Envía tus microrrelatos a microrrelatos@diariosur.es. No existe límite de edad ni ninguna temática obligatoria, sólo hay que cumplir un requisito: no superar las 100 palabras
Regala esta noticia Añádenos en Google 25/07/2026 a las 00:28h.Última voluntad
El médico fue muy claro: me quedaban menos de tres minutos de lucidez antes de que el fallo multiorgánico apagara mi cerebro para siempre. Tenía ... el ordenador sobre las piernas. Podía haber usado ese último hálito de conciencia para escribirle un correo de despedida a mi esposa, o para confesarle a mi hijo dónde escondí los ahorros de toda una vida. En lugar de eso, tecleé febrilmente estas noventa y ocho palabras, obsesionado con la estúpida idea de ganar un concurso literario después de muerto. Adiós.
La dama oscura
Me siento rechazada por todos, capto la intensidad de la aversión que origino. Cuando llego a una morada, las puertas se abren solas con objeto de recoger al cliente sin excusas ni dilaciones. El tiempo no pasa en balde y la edad no perdona. Es obvio que nadie quiere irse a criar malvas, pero es ley de vida. El ciclo natural de las cosas. Caramba, aún no me he presentado. Soy la Parca o Dama Oscura, la de afilada guadaña y encargada de arrastrar las almas de los mortales hacia el más allá… Tic, tac, tic, tac.
Troya
Dioses y hombres se enfrentaron ante las murallas de Troya. Las divinidades del Olimpo, lejos de ser meros espectadores en la guerra, tomaron partido por uno u otro bando hasta manipular el destino de los mortales.
El príncipe París era el favorito de Afrodita y Aquiles el amado de Atenea.
Los troyanos eran devotos de Apolo y estaban bendecidos por Artemisa.
Los griegos adoraban a Poseidón y contaban con los favores de Hera.
Pero el verdadero triunfador del conflicto fue Ares, dios de la guerra, ya que la sangre de los héroes regaba el campo de batalla.
Una corta relación
Nuestra relación duró solo cinco años. Era un hombre amable y cariñoso que me tranquilizaba cuando estaba estresada y me hacía reír en los momentos más difíciles. Era el tipo de persona que uno desea tener cerca todo el tiempo, pero no lo echaré de menos. De hecho, nuestro último día juntos fue uno de los más felices de mi vida; un motivo de celebración. Sonreí al abrazar a mi oncólogo para despedirme después de cinco años sin cáncer.
Historia de dos ángeles
El niño jugaba allí siempre que se perdía de la mirada de los adultos. Tenía prohibido ir a aquel lugar, por el peligro que hay en un jardín sobre la terraza de un rascacielos.
En el piso trece, otro niño rezaba junto a la ventana las oraciones que su abuela le enseñó antes de morir.
—Rézale a tu ángel de la guarda. Él te protegerá de todos los peligros. Si le rezas mucho, podrás verlo. Y, si le ves, síguelo. Porque él te llevará al cielo.
Terminada la oración, vio a su ángel descender. Abrió la ventana y lo siguió.
Manifiesto Adecé
Ardemos en vida, extenuadas en la brevedad de un instante. Nos consumimos y agotamos nuestro propósito sin apenas percibirlo.
Mientras algunas cosas perduran y se hacen eternas, nosotras seguimos dedicando una existencia fugaz a alumbrar a otros. Somos rascadas, quemadas y extinguidas sin obtener nada a cambio.
Hoy, nosotras, las cerillas, nos reunimos en esta hoguera de vanidades para firmar este manifiesto ADC (Asociación para la Defensa de las Cerillas).
Suscribimos esta denuncia para acabar con una situación efímera y apenas percibida. Juntas alzamos nuestras cabezas y gritamos: «El fósforo no ha muerto. ¡Larga vida a la cerilla!».
Acuerdo conyugal
Mi mujer y yo prometimos no volver a acostarnos enfadados. Llevamos despiertos desde la pandemia.
Espejo
«Llego tarde, llego tarde...», gritaba aquel hombre con dientes de conejo. Alicia le miró extrañada y siguió su camino.
Entró en la cafetería. En el mostrador, tapas variadas decían «cómeme» y el tirador de cerveza susurraba «bébeme», pero, ante el deseo de ponerse ese vestido, se conformó con un botellín de agua.
Su amiga llegó nerviosa por una discusión que había tenido. «¡Le cortaría la cabeza!», dijo con sonrisa gatuna, guiñándole un ojo. Luego comentó: «Es hora de tomar el té». Alicia no dio importancia al déjà vu. Definitivamente, ese día no estaba para muchos cuentos.
Buzón de voz
Desde que enterró a su madre, Clara la llamaba los domingos para escuchar:«Ahora no puedo atenderte». Después dejaba el parte: había regado el poto, el ascensor seguía oliendo a lejía, por fin tiró los yogures caducados. Un día la compañía avisó: buzón lleno. Clara llamó una vez más.
El sistema ofreció escuchar los mensajes antiguos antes de borrarlos.
Aceptó.
Sonó el primero:
—Llámame cuando llegues.
Consentimiento informado
Después de leer el consentimiento informado, el paciente decidió seguir viviendo con la enfermedad.
La devolución
Cuarenta años después, Simón devolvió a la biblioteca la novela que había sacado antes de casarse. La bibliotecaria la abrió para calcular la multa.
Cayeron un billete de ida, una entrada de cine, una ecografía, la foto de un niño de comunión y una esquela. El lomo seguía intacto.
—No la leyó —dijo ella.
Simón recogió los papeles, uno a uno.
—No me dio tiempo.
Todavía
Puede que sea por reincidente, pero los desvelos me han llevado hasta allí. Se escucha un ulular, se pierde en la lejanía... En realidad, no han sido los desvelos, sino eso que llamamos destino, palabra a la que nos asimos para explicar lo que no tiene ni seguramente deba tener explicación. Destino y quimioterapia se han unido en un juego que quita o da oportunidades, en un día en el que el viento mueve las hojas y la tierra se calienta bajo un sol abrasador. Como siempre, como nunca, como todavía.
El abuelo
Habla de una forma que cautiva; el abuelo todo lo hace así. Hoy he venido antes, pues ayer me pareció que le faltaba tiempo, que quería contar más. Llevo varias horas escuchándole, sentado en este sillón que me envuelve; y aunque habla en voz baja, le escucho bien, no cuesta trabajo entenderle. La música, muy bajita, le acuna y lo he visto sonreír. Un revuelo acalla la música y su voz. Han forzado la puerta y han entrado; es la policía, dicen. El forense afirma que el abuelo lleva, al menos, tres días muerto.
Revelado
Pasó la vida persiguiendo la luz de los atardeceres de la bahía, obsesionado con atrapar ese último destello dorado que muere en el agua. Gastó carretes, cámaras digitales y pupilas, pero las imágenes siempre resultaban opacas, planas, desprovistas de alma. Ayer, ya anciano y ciego, sonrió al mirar al frente por última vez. Encontró el color exacto que buscaba, nítido y eterno, justo al otro lado de los párpados.
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