo haces mal! ¿¿Otra vez metiendo la pata??»).
Conste que no reniego del todo de este método. Pienso que ser exigente con uno mismo tiene sus ventajas. Se alcanzan bastantes metas dejando a un lado la complacencia, y tampoco puedo decir que me haya ido demasiado mal con la autoexigencia. Pero se acabó, dentro de unos meses cumpliré setenta y tres añazos y he decidido perdonarme. Aunque, para serles del todo sincera, no se me había ocurrido semejante posibilidad hasta que oí esta canción.
«Me castigué por no ser suficiente, por cada vez que no supe querer bien». Esa soy yo. ¿Les pasa a ustedes algo similar?
Ya saben cómo sobrevienen en la vida esta clase de epifanías. De pronto se mira una en determinado espejo y se reconoce en él, y eso es lo que me ha pasado a mí con la letra de esta canción. Como, por ejemplo, cuando dice: «Me pedí tanto que nunca me di, me juzgué duro por cada tropezar. Olvidé que estaba aprendiendo y que caerse también es parte de estar». También esta otra estrofa parece escrita para mí: «Me castigué por no ser suficiente, por cada vez que no supe querer bien». Esa soy yo. ¿Les pasa a ustedes algo similar? ¿Por qué nos cuesta tanto perdonarnos? ¿Será por eso que muchos señalan el sentido de culpa que nos inculca la religión? ¿O será por un simple complejo de inferioridad?
Curiosamente y en contraposición, el mundo está cada vez más lleno de personas que están encantadas de haberse conocido y que se creen la divina pomada. Gentes para las que la culpa de todo lo que les pasa la tienen siempre otros: sus padres, por ejemplo, que no las comprendían, o esa profe tan borde que castigaba injustamente, o aquel amor traidor que las plantó como una lechuga… En el fondo me dan bastante envidia las personas que siempre encuentran coartada para sus fracasos. Seguro que duermen mejor que yo, que me paso toda la noche sacándome faltas.
Pero cada pecado tiene su penitencia. Los que creen que otros tienen la culpa de sus fracasos nunca solucionan sus problemas, mientras que los que pensamos que la culpa es nuestra vivimos fustigándonos. ¿Dónde estará el punto medio? Vuelvo a consultar la letra de la canción de Valerie Luh en busca de una pista y encuentro esta estrofa: «Pero hoy por fin desperté sin ese peso. Hoy me hablé con algo de amor». Supongo que el secreto está en eso, en quererse. Pero en quererse bien. Perdonándose, sí, pero sin perder el sentido crítico. No parece fácil porque uno es mal juez de sí mismo.
Mi problema, además, y como les he contado más de una vez, es que soy de una haraganería cósmica, contumaz, estratosférica. De hecho, esa es la razón por la que he acabado convirtiéndome en la peor negrera de mí misma. Si por mí fuera, no haría otra cosa que estar tumbada, a ser posible bajo un cocotero, con un copazo y un buen libro. Lindo panorama, la reina del dolce far niente, la más inoperante e indolente. Siendo así, ¿qué pasará si bajo la guardia? Me da vértigo, pero voy a darle un voto de confianza a la canción de Valerie Luh. A veces en la vida no hay más remedio que jugársela a prueba-error. Ya les contaré cómo me va con este nuevo método y si consigo alcanzar un equilibrio aceptable entre autoexigencia y autoindulgencia. De momento, he encontrado otra estrofa de la canción que me anima a intentarlo, y es esta: «Soltar es volver a respirar, y solo por eso, me perdoné».
Noticias relacionadas
Pequeñas infamias