Ravensbrück fue el principal campo de concentración nazi para mujeres, situado a 90 km de Berlín y operativo entre mayo de 1939 y abril de 1945. Durante este periodo, se registró el ingreso de aproximadamente 130.000 mujeres de 40 naciones, de las cuales el grupo mayoritario estaba compuesto por presas políticas y miembros de la resistencia europea. A partir de 1945, instalaron una cámara de gas. Las cifras de mortalidad se sitúan entre las 30.000 y las 90.000 víctimas, la mayoría polacas, seguidas de soviéticas, alemanas y francesas, además de un registro de cerca de 200 españolas.
Reuniéndolas bajo el verso de Horacio «Non omnis moriar» («No todo lo mío morirá»), Mercedes Monmany reconstruye la historia de diez mujeres que coincidieron en Ravensbrück: Germaine Tillion, etnóloga y líder de la resistencia francesa; Margarete Buber-Neumann, periodista que testificó el horror tanto del Gulag como de 'Ravensbrück'; Milena Jesenská, intelectual checa y traductora de Kafka; Charlotte Delbo, escritora que poetizó el trauma de la deportación; Geneviève de Gaulle, resistente y activista; María Skobtsova, monja ortodoxa que se sacrificó en la cámara de gas; Irène Némirovsky, novelista asesinada en 'Auschwitz' y autora de 'Suite francesa'; Etty Hillesum, mística judía que documentó su proceso espiritual en los campos; Elisabeth de Miribel, figura clave en la comunicación de la Francia Libre, y Elisabeth de La Panouse, aristócrata fallecida en cautiverio tras su compromiso con la resistencia activa.
Si en su libro 'Por las fronteras de Europa' Mercedes Monmany —colaboradora de ABC— hizo un repaso exhaustivo de la literatura europea de los siglos XX y XXI; en 'Ya sabes que volveré' trazó la memoria de las escritoras que murieron en 'Auschwitz' y 'Sin tiempo para el adiós' habló de la errancia y el exilio de miles de intelectuales europeos, en 'Algo quedará de mí' (Galaxia Gutenberg), su cuarto ensayo dedicado a los desgarros de Europa, articula un relato sobre la solidaridad y el deber del testimonio. El ensayo analiza cómo estas figuras —desde intelectuales y aristócratas hasta religiosas y periodistas— antepusieron la dignidad humana al horror del nazismo y el estalinismo. El libro funciona como un retrato de grupo que otorga voz a las mujeres de la resistencia europea.
—Diez mujeres cuyas historias se cruzan y cuyo calvario usted recupera. ¿Con qué intención específica?
—Cuando escogí a tres mujeres escritoras en 'Auschwitz', fue para simbolizar la enormidad del Holocausto. ¿Cómo puedes condensar seis millones de víctimas? Lo más cercano para mí era —ya que me dedico a la literatura— escoger a tres escritoras. Ahora he elegido a estas diez mujeres que debían de ser recuperadas.
—¿En qué sentido exacto? ¿A qué tipo de recuperación se refiere?
—André Malraux, que fue ministro de Cultura, hizo ese gran discurso lleno de retórica épica sobre la comunidad de resistentes. Habla del «Ejército de las Sombras» (L'Armée des ombres). Pues bien, yo diría que hay un segundo «Ejército de las Sombras»: las mujeres. En todas las fotos de De Gaulle entrando por los Campos Elíseos con el mando de la liberación, simbólicamente es la victoria sobre la Alemania nazi, no hay ni una sola mujer. Cuando De Gaulle crea en 1940 la distinción de «Compañeros de la Liberación», la cifra es: 1.038 hombres, 6 mujeres. Y todos sabemos que había miles de mujeres en esas redes. Se calcula que en el año 44 había 100.000 resistentes en Francia. Germaine Tillion, que tenía carácter de líder, afirmaba: «Éramos más de lo que se dice».
—Usted señala que las hubo en todos los ámbitos de la vida
—Maquis en las montañas, la señora de la granja que albergaba a un piloto inglés y terminaba fusilada, personas que daban cobijo... Si ayudabas a un piloto perdido tras Dunkerque, fusilaban a la familia o los deportaban. Las deportaciones tenían una mortalidad del 70%. Por eso, cuando Malraux entra con las cenizas de Jean Moulin en el Panteón en el 64, con el 'Canto de los Partisanos' de fondo, dice: «Aquí entras con los que, como tú, murieron en las mazmorras sin haber hablado e incluso —esto es muy fuerte— quizá habiendo hablado». No se conmemoraba solo a los héroes incólumes, sino también a los que sufrieron.
—Dice que en estas diez mujeres prevalece la solidaridad, incluso entre quienes caían cautivas sin ni siquiera ser militantes o conscientes de ser de una causa
—Es esa sensación de fatalismo, por un lado, pero con una concepción grupal solidaria. Al final todas terminan en el mismo campo de concentración. El tema de los discursos era fundamental porque ofrecían ánimo y emotividad. Malraux dice: «Con las 8.000 francesas que no volvieron, con la última mujer muerta en Ravensbrück por haber dado asilo a uno de los nuestros».
—Resalta e insiste en una idea clara y común de resistencia.
—Al comienzo del libro está Germaine Tillion. Ella era una joven etnóloga que había trabajado años aislada en África; quizás eso le sirvió de entrenamiento. Llega a Francia en el momento de la capitulación de Pétain. Al oír el discurso del 17 de junio por la radio, ella cuenta que se pone a vomitar. Sintió ese «vómito de la patria»: la vergüenza de que un militar depusiera las armas ante el invasor. Eso lo sintieron muchos, pero el miedo paralizaba. Como dice Sartre: fueron unos pocos valientes los que se enfrentaron a esa maquinaria nazi. Luego llega Jean Moulin y aúna a todos: comunistas, católicos, liberales..., gente que encontraba intolerable dejar las puertas abiertas al Tercer Reich.
—Escribe que las que sobrevivieron a Ravensbrück se convirtieron en «resucitadas». Para ellas contar lo ocurrido se convirtió su mayor obligación.
—Las sobrevivientes tienen el deber y la responsabilidad de dar testimonio por las que murieron. Es emocionante recordar que, cuando llevaban a las presas en camiones hacia las cámaras de gas, todas gritaban: «¡Por favor, no te olvides, cuéntalo!». Era una misión. Tillion escribe 'Ravensbrück', una radiografía antropológica del campo. A diferencia de Primo Levi, que es más literato, ella hace descripciones clínicas del funcionamiento microscópico del campo.
—Menciona también a Margaret Buber-Neumann. La describe como 'La Testigo'.
—Ella es una cumbre a la altura de Hannah Arendt. Testimonia haber sobrevivido a los campos soviéticos y a los nazis. Ella afirma que ambos sistemas son iguales en su objetivo de destrucción del ser humano.
—Su testimonio entonces resultaba inadmisible, porque Stalin era el vencedor de Hitler. Fue vilipendiada. Incluso un mecenas sueco le retiró la pensión y la vivienda al leer lo que escribía. Fue un momento de ruptura, incluso entre las que habían estado unidas en los campos; las diferencias ideológicas empezaron a surgir.
—¿Tenía ya ubicadas las historias de estas mujeres de sus anteriores investigaciones? ¿Las reservó para contarlas ahora?
—Conocía la trilogía de Charlotte Delbo, que es equiparable a la de Levi, pero desde la voz de la mujer. Ella es poeta y autora teatral; retrata el regreso y la inadaptación. Decía que se convierten en observadoras amargas del género humano. Tillion advertía: «No os olvidéis que el mal está ahí». En épocas de paz el mal está oculto, pero cuando se legitima, se añade mucha más gente de la que pensamos. La delación puede ser por motivos absurdos, pero hay un ambiente que la favorece. Lo hemos visto aquí con el País Vasco: el silencio, el mirar hacia otro lado..., sociedades anormales. El testimonio siempre es una advertencia.
—En el libro también habla de Milena Jesenská, la describe como amiga de Kafka.
—Era una periodista valiente y dura que ya en los años 30 denunciaba el racismo; se implicó en la resistencia checa salvando judíos. O la monja ortodoxa (María Skobtsova), una aristócrata rusa exiliada en Francia que termina ayudando a todos y muere en un campo tras ponerse en el lugar de otra presa judía.
—Europa se construyó sobre esos totalitarismos. Hoy, con la Rusia de Putin, ¿qué diferencias halla en la disposición moral actual frente a la de aquellos años?
—Los monstruos hoy son reconocibles: Putin es un tirano. Pero estamos en una posición similar a cuando Hitler crecía y nadie reaccionaba hasta la invasión de Polonia. El debate actual es: Europa tiene que armarse, pero quién está dispuesto a hacerlo. Es un ejercicio de memoria inevitable.
—A través del ensayo, se adentra cada vez más en la intimidad de los personajes. ¿Por qué insiste en buscar la voz individual en la foto de conjunto?
—He sido educada literariamente de una manera. Me interesan los ensayistas con estilo seductor, como Claudio Magris o Roberto Calasso. Sigo la frase de Primo Levi: «Mi voz es la de uno, pero querría que representara a otras muchas voces anteriores». Me interesa poner en funcionamiento común a grupos humanos distintos. Por ejemplo, esa aristócrata de 25 años que pudo vivir tranquila en el Distrito XVI de París y terminó muriendo de tifus en Ravensbrück tras ser torturada. Ese impulso de decir «esto es inaceptable» hasta sacrificar la vida es lo que me fascina. Es una advertencia que sigue vigente, desde Irán hasta Venezuela.
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