Nat Simons en concierto. EUROPA PRESS
Música Nat Simons reafirma en Madrid su identidad de rock clásico en castellanoLa presentación de su nuevo disco, ‘Pregúntale a Sarah Connor’, consolida la apuesta de esta artista por un sonido más directo y con ecos setenteros.
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Alberto G. Palomo Publicada 20 marzo 2026 02:27h Actualizada 20 marzo 2026 02:28hHabrá quien la critique por pasarse al castellano y abandonar ese inglés de solista norteamericana. Quien diga que ya no es la voz atormentada que vagaba con su guitarra en días de café y cigarrillos. También la criticarían entonces, cuando usaba otra lengua a la de su país. O cuando decidió ser felina y unir a otros compañeros de viaje. Da igual. La madrileña, nacida en 1989 como Natalia García Poza, no ha dejado de hacer lo que le gusta. Que es, en resumen, montar una banda de rock sin etiquetas ni farolillos.
Un rock que bebe de lo anglosajón y se salpica de formaciones del panorama nacional como Loquillo, M-Clan, Los Zigarros o Tahúres Zurdos. Eso es lo que demostró en la sala Changó de Madrid. Allí presentó en la noche del jueves su último disco, Pregúntale a Sarah Connor. Con un aspecto setentero, de chaqueta y pantalones azules y pendientes atravesados por los rayos glam de David Bowie, entregó como arranque uno de los singles recientes, Delorean.
Fue una entrada que rompía con lo psicodélico del montaje, con ese punto de rock-pop que remite a una tradición reconocible, casi heredada, pero reinterpretada desde una urgencia contemporánea. Durante años, Nat Simons fue esa cantante de americana impecable, de botas altas y canciones en inglés que parecían escritas en alguna curva de la Ruta 66. Grababa en Nashville, componía como sus ídolos del otro continente y vestía una estética que encajaba como un guante en ese imaginario.
Celtas Cortos apela al buen rollo y la reivindicación en el Movistar Arena de Madrid: un aquelarre popularDecidió darle un giro. Y en Felina, de 2021, se confirmó como una expansión de ese universo. La Nat Simons de hoy no ha abandonado a aquel perfil: lo ha absorbido. Y sobre el escenario de la sala quedó claro que ahora es más grande, más rotunda, más libre. El castellano no atenúa su música: la densifica, la vuelve más cercana, más física. “Estoy muy feliz de volver a tocar en Madrid”, dijo al poco de empezar, “es una noche muy importante”. Y lo era: no solo presentaba disco, sino una identidad consolidada.
Pregúntale a Sarah Connor, producido por Alex Muñoz, se sostiene sobre un armazón de rock setentero elegante y musculoso, con guitarras que respiran y una instrumentación que brilla sin saturarse. La pegada es limpia y así lo trasladó al directo, donde interpretó cada nuevo tema y repasó alguno anterior. Ninguno de su repertorio en inglés. Quién lo impide enceró el espectáculo y Ley animal subió el entusiasmo. Entre canción y canción, la artista fue equilibrando el pulso emocional que sostiene su último trabajo.
Ángeles Toledano convierte el Circo Price en un tablao eléctrico“Me siento abrumada de cariño y parece que voy a explotar”, confesó. Más tarde, al presentar a su banda, volvió a emocionarse: “Gracias a toda la gente que tengo alrededor. Gracias a eso sigo adelante”. Momento en el que pareció a punto de romperse. No lo hizo y continuó con Verano del 96, de tintes nostálgicos por esa inocencia evaporada. Uno de los instantes más sobrecogedores llegó con Pequeña guerrera estelar, dedicada a Paula, “una pequeña guerrera que se ha marchado”. Se pasó a la celebración del presente con Tan extraño para mí, con letra de José Ignacio Lapido, de 091, y uno de los invitados de la noche.
La banda funcionó como un organismo compacto. Hubo guiños de un power pop chulesco en Alain Delon y momentos más expansivos donde se notaban los ecos de grandes figuras como Tom Petty. La aparición de Pablo Pérez aportó músculo vocal antes de enfilar la traca final con Especie en extinción o Haces que mi mundo sea mejor. Nat Simons ya había engrasado la máquina para encaminarse a la conclusión. Y la supo elevar con Call Me (Llámame), versión de Blondie y signo del anunciado desenlace.
Una despedida que se estiró con dos bises. La aparición de un terceto de violín agitó el remanso de Más que a todo lo demás. Y el cierre con Big Bang funcionó como un estallido medido, una explosión final que dejaba en el aire la sensación de haber asistido a algo más que un concierto: a una confirmación. Porque Nat Simons ha encontrado su lugar. Un espacio propio dentro del rock en castellano donde conviven la tradición y la búsqueda, la herencia y la identidad. Quizá haya quien siga dudando de su evolución. Un progreso que no es deriva, sino camino: el suyo propio, le pese a quien le pese.