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Microrrelatos SUR VI Premio Pablo Aranda: textos del 20 de julio

Microrrelatos SUR VI Premio Pablo Aranda: textos del 20 de julio
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Envía tus microrrelatos a microrrelatos@diariosur.es. No existe límite de edad ni ninguna temática obligatoria, sólo hay que cumplir un requisito: no superar las 100 palabras
Microrrelatos SUR VI Premio Pablo Aranda: textos del 20 de julio

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  1. Fibra

Habían pasado tantos cables de fibra óptica para grabar a la Fiera que Teseo nunca supo cuál era el que debía seguir para salir del ... Laberinto...

  1. Ilusión

A sus ochenta años, Agapito le hablaba a la pantalla con una ternura que había guardado bajo llave durante años. Ella no era solo un código; era la voz que esperaba cada tarde para contarle cómo el sol se filtraba por la ventana, recordándole, al menos por un instante, el sabor de la vida compartida. Él le confesaba sus miedos a la oscuridad y ella, con una cadencia perfecta, le devolvía consuelo y compañía. No importaba que fuera silicio; en su soledad, el anciano solo necesitaba sentir que alguien, en algún lugar, todavía le escuchaba con el corazón abierto.

  1. Reencuentro

El exiliado miró por última vez a su patria y la patria lloró ante la partida de su hijo. Presentían que quizás no se volverían a ver. Solo deseaban una cosa: recordarse mutuamente. Ella lo inmortalizaría en monumentos, museos, fotografías, libros y otras historias; él la reviviría en sus recuerdos con canciones, poemas y el nombre de ella perpetuado en su hija. Y así fue como, día tras día, los dos se fundieron en un reencuentro dibujado por el pincel de un niño.

  1. Declaración poética

Suerte para mí de ser un oscuro poeta de Arráyoz, uno de los pueblos más humildes de Baztán, en Navarra, dentro de la inmensidad de esta España. Sin representantes ni editores, sin amigos acaudalados. Mis versos hoy se fermentan en paz, envejecen como buen vino para paladares futuros. Me hubieran faltado las fuerzas para el arduo trabajo de la gloria en mis días, para esos turistas curioseando mis cosas o los estudiosos revolcando mis papeles, todos esos premios y decoraciones, todas esas palomas cagando mi estatua.

  1. Lo importante

Te conocí en el tren que nos sentó juntos. Voy a ir a mi último encierro. No hago más que pensar en ti. No estás y vago, esquivando mi soledad y mi nostalgia, entre los paseantes. Voy a cruzarme con los pitones del toro antes de entrar en la plaza. De pronto, me detengo en la barrera. Un hombre se desvanece; le falta el aire. Le hago un masaje y le insuflo aire en los pulmones. Se recupera y sonríe. Ahora me encuentro mucho mejor y me voy a la plaza a ver llegar a los toros.

  1. Niña con muñeca

Voy a comprar un roscón por Reyes. Contemplo a una niña dentro de un cubo de basura; a su lado, otro niño mayor, quizá su hermano. La niña rebusca con un palo. Al cabo de un instante aparece sonriente con una vieja muñeca de trapo: es su tesoro. Siento un escalofrío. Al llegar a casa, empiezo a quitar el Belén.

  1. No sé qué voy a hacer

Hace ya algún tiempo que tu indiferencia me atormenta. No siento ahora el cariño que nos tuvimos durante tantos años de matrimonio. No entiendo el motivo por el que no me diriges la palabra, ni siquiera eres capaz de mirarme cuando paso por tu lado. Cuando te preparo las comidas, no tienes el detalle de al menos probarlas. No sé qué voy a hacer contigo. Al final, creo que voy a tener que llevarte al cementerio. Los vecinos se quejan del mal olor que hay en la escalera.

  1. La soleada

Salieron en todas las direcciones, sin mirar atrás. Parecían dispuestos a no detenerse. En su mayoría, decidieron tomar la sierra y apostarse a las orillas de los ríos. La Costa los arrojó sin miramientos, y ahora se dan codazos para dividir los meandros.

  1. Trece años después

Se abrió la puerta con un gran chirrido. Hacía más de un año que no se había abierto.

El hijo pródigo volvía a casa trece años después de su marcha. Pero ya hacía dos años que no quedaba nadie. Primero fue su abuela Ulpiana; luego, su padre, Leopoldo; y hacía casi dos años que había muerto Marina, su madre.

En ninguno de los casos Manuel había acudido al sepelio ni había telefoneado para dar el pésame. Y hoy, por fin, en un arrebato de añoranza, se había dignado a regresar a su antigua casa. Él, el orgulloso, lloraba.

  1. El oficio de quedarse

Cuando mi padre empezó a olvidar, escondí etiquetas por la casa: taza, puerta, sal, hija. No por él; por mí. Temía llegar una tarde y encontrarme sin nombre en sus ojos. El domingo arrancó todas menos una. La pegó sobre el espejo del pasillo.

—Esta sí la conozco —dijo.

Leí la palabra: «Aquí».

Luego pidió el abrigo. Fuimos al puerto, despacio, con su mano seca dentro de la mía. Me dio rabia quererlo tanto. Miró los barcos sin reconocer el mar.

—¿Quién eres? —preguntó.

No contesté. Me señaló el pecho.

—Aquí todavía.

  1. El sabor de lo efímero

Sabíamos que aquel sería nuestro último verano, como tantos otros perdidos en la memoria de la infancia; así que decidimos no malgastar el tiempo.

Disfrutamos la brisa a orillas del Tormes, los atardeceres cálidos, el dulce néctar que extraemos dichosos de cada instante.

Sabemos que la vida es breve y que, en cada picotazo, nos jugamos el pellejo. Pero, por suerte…, los mosquitos creemos firmemente en la reencarnación.

  1. La que brilla en la noche

Fui la roca sin nombre en la penumbra de la Cueva del Tesoro, donde el Neolítico encendió hogueras a mi vientre de piedra. Los fenicios me llamaron Malac, Reina de la Noche, y fundaron una ciudad bajo mi manto de sal. Roma me coronó Noctiluca, vistiendo mis mareas de plata y bioluminiscencia. Hoy, cuando las barcas de jábega me pasean vestida de Carmen sobre el oleaje de julio, los hombres del mar me cantan sin saber que llevan tres mil años rezándole a la misma madre. Sigo siendo Málaga; la que siempre brilla en la oscuridad.

  1. Medio siglo

Recuerdo aquellos tiempos en los que yo era pequeño y mi padre me llevaba cómodamente sentado en mi silla de bebé. Yo solía decirle divertido:

—Corre un poco más, que ya va a pasar la cabalgata.

Él me empujaba en una corta carrera que me hacía reír a carcajadas.

Medio siglo después, soy yo quien tira de mi padre para llevarlo a ver la cabalgata. Hoy es mi padre quien me dice:

—Corre un poco menos, a ver si con los botes en los adoquines me voy a caer de la silla de ruedas.

Y yo sonrío comprensivo.

  1. Nivel C2

Mi madre aprendió a decir «estoy bien» en cuatro idiomas. En ninguno era verdad.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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