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23/08/2026 a las 23:47h.Las fotos que nunca envié
Aún conservo las fotos que te iba a enviar: la del atardecer en la playa, la del café con la ... espuma en forma de corazón, la de mi cara de sueño al despertar. Nunca llegaste a verlas. Colgué el teléfono antes de pulsar «enviar». Pensé que quizá era mejor así, porque algunas cosas solo existen en la posibilidad de haber sido. Pero esta noche, mientras las borraba, me he dado cuenta de que la más bonita es la que nunca te hice: la de mi mano extendida hacia ti, esperando que la cogieras.
Juego de niños
Antes, los dos niños jugaban a algo que no entenderéis en un lugar que no comprenderéis. Pero un día decidieron volcar todos sus juguetes en aquel vasto espacio y pasárselo en grande. A algunos los dejan sin brazos o piernas, sin habla o vista. A otros los someten a ingeniosos síndromes, o los enfrentan a olas gigantes o al temblor de la tierra, a ver qué hacen. Y a todos les dan un plazo de existencia. Resulta tan divertido ver cómo tratan de burlar…
Los niños tienen un nombre, claro, pero nunca los entenderéis. Vosotros los llamáis simplemente «Dios».
El túnel
—Has vuelto a quitar la calefacción —le dice ella, malhumorada.
Él se levanta y la besa en la mejilla:
—Sí, pero ahora mismo la pongo de nuevo.
Pasea de aquí para allá. Hace algo de ruido para engañarla y regresa para tumbarse a su lado. Se acurruca junto a ella en el sucio colchón que consiguió en la basura hace tres días y la arropa con más cartones. Ella se ha dormido. La mira con ternura y después sus ojos recorren el túnel que desde hace un año es su vivienda. Se alegra de que haya perdido la razón.
La hija buena
Serás la hija buena. La que aprende a leer con dos años y es buena en álgebra, pero también en historia. La que gana carreras de atletismo y también torneos de ajedrez. La que come de todo y empieza a leer clásicos universales a los quince años de edad.
Serás la hija buena hasta que tu hermana enferme. Y entonces dejarás de serlo, porque no habrá nada que puedas hacer más importante que morirte y en eso tampoco podrás ser ya la primera. Para qué seguir intentándolo.
El caballero de paso acelerado
Desde mi banco del parque, frente a la fuente, cada mañana observo cómo un caballero con planta elegante cruza el recinto ajardinado, siempre con paso acelerado, y se pierde por una calle cercana. Mi curiosidad me animó a preguntarle:
—¿Lleva prisa?
—Sí, es que llego tarde.
—¿Adónde se dirige?
—¡Ojalá lo supiera! A ninguna parte.
Ya no
Ya no me dan miedo. Y eso que al principio me daban mucho miedo. Aparecían siempre con la oscuridad, cuando mis padres dormían. Muerto de miedo, me levantaba de la cama y corría a su habitación. Se lo contaba, pero no me creían. Yo lloraba por el miedo, pero sobre todo porque no me creían. Decían que ya era mayor y que tenía que ser más valiente.
Antes tenía mucho miedo, pero ya no, porque ahora soy uno de ellos.
El eclipse
Un suceso inesperado había sacudido sus cimientos y ese día, poco antes del ocaso, conforme la luna se disponía a ocultar al astro rey, su noche fugaz particular se anunció como un aleteo frío que ensombrecía su alma.
Pero un atisbo de cordura intervino espontáneo, como un alto oportuno traído por un hada madrina susurrando: «En ocasiones, hemos de perder el equilibrio para reencontrarnos».
Intuyó que aquellas palabras no acudían en balde y se entregó al espacio sagrado de su corazón; escasos minutos que, estrujados con hilos de oro, la reavivaron, y supo que ella también pronto volvería a brillar
Daños colaterales
Ruedas por la alfombra con tu bebé hasta que un trueno sordo, de origen anatómico, detiene las risas. La advertencia es inequívoca. Lo alzas en brazos y peregrinas hacia el cambiador, sorteando el habitual laberinto de gatos que patrullan el pasillo. Al desabrochar los velcros para evaluar el desastre, el pequeño corona tu esfuerzo con un surtidor imprevisto que empapa tu camisa. Cierras los ojos, a punto de exhalar una maldición de pura fatiga, pero al abrirlos chocas contra una inmensa sonrisa desdentada. Y ahí, calado hasta los huesos, cualquier asomo de enfado se desvanece.
Las secuelas del silencio
La muerte no termina con el último aliento. Tras el entierro, los amigos se alejan, los recuerdos se esconden y el miedo ocupa cada rincón. En la comunidad de Acrisio, los muertos seguían viviendo en rumores, susurros y supersticiones heredadas de generación en generación. Desde antes de nacer, escuchó historias de almas errantes que buscaban refugio entre los vivos. Creció creyendo que todo era mentira, hasta que la muerte de su madre lo enfrentó a sus propios temores. Cuando vio los restos de su padre desenterrados, huyó aterrado. Entonces comprendió que el miedo sobrevive más que la muerte.
Los pasajes infinitos
El solitario monstruo resbala por la pared cavernosa. Áspera, húmeda. Hincado en su propia sombra, cubre su rostro sin saber nombrar el líquido que cae de sus ojos.
Distingue el día de la noche por una esfera incandescente que juega a esconderse. La busca con desesperación.
Su existencia transcurre por pasajes que forman su propio infinito, apartado de la humanidad. Lamenta el paso del tiempo sin encontrar sentido. El encierro duele más si no sabes leer.
Pasa, sin entender, una a una las páginas del libro que dejó caer el último visitante del laberinto.
La sinceridad
Le dije que aquella palabra podría ser un fraude, que no volviera a pronunciarla, pues alteraba mi sistema nervioso hasta provocarme jaquecas. Él me miró por unos segundos antes de prender la mecha. Recuerdo la explosión cuando me confesó que me había sido infiel.
No entendía por qué la utilizaba, pues mi concepto de ella era tan elevado que pude morir en la caída. Bajé al precipicio. Busqué cada una de sus letras que había despeñado para entender que la Sinceridad podía acabar con toda una vida.
Fue entonces cuando la desaprendí y, acto seguido, despedí a mi marido.
Conspiranoicas bien avenidas
Dice la Antonia que nunca ha hecho un calor así, que es el primer verano que tiene que encender la máquina del aire por la noche. Menos mal que se la regaló el Juli, el hijo que emigró al extranjero. Él dice que en verano aquí ha hecho calor toda la vida.
Que mira que siempre hemos dicho que era muy fino, pero ahora bien que nos gusta ir a tomar café a su casa. Sinceramente, lo único que me molesta es ese cuadro del salón que dice que la Tierra es plana.
Deporte
De niño siempre soñé con meter un triple para una universidad del sur —o del norte, qué más da— de los Estados Unidos de América, y así ser drafteado. Las luces fueron apagándose: los largos años entre libros después, las largas jornadas de trabajo, los compromisos, la familia... todo se fue disipando.
Ahora, en mi senectud, entreno a chicos a los que, cuando hacen una jugada —ya sea buena o mala, qué importa—, jamás les hablo de lo que vendrá. Porque el secreto de la vida quizás sea eso: el sueño de ser drafteado.
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