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Microrrelatos SUR VI Premio Pablo Aranda: textos del 29 de agosto

Microrrelatos SUR VI Premio Pablo Aranda: textos del 29 de agosto
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Envía tus microrrelatos a microrrelatos@diariosur.es. No existe límite de edad ni ninguna temática obligatoria, sólo hay que cumplir un requisito: no superar las 100 palabras
Microrrelatos SUR VI Premio Pablo Aranda: textos del 29 de agosto

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SUR

28/08/2026 a las 23:13h.

Descargo

Perdóneme, Antonio, y mis disculpas ante la familia. Juro por lo más sagrado que no era mi intención provocar tanto sufrimiento. Ruego tengan en consideración, ... como atenuantes, mi condición de mujer jubilada solitaria y los buenos cuidados que dispensé al señor Antonio. Me lo llevé a casa en un arrebato. Lo sé, recién cumplió noventa años, está casado y tiene hija y nietos. Confieso que dudé, pero me había robado el corazón con sus historias sobre la vida de antaño. Es un narrador excelente y posee una memoria extraordinaria. Yo solo pretendía cuidar de él. No me juzguen con severidad.

No estás sola

Despertar es un suplicio. Me pesan los párpados. Mi cuerpo no responde. El despertador sigue sonando. Debo darme un baño. Lo logro. Cumplo. Cabeceo en el escritorio. Quiero dormir y no despertar. Siento una presión en el pecho y me falta el aire. Deben ser los medicamentos. Me dejan atontada. Mi madre me llama por teléfono. Le contesto con la lengua traposa y me arrepiento de inmediato. Está preocupada. Yo rompo en llanto. No sé por qué. Dos compañeros de oficina me abrazan. Suelto el teléfono. «No estás sola», me dicen y me confirman que mi madre viene en camino.

El desván

«La eternidad duerme en lugares insospechados», pensé mientras sostenía la calavera que acababa de extraer de un baúl de la falsa. Me miraba con expresión sorprendida, sepultada entre viejas capitulaciones y papeles de la guerra. Fue entonces cuando recordé la historia: a finales del siglo XIX, el heredero de la mejor casa del valle fue acusado de la decapitación de un vecino y desterrado. Y, sin embargo, la nuestra era una casa pobre de labrador. Mis carcajadas aún resuenan en el desván.

Finales ajenos

Nunca supe rematar mis historias, así que empecé a usar finales ajenos.

Me gustaban, sobre todo, los trágicos: dos jóvenes amantes que mueren creyéndose muertos, una mujer que se envenenó con arsénico, un lobo al que le abren la panza, una señora que salta a las vías del tren...

De todos los tipos y colores.

Pero ya no los uso.

No desde que me encontré en uno de ellos.

El oso

Un oso me sigue. No corre, no ruge; solo me sigue. A todas partes: al trabajo, al supermercado, al psicólogo.

—¿Por qué cree que lo sigue? —me pregunta.

—Porque cree que somos amigos.

—¿Y no lo son?

—No sé. Nunca hemos hablado. Él solo... está ahí.

—¿Ha intentado alejarse?

—Una vez me fui a otro continente. Él me esperaba en el aeropuerto.

—¿No le sorprendió?

—Ya no me sorprende nada.

El psicólogo cerró su libreta.

—Aprenda a convivir con él. No se irá.

Esa noche, por fin, le hablé:

—¿Cuánto tiempo nos queda?

El oso se acurrucó a mi lado.

El sabio en la torre

Prisionero en una torre de piedra, un sabio soñó un ejército imposible: tantos guerreros que sus estandartes ocultaban el sol. Conquistaron ciudades hasta llegar a sus propios muros. El sabio despertó con el estruendo de la batalla. Los soldados tomaron la ciudad, escalaron la torre y llegaron al último piso. No encontraron a nadie. Comprendieron entonces que la torre, el ejército y ellos mismos eran un sueño. El sabio despertó otra vez.

Afuera, alguien había arrojado un plato por los barrotes.

Dos que no se miran

Apagaron la luz. Poco a poco todo quedó en silencio. Colette y yo nos miramos furtivamente. Una vez más acercamos nuestros labios, milímetro a milímetro. Sentí el calor de su aliento, su aroma a rosas silvestres, el recuerdo de cuando éramos felices y libres. Entonces escuchamos un ruido en la sala. Nos separamos con la resignación de la costumbre. Cuando entró el guardia ya estábamos inmóviles, cada uno mirando en direcciones opuestas.

Yo miraba el Rembrandt a mi izquierda. Ella, el Vermeer a su derecha.

Lettera 32

Llegó a casa un día de Reyes, enfundada en traje verde. La admiré y la acaricié emocionado. Este año no tocaban calcetines. Y, a medida que abría muy despacio su cremallera, me iban brotando semillitas de una alegría insólita. Rocé apenas sus teclas con las yemas de mis dedos, cerré los ojos y me imaginé escribiendo poesía. Al abrirlos, descubrí una maraña de hierrecillos que quizás habían grabado sus letras en el aire. Aquella Olivetti llegó a casa antes que la tele en color, antes que el abrigo nuevo...

—Hijo, cuídala mucho, que ha costado bien cara.

¿Qué habrías hecho tú?

«Ma-rra-no». Así mismo se lo habían soltado a las puertas del instituto, remarcando cada sílaba como si las estuvieran saboreando. Víctor tenía fama de problemático en el centro, pero es que tenía un don: los problemas acudían a él como por arte de magia. En el recreo había defendido a un inmigrante de los insultos del grupo de siempre, y ahora le estaban esperando a la salida, provocando para atacar en manada. Tras los empujones, el director apareció para separarlos:

—¿Qué ha pasado?

Víctor comenzó a explicarlo. Miró fijamente al director y dijo:

—Ma-rra-no.

¿Qué habrías hecho tú?

Catarsis

A un palmo de distancia miraban absortos, atrapados por la luz hipnótica de sus móviles, que parecían incrustados en sus manos. Se amaban —o eso se decían—, pero el tiempo demostraba lo contrario: sus miradas ni se cruzaban. Abrazos cambiados por reels, miradas sustituidas por emojis de muñecos inflados que se abrazaban a sí mismos, y besos apartados por dedos que subían y bajaban viendo la vida de otros, repleta de mentiras contrahechas. Fue en ese instante cuando les llegó la catarsis que hizo que ambos se purificaran, continuando su vida real por caminos diferentes.

Por fin, una estrella

Todos a una. El pueblo en la calle —no de forma metafórica, sino literal—, así como los familiares y turistas que pasaban allí sus vacaciones. Jóvenes y mayores saltaban y gritaban de alegría Algunos se abrazaban a la persona más cercana, aunque fuera desconocida. No eran pocos los que lloraban, sentados en el suelo. Nadie recordaba algo igual. Como una sincronización perfecta del destino, cuando el árbitro pitó el final del partido, consiguieron apagar el fuego.

Tras el humo, por fin, una estrella.

Generación de cristal

Mi mundo se sostiene gracias a aquella taza de café que remuevo mientras observo el remolino de nata abrazar la cuchara. Un ruido ensordecedor taladra mi hipocampo. Con cinco horas de sueño a mis espaldas y cinco sueños rotos a mis pies. Con la esperanza puesta en un mañana que fue ayer. Con la casa a cuestas y el corazón a rastras. Cargo el peso de la incertidumbre, del ser o no ser. Y, mientras avanzo contracorriente, me pregunto qué será de mí.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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