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Regala esta noticia Añádenos en Google 25/07/2026 a las 23:17h.Dieta de verano
Ocho semanas sin pan y a agua, y doce sin él. El bikini amarillo le quedaba como no le había quedado nunca. Subió la foto ... a las once, con un filtrito —aceptémoslo— sobre el abdomen, ese que aplana volumen y enfatiza las sombras entre las costillas. Y esperó. Cuatrocientos veintidós me gusta en cuatro horas, un comentario de su prima Lolo: «Diosa», y unos quince de desconocidos —«¡Fuego!», uno de ellos—. Le mandó la captura a su hermana: «Al final el duelo sí adelgaza jajaja». Su hermana respondió con un corazón.
El cuco
Hay un hombre a tu espalda. ¿No me crees? Date la vuelta si te atreves. Claro que tus ojos aún no se han acostumbrado a la oscuridad de la sala, por eso no puedes ver nada. Pero notas su aliento, la caricia de su risa haciéndote cosquillas en la piel del cuello. ¿No te da miedo? Se está relamiendo, piensa que serás su próximo bocado. ¿Qué vas a hacer? Puedes intentar huir, pero el cuco ya te tiene echado el ojo; así que, por mucho que corras, no tienes escapatoria. ¿Percibes ya su sombra? Mejor será que no mires atrás.
Día de la madre
Aunque soy miembro de la realeza, mi vida no es fácil. Pese a ser hija de una reina, mi condición de obrera me impide gozar de su compañía o heredar su trono, como los cientos de hermanas que formamos esta colmena. Cuando acudo al prado donde crecen las matas de tomillo, observo con envidia a los corderos. Con sus pasitos torpes y vacilantes, siempre cerca de sus madres, que no los pierden de vista. Yo al menos puedo volar por encima de ellos, siempre cautivos de la horizontalidad del suelo, pero los mamíferos son mucho más afortunados que los himenópteros.
Los grises
El agente me indica la fila que guardan los clientes de «menor riesgo». Aun así, todos tiemblan en silencio. Me da número y advierte que la espera será larga. El aire huele a resignación. Cuando por fin llega mi turno, revisa mis cifras impasible. —Eres demasiado mayor para esta fila —dice—, pero demasiado joven para la otra. No entiendo nada. Y sospecho que él tampoco. Me devuelve los papeles sin mirarme y señala una puerta gris. —Pase dentro y siéntese. Dentro, me espera una sala repleta de números inmóviles.
Uno más
Durante todo el día estaba deseando que los niños volvieran a casa. Por las mañanas, cuando se iban al colegio, se ponía muy triste y sabía que no los vería hasta la tarde. Durante el día no tenía mucho que hacer: comer, mirar por la ventana cercana adonde estaba y poco más. Le encantaba oír las risas de los niños cuando se acercaban a verlo y le hacían caras raras. Era lo mejor del día a día. Llevaba ya mucho tiempo allí y era feliz con ellos. Desde su casa, la pecera, era uno más de la familia.
Efectos secundarios
Me mareo siempre que me agacho, pero no me preocupa porque es por la medicación. Se me escapa un bostezo cada dos por tres, pero no me preocupa porque es por la medicación. Tengo sueño a cualquier hora, pero no me preocupa porque es por la medicación. Se me saltan las lágrimas cuando sigo las noticias sobre la guerra, pero no me preocupa porque es por la medicación.
El relevo
Los pliegan, los guardan en sus bolsos y se marchan tan felices. Después basta con rehidratarlos unas horas, hasta que recuperan su apariencia normal. Son unidades de uso temporal, impresas en biofilm de última generación. Las hay que limpian, escuchan con aparente atención, abrazan o incluso simulan ser pareja. Se activan con un código y una licencia efímera. En cada reinicio olvidan promesas y nombres; el manual es claro: no encariñarse. Cuando deberían apagarse alguno no lo hace. Permanece quieto, esperando, con un pequeño bolso en la mano. Sabe que, esta vez, quien va a encogerse eres tú.
Exigencia máxima
En la cocina del corredor de la muerte siempre intentamos darle gusto al comensal. Sus últimos deseos son órdenes para nosotros. Lograr la satisfacción de nuestros clientes representa mucho más que darles una última comida; lo que intentamos, humildemente, es transportarlos durante unos minutos a una época o a un lugar en los que acaso ellos fueron felices. La nostalgia es, entre otras cosas, tener paladar. Somos modestos cocineros carcelarios, pero nuestra labor tiene su mérito, pues no hay comensal más difícil en el mundo que aquel que sabe que del plato que le sirvas no hará la digestión.
El pelo perdido
A menudo, solía preguntar a papá por qué era calvo. Él nunca repetía la respuesta: porque su cabeza era un mapa mágico, para que la lluvia le contará secretos antes que a nadie o porque las ideas salían mejor al no tropezar con el pelo. Yo siempre le pedía otra historia más. Nunca me cansaba. Sin embargo, la semana pasada fue mamá quien perdió el pelo. Y aunque ella estaba triste, papá dijo que mejor, que así los problemas resbalaron sin poder agarrarse a nada. Yo, por si acaso, iniciaré una expedición para encontrarlo.
(sin título)
En un jardín, un caracol presumía de su brillante caparazón mientras la mariposa exhibía sus coloridas alas. Ambos competían por ser la criatura más hermosa ante la mirada de los demás animales. La mariposa se posó sobre el caparazón para acaparar toda la atención, pero un movimiento del caracol la hizo caer. Se rompió las alas y nunca volvió a volar. Arrepentido, el caracol decidió llevarla siempre sobre su caparazón. Desde entonces, ambos lamentaban haber estropeado su felicidad por culpa de la vanidad.
Lluvia de palabras
En una vitrina de la biblioteca se guardan bajo llave doce libros únicos: son el fruto de la lluvia de palabras. Cuenta la leyenda que hace cientos de años una gran tormenta destruyó la antigua biblioteca y esparció sus libros por el cielo. Las nubes adquirieron forma de sonetos y en el arco iris pudieron leerse endecasílabos. Además, una pertinaz lluvia de palabras cayó durante días sobre las cabezas de los vecinos, pero sólo doce de ellas germinaron y se convirtieron en libros.
Ojos verdes
Finge dormir cuando oye entrar a un extraño. Es la estrategia que ya utilizaba de pequeña para espantar los miedos nocturnos, pero ahora es de día y hace siete décadas que no es una niña. Como cada mañana, huele el café con leche y reprimir un respingo al sentir que el extraño se sienta a los pies de su cama. Como cada mañana, comienzo a canturrear: «Apoyá en el quicio de la mancebía, miraba encenderse la noche de mayo...» Cuando llegó al estribillo, a ella le sonríen los ojos y por un momento vuelve a recordar que es mi madre.
A volar
Sobre el asfalto, un invisible deportivo a más de ciento noventa kilómetros. Sobre el tendido eléctrico, los pájaros. Al fondo, el infinito horizonte de una ciudad mitad humana y mitad engranaje. El eco de un helicóptero. La vida transcurre en escala de grises. Una mujer arrastra sus maletas por el arcén. Hace una pausa. Se queda mirando el helicóptero, que se aleja. Y los pájaros. Cae de rodillas y abre, desesperada, las maletas, arrojando todo lo que contienen, vaciándose. Se siente estúpida. ¿Dónde están sus alas?
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