Pequeñas infamias
Mis villanos favoritos Regala esta noticia Añádenos en GoogleCarmen Posadas
15/09/2026 a las 10:33h.Hay dos formas de encarar la inminente llegada del otoño con todo lo que nos espera, visto cómo está la actualidad; sus turbulencias políticas, sus ... derivas, sus escándalos y dislates, sus mil incertidumbres. Una es hacerse monje trapense; la otra, entregarse a la frivolidad y buscar un villano o villana favoritos que nos sirvan de punching ball. Los villanos son muy necesarios en la vida y más en estos tiempos. Por supuesto, no hablo de antagonistas que afecten a nuestras vidas en particular o al mundo en general como, por ejemplo, mandatarios de grandes potencias turulatos e incendiarios; tecnoligarcas infantiloides con poderes ilimitados; tampoco de líderes patrios groguis, ensimismados e irresponsables, capaces de cualquier cosa con tal de seguir en su poltrona un par de meses más.
¿Por qué será que me interesan personas de las que, en mi vida normal, huiría como de la peste?
No sé ustedes, pero, en mi caso, los personajes mediáticos que más sigo no son los que admiro o valoro como personas, sino los que más me cargan, los que me parecen unos memos integrales, pero aun así leo todas sus bobadas y pincho una y otra vez en cualquier noticia que lleve sus nombres. ¿Por qué será que me interesan personas de las que, en mi vida normal, huiría como de la peste? A falta de una explicación científica, les cuento mi diagnóstico a la violeta.
Como les decía al comienzo de este artículo, uno necesita en la vida personas que sirvan de punching ball o, lo que es lo mismo, que canalicen la energía negativa que genera un mundo lleno de incertidumbres e injusticias y de personas que son todo menos edificantes. Porque, tal como señalaba no hace mucho el semanal británico The Economist al hacerse eco del regreso de los Sussex a Inglaterra, existe la llamada 'terapia de aversión'. Y a ella se han entregado durante días todos los medios de comunicación de aquel país dedicando a la pareja titulares a cuatro columnas, comentarios furiosos acompañados de mesar de cabellos y crujir de dientes. A partir de ahora, y gracias a este retorno, a los muchos que adoramos sus bobadas nos esperan nuevos y apasionantes capítulos de tan simpar pareja. ¿Qué pasará? ¿Cómo se comportarán? Hagan sus apuestas. ¿Se contentará Meghan con ser (tal como ha anunciado) «mamá-granjera» a tiempo completo y hacer mermeladas caseras y solidarias que comercializará a través de una marca ecológica y sostenible? ¿O, tras un par de meses de llevar a los niños al cole rodeada de una nube de fotógrafos y de impartir en Instagram consejos sobre cómo preparar un té con sándwiches de pepino, se plantará diciendo que no se siente «realizada como mujer»? ¿Y Harry? ¿Recuperará sus actividades como miembro de la Casa Real o preferirá explotar un rato más su faceta pobrecito-yo-mi-familia-no-me-comprende?
Estoy deseando que empiece la función. Porque, como también señalaba The Economist, «existe un malentendido generalizado con respecto a qué es la monarquía británica. La gente piensa que es una parte del gobierno de aquel país. Pero ningún monarca británico ha gobernado desde el siglo XVII. De hecho, son una rama no tanto de la política como del entretenimiento. Por eso, al igual que los pandas del Zoo, algunos de sus miembros resultan entrañables; otros dan pena, pero todo el mundo los mira y escruta». De ahí que el regreso a casa de los Sussex esté siendo, desde ya, disfrutado por multitud de amantes de los villanos intrascendentes como yo. Y es que, frente a la profesionalidad y ejemplaridad que encarnan los príncipes de Gales, Guillermo y Kate, Harry y Meghan aportan un elemento igualmente esencial a una institución de estas características: algo de salseo. Y eso está muy bien porque, como una vez más apunta The Economist, «en un mundo como el actual, lo que realmente puede acabar con institución tan acrisolada como vetusta no es la falta de dignidad ni ejemplaridad, sino, tal como ocurre en cualquier show que se precie, la falta de interés». Y esa y no otra es la función de un villano intrascendente en tiempos como estos en que todo se ha vuelto espectáculo: su rol es dar que hablar y, de paso, desviar el foco para que, al menos durante un rato, olvidemos lo que ocurre en este mundo tan dislocado.
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