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Microrrelatos SUR VI Premio Pablo Aranda: textos del 19 de julio

Microrrelatos SUR VI Premio Pablo Aranda: textos del 19 de julio
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Envía tus microrrelatos a microrrelatos@diariosur.es. No existe límite de edad ni ninguna temática obligatoria, sólo hay que cumplir un requisito: no superar las 100 palabras
Microrrelatos SUR VI Premio Pablo Aranda: textos del 19 de julio

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  1. Un trabajo impecable

Se levantó temprano, con las primeras luces del alba, con la firme intención de terminar el trabajo lo antes posible. Localizó el lugar perfecto, un ... sitio en el que podría concentrarse lejos de molestias inesperadas. Respiró hondo y se puso manos a la obra. Las siguientes horas fueron de frenético trabajo; se detenía tan solo de tanto en cuanto para comprobar que todo iba bien. Pero claro que iba bien: era la última de incontables generaciones que llevaban haciendo el mismo trabajo desde tiempos inmemoriales. Apenas había acabado cuando la escoba destrozó la telaraña y se la llevó por delante.

  1. Cambio de hora

Siempre fui de fiarme más del reloj que del sol. El reloj no improvisa: cumple y calla. Y miente. Pero no engaña. El sol, en cambio, tiene un punto caprichoso: brilla cuando le nace, desaparece entre aplausos y puede nublarse con desgana.

Por eso, cuando empezaron a oscurecerse las tardes antes de tiempo, sospeché que habías cambiado la hora sin avisarme. Y, cuando dejaste de iluminar ciertas habitaciones, entendí que la mejor manera de hacer tiempo esperándote había sido perdiéndolo.

Entendí que jamás regresarías el día en que anocheció antes de la puesta de sol. Tarde. Y una hora antes.

  1. El rosal blanco

Alicia observaba tras un rosal blanco. En el jardín, la Reina de Corazones ya no exigía cabezas; se desangraba en silencio ante el Rey. De su pecho brotaba un río carmesí que anegaba los naipes. El monarca contemplaba la devastación con una frialdad capaz de congelar el aire. No hubo gritos, juicios ni clemencia. Solo un abismo que crecía entre ambos. Alicia siguió con la mirada al Rey hasta verlo desaparecer. Al volver la mirada al jardín, el rosal blanco era rojo.

  1. Apariencia

—Ave María Purísima…

El interlocutor responde con un heterodoxo «Ave».

—Quisiera confesar que he asesinado a mi mujer, pero consta solo como desaparecida. ¿Dios me perdonará esto también?

El mismo interlocutor, vestido de civil, sintetiza que sí, que si solo perdonase naderías no tendría sentido su concepto.

—Cuando los demás se apartan, Dios resiste. Reza ciento doce padrenuestros, declama 71 salmos y añade un gorigori —condensa.

Remata la conversación con un 'ego te absolvo', acompañado de una apoyatura mímica.

En la distancia, dos psiquiatras observan a la pareja de reclusos que, como cada día, juegan a curas en el patio.

  1. Reoxigenación

Había alcanzado el vértice: cansado, deprimido...

Percibió un estallido silencioso de soledad resonando en su vasto despacho de hombre-cúspide, alfombrado con las carótidas pisoteadas en su itinerario hacia la cima empresarial. Podía llamar a dos, a seiscientos subordinados; podía solicitar lo uno y lo contrario, pero la sensación de pequeñez continuaba.

Llevaba quince minutos en la cima del Everest, degustando el planeta. El guía lo apremió para el descenso y le conminó a que no se volviera a desconectar del oxígeno: provoca alucinaciones, reforzó. El CEO de aquella multinacional obedeció. Con el suministro recuperado desapareció aquella repugnante sensación de insignificancia.

  1. Jueves aciago

La campesina miraba con embeleso a su pequeño dormido en un canasto. Cada jueves recorría los duros kilómetros desde su pueblo natal hasta el castillo. Instalaba su diminuto puesto junto a otros mercaderes en el patio empedrado de la magnífica fortaleza donde el duque les brindaba su protección. El vocerío cesó cuando en la Torre del Homenaje apareció el señor del castillo. Anunció a todos la súbita muerte de su recién nacido y el agudo dolor del que se sentía presa su dama. Dijo que haría lo necesario para aliviarlo. Entonces mandó subir el puente levadizo.

  1. Sueño imposible

Esas alas de papel servían para volar y, sin embargo, los componentes de los equipos de estudio, diseño, proceso, I+D, ingeniería, marketing, costes, nuevas tecnologías, etc., seguían empeñados en buscar materiales más aparentes, más vistosos, más caros.

Qué manía de enredar, pensé, mientras saltaba desde una ventana del piso 36 y me perdía volando entre los edificios del centro tecnológico más importante del país.

Nadie quiso verme desaparecer; estaba claro que no les interesaba lo más mínimo, ni yo mismo ni las alas de papel que servían para volar, quizá porque funcionaban perfectamente y, además, porque eran demasiado baratas.

  1. La llamada de las 3:17

El teléfono suena cada madrugada a las 3:17. Siempre a la misma hora, siempre un solo timbre. Contesto y nadie habla. Tampoco cuelgo yo. Escucho ese silencio que parece contener algo a punto de decirse. Primero pensé que era una avería, luego una broma, después un error de línea. Ahora cada noche espero la llamada. A veces creo oír una respiración al otro lado, leve, como si alguien quisiera pronunciar mi nombre. No sé quién marca, pero sigo descolgando. Contesto porque confío en que sea quien ya no está.

  1. Competencia inesperada

Cuando la joven desconocida, en medio de aquella tormenta, se incorporaba en el asiento trasero para susurrar una advertencia al conductor del automóvil, se oyó, alta y clara, la voz metálica procedente del navegador: «Reduzca la velocidad, curva muy peligrosa».

  1. Compasión

Se había convertido en rutina. Aún recuerdo la primera vez. Para no aburrirme, lo llevé al límite. Subidón de adrenalina. Corrí a rescatarla. Dije que era su pareja. El cartero me la entregó sin titubeos. Antes las escribía a mano, pero ya no; nunca sabes cuándo harán la entrega. Los correos electrónicos no admiten rescates de última hora. Los escribo y los borro. No me gusta que sufran. Cumplo con mi trabajo y ni se enteran. Excepto esta vez. ¡Maldito Parkinson! Pulsé, sin querer, «Enviar». No pude apretar el gatillo. Me rompió el corazón ver el terror en sus pupilas.

  1. Luz de pasillo

Cada noche recorro la casa apagando lo que quedó encendido, pero dejo siempre la luz del pasillo. Esa era la que disipaba sus sombras y sus miedos inquietantes. A veces me detengo frente a su puerta entreabierta, como si aún pudiera oír su respiración tranquila, aquella que me avisaba de que, por fin, ya se había dormido. La luz del pasillo, esa sí, se atreve a entrar. No lo confieso, pero es verdad: la dejo encendida por mí, para no olvidar cómo era cuidar de quien ya dejó de recordarme.

  1. Justicia divina

El día del Juicio Final llegó. El cielo se volvió sangre, la tierra se abrió bajo nuestros pies y uno a uno fuimos arrastrados para rendir cuentas por nuestras obras.

Cuando llegó mi turno, fui sentenciado al fuego eterno. Entre los gritos desgarrados de los condenados, sonreí...

Siempre quise saber lo que sintió mi madre la noche que incendié la casa.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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