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Niños que soplan la vagina de las vacas, duchas de orina y 50 reses por una novia

Niños que soplan la vagina de las vacas, duchas de orina y 50 reses por una novia
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Seminómadas dedicados al pastoreo que superan los 2 metros de estatura, sus costumbres remiten a un modo de vida que agoniza. Son el alma de Sudán del Sur, el país más joven del mundo, siempre asomado al abismo de la guerra civil

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Los mundari y su ganado regresan al campamento con la caída del sol, después de haber pasado el día en busca de pastos frescos. REPORTAJE FOTOGRÁFICO: SERGIO GARCÍA Niños que soplan la vagina de las vacas, duchas de orina y 50 reses por una novia

Mundari ·

Seminómadas dedicados al pastoreo que superan los 2 metros de estatura, sus costumbres remiten a un modo de vida que agoniza. Son el alma de Sudán del Sur, el país más joven del mundo, siempre asomado al abismo de la guerra civil

Sergio García

Sábado, 28 de marzo 2026, 13:18 | Actualizado 13:27h.

... las montañas habitadas por gorilas o las costas que despidieron a los esclavos por millones. Sudán del Sur, el país más joven del mundo, es un crisol de etnias que parecen haberse quedado ancladas en el Neolítico, cuando las tribus nómadas decidieron probar suerte con la agricultura y pastorear sus rebaños en lugar de alimentarse con lo que les salía al paso. Como los lopit, que practican sus danzas rituales vestidos con plumas de avestruz y tocados hechos de conchas; o los gie, larim y toposa, que cubren sus cuerpos de escarificaciones, «como un archivo cultural que habla de identidad y memoria», relata el fotógrafo Gonzalo Sáenz de Santamaría. Los mundari ocupan un lugar de honor en ese escaparate que remite a espíritus y fuerzas telúricas; guardianes de los rebaños, sus vidas están ligadas al pastoreo desde tiempos inmemoriales. Su hospitalidad es legendaria y los campamentos, permanentemente sumergidos en una bruma de humo que repele los mosquitos, ilustran una suerte de viaje al pasado, a un modo de vida que agoniza.

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Un niño sopla en la vagina de una vaca que ha perdido el ternero para estimular así el ordeño.

Los críos llevan camisetas del Barça o el Arsenal que de tanto usarlas han quedado reducidas a auténticos harapos, mientras se disponen a realizar las rutinas del día. La primera, la ducha, no en la poza que se extiende detrás de los arbustos, sino entre los bueyes, que aflojan la vejiga aliviadas mientras los chavales se colocan debajo del chorro humeante de orina, más preocupados por combatir el relente que por las propiedades hidratantes de la urea.

Hay que ordeñar las vacas, pero la tarea no siempre es fácil y obliga a tomar medidas imaginativas. Los más jóvenes acercan su boca a la vulva de las vacas que han perdido su ternero y soplan dentro de la vagina para estimular el ordeño. Mientras, sus madres recogen las boñigas que lo invaden todo y preparan las hogueras donde quemarán el combustible. Las cenizas obtenidas se utilizarán para protegerse –ellos y el ganado– de los mosquitos y garrapatas, también del inclemente sol que cae a plomo a orillas del Nilo, en este punto a poco más de 500 kilómeros de la línea del ecuador; para maquillarse, darse masajes y hasta para lavarse los dientes. Todo ello en una suerte de comunión ancestral con el ganado.

Violencia y hambruna

Los rebaños marchan en busca de pastos frescos y en el campamento la vida sigue su curso. Ellas lavan, dan de comer a los pequeños, preparan la comida... La ciudad está a escasos 10 kilómetros, como atestiguan los edificios que se levantan en el horizonte bajo la eterna calima. Dos mundos sin apenas nada en común. Juba es la capital de un país que vive instalado en la inestabilidad, asomado siempre a la guerra civil y con un presidente, Kiir Mayardit, que se perpetúa en el poder y mantiene al jefe de la oposición en arresto domiciliario. La violencia campa a sus anchas por amplias regiones del país, como Unita y Bhar el Ghazal, donde la hambruna ha hincado los dientes. Las emboscadas armadas en los caminos, los asaltos de grupos insurgentes y las represalias del ejército están a la orden del día, provocando desplazamientos de población y haciendo que la ayuda internacional sea más necesaria que nunca. Nos lo confirma Philippe, antiguo guerrillero reciclado en labores de sacerdote, que mira a su alrededor y ve un gobierno fallido, que tiene que importar prácticamente todo lo que consume de países vecinos como Uganda y Kenia.

Al detalle

  • El país más joven del mundo Sudán, con una población aproximada de 12 millones de habitantes y mayoría crístiana, se independizó de su vecino del norte en 2011 y ya ha vivivo una guerra civil que duró 6 años.

  • Inestabilidad política Es la asignatira pendiente del país, permanentemente asomado a la guerra civil. Considerado uno de los más frágiles del mundo por Naciones Unidas, la hambruna y la violencia causada por el ejército y grupos insurgentes han desatado grandes desplazamientos de la población.

  • Recursos Petróleo, para cuyo refino no tiene capacidad suficiente, oro y goma arábiga son sus mayores activos. La renta per cápita apenas alcanza los 450 dólares al año.

Pero los vientos de guerra no parecen calar en el campamento, donde los jefes de los clanes han organizado una fiesta. Los jóvenes explotan allí su rivalidad con los dinka –etnia mayoritaria en el país, a la que pertenecen el presidente Mayardit o Manute Bol, el que fuera jugador de basket de la NBA–, que pastorea sus rebaños a escasa distancia sin llegar a solaparse. Organizan competiciones de saltos y luchas por parejas bajo el escrutinio inapelable de un árbitro, mientras en la distancia las mujeres en edad casadera entonan cánticos y cimbrean sus cuerpos, sin perderse detalle de quién muerde el polvo.

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Los mundari, que habitan las orillas del Nilo Blanco, se cubren con cenizas y decoran su rostro con escarificaciones.

En este rincón del mundo no hay censos fiables. Se calcula que la población de mundaris reúne a entre 70.000 y 100.000 individuos, la mayoría cristianos y una cuarta parte animistas. La lucha por la supervivencia es una constante. Están rodeados por tribus de atuots, morus y bor dinkas a los que se enfrentan por los pastos de los que dependen sus rebaños durante la estación seca, lo que lleva a algunos a pastorear armados con kalashnikovs. No es de extrañar tanta precaución: el escenario miserable que preside sus vidas es una sabana arbolada, cubierta de polvo y arbustos raquíticos que se extiende a ambos lados del Nilo Blanco, el río que vertebra África hasta desembocar en un delta de 24.000 km2, la superficie de Murcia.

Los mundari y su singular modo de vida cautivan el interés de antropólogos y la curiosidad de los occidentales en general, como le ocurrió en los años 70 con los nubas a la cineasta alemana Leni Riefenstahl, inspiradora de la épica visual del nazismo. Puede que su mundo esté en extinción, que por eso cueste aprehender la realidad que se escurre entre los dedos como la arena. Puede que sea eso y el cantar cansino que se filtra desde las tiendas lo que lleve a comprender a Hemingway cuando escribía: «Por las noches me despertaba y me quedaba tumbado, escuchando, añorando ya África». Antes incluso de dejarla atrás.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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