El belga se impone en la duodécima etapa después de que Lidl-Trek y Quinn Simmons dinamitaran el pelotón en los últimos kilómetros. Pogacar conserva sin sobresaltos el maillot amarillo
Merlier sobrevive a la emboscada y gobierna el caos: dura caída de Gaviria en un peligroso finalMerlier no perdona: doblete en 'territorio Indurain'- NACHO LABARGA Chalon-sur-Saône
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El Tour salió de un circuito de velocidad y terminó convertido en una carrera de eliminación. Durante buena parte de los 179 kilómetros entre Magny-Cours y Chalon-sur-Saône, la duodécima etapa pareció avanzar por el camino previsto hacia otra resolución al esprint. Sin embargo, Lidl-Trek decidió agitar el tablero, Quinn Simmons encendió la mecha y el pelotón llegó a la recta definitiva desordenado, fatigado y con muchos de los trenes rotos. En medio del caos apareció Tim Merlier, el hombre que mejor sabe orientarse cuando alrededor apenas queda orden, para imponer su potencia y levantar los brazos.
La jornada había comenzado en uno de los templos franceses del automovilismo. El pelotón abandonó el circuito de Nevers Magny-Cours con la promesa de una etapa rápida y una última oportunidad para los velocistas antes de que la montaña volviera a reclamar el protagonismo. La carretera, sin embargo, tardó en aceptar el guion. Desde el banderazo de salida se sucedieron los ataques, los cortes y los intentos de formar una escapada con opciones.
Nadie quería regalar metros. Los equipos de los hombres rápidos vigilaban cualquier movimiento peligroso, conscientes de que la Cota de Montagny-lès-Buxy, situada a apenas una veintena de kilómetros de la llegada, podía convertirse en una puerta abierta para los corredores más explosivos. Entre tantos acelerones, Baptiste Veistroffer fue uno de los ciclistas que más insistió. El francés logró abrir camino en solitario y durante varios tramos ejerció como cabeza visible de una fuga que nunca encontró demasiada estabilidad.
Por detrás, Soudal y Alpecin asumieron buena parte del control. La diferencia se mantuvo siempre dentro de unos márgenes manejables, mientras el viento elevaba la tensión entre los favoritos de la general. Nadie quería quedar mal colocado ante la posibilidad de que aparecieran los abanicos. El ritmo alto y la vigilancia constante impidieron que la carrera entrara realmente en una fase de calma.
La lluvia añadió después otro ingrediente a la jornada. A unos 80 kilómetros de la meta, una fuerte tromba de agua cayó sobre el pelotón después de varios días marcados por las temperaturas extremas. El asfalto se volvió más delicado y la concentración pasó a ser todavía más importante. La escapada, ya reducida, fue perdiendo integrantes hasta quedar condenada por el trabajo de los equipos interesados en el esprint.
Jonas Vingegaard también tuvo su pequeño momento de inquietud. El danés sufrió un problema mecánico y tuvo que detenerse para cambiar de bicicleta. La intervención de sus compañeros fue inmediata. Campenaerts lo acompañó en la persecución y el líder del Visma regresó al grupo sin consecuencias relevantes. No hubo batalla entre los aspirantes al amarillo, que reservaron fuerzas ante las jornadas decisivas que esperan más adelante.
Todo parecía encaminarse hacia una captura rutinaria y un lanzamiento convencional hasta que Lidl-Trek decidió rebelarse contra la lógica. A 35 kilómetros de la llegada, Quinn Simmons atacó con violencia. El estadounidense no buscaba únicamente una aventura individual. Su movimiento formaba parte de una ofensiva más amplia de su equipo, dispuesto a endurecer la carrera para eliminar velocistas y favorecer los intereses de Mads Pedersen en la pelea por los puntos.
El ataque hizo daño. La etapa, que hasta entonces había vivido bajo un control relativo, se rompió por completo. En la cabeza se reunieron corredores de enorme calidad como Filippo Ganna, Mathias Vacek, Mauro Schmid o Davide Ballerini. La ventaja rondó los 20 segundos, suficiente para obligar a los equipos de los velocistas a gastar antes de tiempo y provocar que muchos de sus lanzadores desaparecieran de las primeras posiciones.
Lidl-Trek continuó golpeando. Simmons volvió a moverse en la última cota y Pedersen encontró el terreno ideal para castigar a sus rivales. El objetivo era claro: evitar un esprint limpio o, al menos, conseguir que los hombres más rápidos llegaran sin compañeros y con las piernas endurecidas. Durante unos kilómetros, la emboscada pareció tener opciones reales de éxito.
El pelotón, sin embargo, consiguió cerrar la herida. La colaboración de los equipos interesados en la llegada masiva fue apagando los movimientos, aunque el esfuerzo dejó una consecuencia evidente: a cinco kilómetros de meta apenas quedaban trenes completos. Los corredores buscaban una rueda útil, cambiaban de posición constantemente y trataban de sobrevivir a un final en el que la organización habitual había desaparecido.
Ese territorio pertenece a Merlier.
El belga no necesitó una formación perfecta ni una recta final perfectamente dibujada. Esperó su instante, encontró el espacio y descargó toda su potencia cuando la meta ya estaba encima. Después de una etapa nerviosa, pasada por agua y sacudida por los ataques, Merlier fue el más rápido en Chalon-sur-Saône y convirtió el desorden en una nueva victoria.
Lidl-Trek no consiguió evitar el esprint, pero sí transformó una jornada aparentemente sencilla en una batalla frenética. Simmons puso el espectáculo, Pedersen defendió sus intereses y los equipos de los velocistas tuvieron que trabajar hasta el último metro. La recompensa mayor, sin embargo, terminó en manos del belga.
Por detrás, Tadej Pogacar completó el día sin sobresaltos y mantuvo intacto el maillot amarillo. Los favoritos superaron la última tregua antes de que el Tour vuelva a mirar hacia las montañas. Allí ya no habrá espacio para esconderse detrás de los trenes de los velocistas. En Chalon-sur-Saône, mientras tanto, Merlier volvió a demostrar que, cuando el pelotón pierde el orden, pocos encuentran la meta mejor que él.
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