Fotograma de 'Michael'. Foto: Universal.
Cine 'Michael', un sentido tributo al genio... que se olvida de la parte oscuraEl 'biopic' del rey del pop recuerda por qué Jackson es uno de los artistas más importantes de la historia, pero deja fuera una dimensión clave para entender la fractura del personaje.
Más información: Llega el polémico biopic de Michael Jackson: ¿será el blanqueamiento de un mito incómodo?
Juan Sardá Publicada 22 abril 2026 01:55hDespués de varios aplazamientos en la fecha de estreno, de que tuvieran que volver a rodar toda una parte y de todas las polémicas que siempre rodean a Michael Jackson, por fin llega Michael. El morbo estaba servido. Cabe avanzar la respuesta a la pregunta que todo el mundo se hace: la película no menciona en ningún momento las acusaciones de abuso sexual contra Jackson.
Michael no cuenta toda la historia y al final se confirma con un “su historia continúa” que habrá segunda parte, en la que previsiblemente tendrá que aparecer la (supuesta) pederastia del artista. La realidad es que fue declarado inocente por la justicia en dos ocasiones y que, por desgracia, lo más probable es que nunca sepamos la verdad. Pero esa omisión no es neutra: condiciona el alcance del relato y lo sitúa claramente del lado de la celebración.
La película recorre la infancia de Jackson (interpretado por su sobrino Jaafar Jackson) en los años sesenta, cuando se convierte en una estrella infantil junto a sus hermanos en los Jackson Five, hasta el lanzamiento de Bad (1987), momento en el que logra, por fin, emanciparse del control emocional y laboral de su padre, Joseph (Colman Domingo), que lo sometía a un régimen de disciplina brutal.
La relación con ese padre tiránico, convencido a la manera americana de que en esta vida hay “ganadores y perdedores”, es el centro del filme. Joseph aparece como un auténtico monstruo doméstico, un maltratador con grandes ambiciones que cree en aquello de que la letra con sangre entra.
Resulta difícil exagerar el daño que ese entorno causó en Michael Jackson. Manipulador, chantajista, obsesionado con el éxito, su figura explica en buena medida la fragilidad posterior del artista. Famoso desde niño, aislado de una vida normal, el propio Jackson verbaliza en la película su incapacidad para relacionarse con otros niños, que no lo ven como una persona sino como una atracción. De ahí esa imagen, a la vez tierna e inquietante, de un adulto que prefiere la compañía de animales —su mono Bubbles o sus serpientes— a la de los seres humanos.
El ascenso es, como no podía ser de otra manera, meteórico. Con más de 70 millones de copias vendidas, Thriller (1983) llegó a despachar cerca de un millón semanal en su momento de mayor gloria. En un mundo más fragmentado como el actual resulta difícil imaginar un impacto cultural de esa magnitud. La película acierta al transmitir ese fenómeno de masas: los desmayos, la histeria colectiva, una reacción emocional que desborda cualquier explicación racional.
Hay muchos artistas con talento, pero Jackson poseía algo más: un magnetismo escénico difícil de explicar, una intensidad expresiva que convertía cada actuación en un acontecimiento casi físico para el espectador. Hay en él una sensación de trascendencia, algo que roza lo sublime y que explica, en parte, la dimensión casi religiosa de las reacciones que generaba. Michael captura bien esa cualidad, apoyándose en unas canciones que siguen funcionando como puro espectáculo y en una puesta en escena eficaz, aunque más académica que arriesgada por parte de Antoine Fuqua (Training Day), con un biopic de corte clásico, de montaje funcional y escaso riesgo formal.
La película es convencional en su narrativa, quizá porque una historia tan poco convencional difícilmente puede contarse de otra manera. Aun así, transmite un evidente amor por el personaje, una mirada compasiva que no ignora sus fallas y que tiene que ver con su condición de pionero y visionario.
Jaafar Jackson en 'Michael'. Foto: Universal.
Michael Jackson reinventó el videoclip moderno con Thriller en una época en la que la MTV apenas emitía artistas negros. Luchó, ganó y, en algún momento, también perdió. Quizá lo más importante: la cabeza. La película también apunta, sin profundizar del todo, a los conflictos internos del artista: su inseguridad, su relación problemática con el propio cuerpo, la dificultad de ser un creador negro de éxito masivo en una industria y un país atravesados por el racismo, y la imposibilidad de conciliar la condición de ser humano con la de icono global.
Y volvemos al principio: ¿es un problema que la película no diga una palabra sobre las acusaciones de pederastia? Desde un punto de vista narrativo, lo es. No solo por una cuestión moral o biográfica, sino porque deja fuera una dimensión clave para entender la fractura del personaje. Más allá de su veracidad, hubo un momento en que algo se quebró definitivamente en la figura pública de Michael Jackson y, lo que es peor, en él mismo. Y esa grieta forma parte inseparable de su historia.
Cabe pensar que esa segunda parte será más oscura, más incómoda y también más reveladora. De momento, Michael opta por fijar la mirada en la luz. Funciona como celebración del mito, pero al hacerlo, también lo simplifica. Aun así, basta esa luz —y lo que revela del talento irrepetible de Jackson— para recordar por qué sigue siendo una de las figuras culturales más influyentes del último siglo, aunque aquí solo veamos la mitad de su historia.
Michael.
Dirección: Antoine Fuqua.
Guion: John Logan.
Intérpretes: Jaafar Jackson, Nia Long, Laura Harrier, Juliano Krue Valdi, Miles Teller y Colman Domingo.
Año: 2026.
Estreno: 22 de abril.