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Muere Raúl del Pozo, el más periodista de los columnistas

Muere Raúl del Pozo, el más periodista de los columnistas
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La biografía de Raúl del Pozo compendia la historia del periodismo español en las últimas siete décadas. Se dice pronto.

El periodista Raúl del Pozo.

Tribunas OBITUARIO Muere Raúl del Pozo, el más periodista de los columnistas

La biografía de Raúl del Pozo compendia la historia del periodismo español en las últimas siete décadas. Se dice pronto.

Publicada 10 marzo 2026 15:45h Actualizada 10 marzo 2026 16:00h

"No es sólo el mejor de los que quedan, sino el mejor de los que hubo", dijo de él Manuel Alcántara. La biografía de Raúl del Pozo compendia la historia del periodismo español en las últimas siete décadas. Se dice pronto.

Se curte en el franquismo, vive intensamente la Transición y, con su brillantez estilística y su penetrante observación, escribe de primera mano la crónica de los mandatos de los siete presidentes de la democracia, de Adolfo Suárez a Pedro Sánchez.

Entre dandi y canalla, gitano de espíritu que no de raza, de elegancia impecable y melena albina a lo Alberti, llevó su propio porte a la escritura.

No fue un columnista de torre de marfil. Fue (algo insólito) un columnista a pie de calle.

En sus columnas había literatura, en abundancia, pero también noticias. Incluso cuando la edad, ya muy al final, le dificultaba desgastar la suela de los zapatos, con una simple llamada de teléfono conseguía la exclusiva. Por eso había que leerlo todos los días.

Hombre de pueblo, de campo, siempre supo entender los trinos de los pájaros o el lenguaje de los árboles de su jardín, cuyas confidencias enriquecían sus columnas. Maestro de escuela (precedente del magisterio que impartiría hasta sus últimos días), publicó en el Diario de Cuenca sus primeras colaboraciones.

Raúl del Pozo.

Hasta que la provincia se le quedó pequeña.

Barcelona, París, Madrid le abrieron las puertas, y los ojos, a un mundo sin límites. Malvivió y aprendió todo lo que había que aprender de las gentes del mal vivir.

El provinciano aspirante a escritor estaba destinado a la congregación del Café Gijón. Allí conoció y tertulió con el actor Álvaro de Luna, el juez Clemente Ager, el fiscal Chamorro, Manuel Vicent, Francisco Umbral

Y con alguien que sería providencial en su vida: José María García. El periodista deportivo ya era toda una estrella. Le puso en contacto con el diario Pueblo y el resto ya fue obra de Raúl. La redacción acabó moldeando al periodista.

"En las redacciones se aprendía a escribir a la fuerza, sólo con tener un poco de oído. Hoy uno tiene menos alicientes: ya no se puede jugar en las redacciones, y no hablemos de beber whisky", confesaba a Jesús Fernández Úbeda y Julio Valdeón en No le des más whisky a la perrita.

Hizo reportajes sobre los temas más insospechados, entrevistó a las grandes figuras del momento, escribió artículos de opinión bajo el sinónimo de Falstaff. Pero no sólo. También fue corresponsal en Londres, Moscú y Buenos Aires, además de enviado especial al festival hippie de la isla de Wight o a Cabo Cañaveral para el lanzamiento del Apolo que llevaría al hombre a la luna.

Lo que se dice un todoterreno.

"La disciplina no iba con él, pero su simpatía por la causa era inequívoca, como dejaba patente con sus aclamadas soflamas incendiarias en las asambleas de trabajadores de Pueblo"

El maestro Emilio Romero (al que olfato no se le puede negar) prohijó al muchacho, en el que pronto descubrió una insólita combinación de virtudes literarias y periodísticas. En el año 1971 le confió un artículo para el especial del número 10.000 de Pueblo, en el que dejó constancia de cómo entendía el periodismo.

"Uno ha aprendido ya lo único que se aprende en esta profesión: que los periódicos no son de los que los hacen, sino de quien los paga; que es proletario de las letras, que una noticia vale para un periódico más que un periodista. Y sobre todo: que un periódico o es un reflejo de la realidad en la que vuela, o no es un periódico".

Raúl del Pozo siempre fue un hombre comprometido, inequívocamente de izquierdas. Muchas veces se ha aludido a su militancia en el PCE, a la que él siempre quitaba importancia: "fui comunista diez minutos".

Se dice que fue Fernando Jáuregui el que le convenció para que se afiliara. La disciplina no iba con él, pero su simpatía por la causa era inequívoca, como dejaba patente con sus aclamadas soflamas incendiarias en las asambleas de trabajadores de Pueblo.

Carrero Blanco lo incluyó en una lista de "rojos" que envió a Emilio Romero para que los despidiera. El director, no precisamente afín a las ideas del periodista, le envió a Moscú para salvarle de la persecución. En la redacción se reían de él cuando se quejaba del frío. "¿No eras comunista? Disfruta ahora de tu paraíso".

Tras la muerte de Franco y antes del cierre de Pueblo, dejó el periódico agonizante y se incorporó a la redacción de Mundo Obrero, donde estuvo entre 1976 y 1981. El 23-F y la irrupción de la Guardia Civil en el palacio de las Cortes le pilló, según algunos compañeros, tomando un cubata en el bar junto a Txiki Benegas y otros políticos de izquierda.

Era el corresponsal parlamentario del órgano del Partido Comunista, lo que le hizo temer por su vida. Finalmente, salió ileso.

Colaboró durante años en la revista Interviú, del Grupo Zeta, una de las publicaciones más leídas en los años 80.

"Su compromiso, que no la militancia, le acompañó toda la vida. Formó parte de lo que Cebrián bautizaría como Sindicato del crimen"

En 1987 fundó con su amigo Pablo Sebastián el diario El Independiente, del que sería director adjunto. Fue un proyecto muy interesante, pero no tuvo tiempo de cuajar. Su formato asabanado, al estilo de los grandes diarios internacionales, su frecuencia semanal y sus grandes firmas le daban una personalidad especial.

Tras el cierre en 1991, tanto Sebastián como Del Pozo, como otros periodistas, se incorporan a El Mundo de Pedro J. Ramírez, la cabecera que acogería de forma definitiva a Raúl del Pozo.

Allí ejerce de cronista parlamentario y columnista. Cada vez adquiere más relevancia en el diario, hasta el punto de que cuando muere Francisco Umbral, en 2007, todo hace indicar que su columna El ruido de la calle será su sustituto natural y la que ocupe el lugar del columnista insignia del diario: la última página.

Su compromiso, que no la militancia, le acompañó toda la vida. Formó parte de lo que Cebrián bautizaría como Sindicato del crimen, un grupo informal de indignados con la deriva de corrupción de la última etapa del felipismo.

Formaban parte de él periodistas como Pablo Sebastián, Pedro J. Ramírez o Antonio Herrero. Y también escritores como Umbral, Cela o Sánchez Dragó, con quienes Del Pozo disfrutaba debatiendo sobre todo de literatura.

La calle nunca la abandonó. Memorable fue su cobertura de la entrada de Vera y Barrionuevo en la cárcel de Guadalajara. Acompañados por Felipe González y 6.000 seguidores, el periodista tuvo que aguantar estoicamente los insultos de los congregados: "¡Sicario de Pedro J.!", "facha", "traidor", "hijo de puta"...

Así lo reflejó en su crónica: "Yo ayer, bajo el sol de las seis de la tarde, vi los ojos de cólera, la cólera ciega y sucia de la chusma".

También cubrió la declaración del expresidente como testigo en el Supremo. Como si de un Hildy Johnson de Primera plana se tratara, Del Pozo distrajo, junto con Melchor Miralles, la atención de toda la sala, amagando con dirigirse a González, para conseguir que Fernando Quintela, con una cámara camuflada, consiguiera sin ser visto la histórica foto del expresidente en el tribunal.

Siempre encontró las palabras adecuadas para definir a los personajes. Así, en la comisión parlamentaria del 11-M, vio a un "Aznar más delgado y con peor mala leche que nunca".

En la misma comisión, bautizó a Zapatero como "un bambi con cornamenta de doce puntas".

Fue decisivo en la investigación de la corrupción del PP, que le costó la presidencia a Rajoy.

Consiguió hacerse amigo del tesorero Bárcenas, a quien utilizaba como garganta profunda en sus columnas.

Se mostraba exultante en aquella época de tanta exclusiva y tanto periodismo. "Éramos como el Washington Post", exclamaba al recordarla.

Raúl del Pozo.

"El Paco de Lucía de los columnistas", como lo bautizó Jesús Quintero, fue en los ochenta el primero en llamar "Costa Fleming" a la zona paralela a la Castellana, entonces de moda.

"Y tú en qué costa veraneas?".

"Yo en la Costa Fleming", decía en referencia a aquel barrio, lleno de casas de citas, discotecas, personajes de la farándula, empresarios y políticos, que se mezclaban con provincianos que venían a Madrid en busca de promesas de desenfreno y orgías que se les vetaban en sus tristes localidades.

Del Pozo, en su prolífica vida, también participó en programas de televisión con su amiga María Teresa Campos (Día a día y Cada día) y de radio. Mucho más recientemente, en el Más de uno de Carlos Alsina.

Fue también un gran novelista (no perdonaría que le dedicáramos tan poco espacio a sus novelas). Entre otras, Noche de tahúres (1994), No es elegante matar a una mujer descalza (1999) o La diosa del pubis azul (2005), con Espido Freire. Los títulos hablan por sí solos.

Aunque lo hacía todos los días en la prensa, siempre lamentó no haber dedicado más tiempo a la literatura. "Me arrepiento de haber malgastado tantas noches y tanto hígado", llegó a declarar. "De la golfería. De mi ludopatía. No es que hubiera podido ser Premio Nobel. He perdido mucho tiempo".

El momento más triste de su vida, el momento en el que el tipo duro dejó aflorar al tipo sensible que llevaba dentro, lo sufrió en 2016. Después de 48 años casados y de una larga enfermedad al pie de su cama, su mujer, Natalia Ferraccioli, falleció. Él mismo escribió la necrológica en El Mundo. "Sus últimas palabras fueron para preguntarme si había dado de comer a nuestra perrita Dana; luego, sonriendo y mirando mi ropa, como una dama romana a un celtíbero dijo: ‘Vas muy bien conjuntado’. Por último, habló en italiano".

Su magisterio sobre las nuevas generaciones, con las que nunca perdió el contacto, queda de manifiesto en la creación del Premio Raúl del Pozo de periodismo. El último, entregado a Javier Cercas.

Con esa excusa, o sin excusa alguna, compartía mesa y charla con Pérez-Reverte, amigo desde Pueblo, pero también con los más jóvenes: Antonio Lucas, Manuel Jabois o Juanma Lamet.

A Raúl le gustaba definir a todo el mundo con una metáfora (deformación profesional). A mí me bautizó como "la cara amable del pedrojotismo". Nunca dejaré de agradecérselo.

Ya me gustaría ser capaz de improvisar una metáfora para él en este día aciago de despedida.

"Pero ahora de lo que se trata", zanjaría Raúl, "es de no hacer mucho el ridículo para morir y palmar con la banda sonora del teclado de un ordenata, que es la mejor ametralladora. Lo que venga después, me la suda".

*** Raúl del Pozo Page nació en Mariana (Cuenca) el 25 de diciembre de 1936 y murió en Madrid el 10 de marzo de 2026 a los 89 años.

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