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Nico, con su hermano y sus padres en la Casa Ronald McDonald. Dani Maldonado Nico, el niño malagueño con cáncer que necesita un coche adaptadoLa familia de este niño sampedreño de once años, en silla de ruedas por un tumor cerebral, necesita un vehículo específico para acudir a las terapias diarias que requiere su rehabilitación
Domingo, 22 de febrero 2026, 00:08
Sigue a Diario SUR en Google DiscoverLa primera intervención para extirpar el tumor y los meses posteriores en cuidados intensivos le dejaron graves secuelas: entró al hospital por su propio pie, como un niño más, y salió en silla de ruedas, sin movilidad desde el cuello hacia abajo y sin ser capaz de hablar ni tragar. A Julieta y Damián, sus padres, se les cayó el mundo encima. Él trabajaba como fontanero. Ella, en una empresa de bordados. «Gente normal», resumen. Una familia humilde y unida, un agujero en el pecho. Relatan su historia en la sala de juegos de la Casa Ronald McDonald, su refugio durante el primer año: un bálsamo en medio de la tormenta. Lo hacen con entereza, hasta que la voz de Julieta se quiebra.
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Damián y Julieta, padres de Nico. Dani Maldonado–Nos ha cambiado la vida. Sin esperarlo, en un segundo. (Se emociona). Es difícil de llevar, de asimilar. Incluso aún hoy. Todo es nuevo, tenemos que acostumbrarnos.
–¿Pensáis en el futuro?
–No nos lo podemos permitir. Estamos donde tenemos que estar. Vamos a intentar darle la mejor calidad de vida que pueda tener. Y llegar donde podamos llegar. No sabemos qué va a pasar, pero vamos a estar con él. Siempre.
Porque el pronóstico, lo saben, es complicado. Nico tiene por delante muchas sesiones de fisioterapia neurológica y respiratoria para tratar de ganar algo de movilidad y autonomía. Y, aunque lentos, hay avances. Recuperar el habla está lejos de ser una batalla perdida, pero ahora las palabras han sido sustituidas por pequeños gestos, por miradas. Si quiere decir que sí, parpadea dos veces. Para decir que no, mueve la cabeza de un lado a otro. «Le tiran mucho los carnavales», recuerda su padre. «¿Tienes ya pensado de qué quieres disfrazarte este año?», le pregunta. Nico niega. «Pues hay que ir pensándolo».
Porque, por encima de la preocupación, de los colmillos del miedo clavándose cada mañana, en cada visita al hospital, Damián y Julieta conservan intacto su objetivo prioritario: dejarse la piel, el dinero y la salud en la reconstrucción de la independencia de su hijo. Poder volver a llamarlo «niño sano», como se refieren a él cuando hablan de los primeros años, antes de la estocada de 2024. Que vuelva al colegio, a jugar, a pelearse con su hermano. A ser un crío de once años. Han acondicionado la vivienda familiar con la ayuda de empresas como GC Studio, Tecnoclima, Muñoz Lanzas, Arka Gestión y Able Wood, pero ahora tienen otro reto por delante: conseguir un vehículo adaptado.
Han acondicionado la casa familiar, pero ahora tienen otro reto por delante: conseguir un coche adaptado
La recuperación de Nico obliga a desplazamientos casi diarios. Porque a las sesiones con la fisio se suman otras terapias como la craneosacral (orientada a relajar el sistema nervioso y mejorar la circulación), la neuropsicológica, la musicoterapia y logopedia para la deglución y la comunicación. Por no hablar del tratamiento con bevacizumab, un anticuerpo contra el cáncer que evita la formación de nuevos vasos sanguíneos que los tumores necesitan para crecer y propagarse, administrado cada quince días en el Materno. Muchas horas de carretera para las que el viejo coche familiar no está preparado, sobre todo porque Nico no puede entrar con la silla de ruedas. Ahora Damián tiene que cogerlo en brazos para subirlo y bajarlo, una práctica poco aconsejable y arriesgada en cada movimiento.
«No tiene control postural», explican sus padres: «Si lo ponemos en el sitio del copiloto es un peligro, pero tampoco debería ir detrás». Tampoco valdría un vehículo con rampa pero sin adaptar, donde la silla de ruedas puede anclarse detrás de los asientos, porque Nico debe permanecer sentado al lado de un adulto. Tras la traqueotomía respira por una cánula y cualquier zarandeo podría echar por tierra los pequeños pero esforzados avances de los últimos meses. El tipo de coche que necesita la familia debe estar preparado para colocar la silla de ruedas en la zona central de la parte trasera, con anclajes específicos y rampa, una inversión de decenas de miles de euros. Por eso han abierto un perfil de Instagram (Nico Corazón Fuerte) y han habilitado una cuenta para donaciones certificadas.
Nico no es hijo único, aunque la enfermedad de cualquier niño tenga algo de monopolio emocional en casa. A su lado, durante toda la entrevista, Tiago permanece sentado, a veces acariciándole la mano, a veces incluso interviniendo en la conversación como un adulto más. «Quiero que Nico venga con nosotros y que paseemos como las familias normales», dice en un momento dado con una madurez impropia de sus ocho años. Las familias normales. Porque un diagnóstico así lo dinamita todo. También la rutina. Es entonces, en plena incertidumbre, cuando la Fundación Ronald McDonald, como un fogonazo en plena oscuridad, tiende la mano: ofrece alojamiento y compañía a unos pasos del Materno.
Damián tuvo dudas al principio: «No me convencía la idea». Hasta que, en uno de los viajes de vuelta a San Pedro, con Nico hospitalizado, se dio cuenta de que coger el coche en ese estado de nervios suponía una temeridad. Acabaron mudándose a una de las habitaciones de la Casa McDonald, que además dispone de cocina, sala de juegos, cine, jardines… y la sensación de sentirse comprendido. «Fue lo mejor que pudimos hacer», explica ahora, cuando han vuelto a Marbella después de pasar once meses en la sede de la Fundación, que estos días celebra su decimocuarto aniversario.
Un refugio
«A veces», lamenta Belén Collantes, gerente de Ronald McDonald en Málaga, «la gente cree que prestamos servicio sólo a familias que viven fuera de la provincia». Pero las puertas de esta casa están abiertas para cualquiera que lo necesite, «sea de donde sea». El esfuerzo para sacar el proyecto adelante es titánico; con capacidad para alojar a una quincena de familias, su mantenimiento depende de la generosidad de las empresas colaboradoras, y aún hacen falta más, y de sus voluntarios. Los servicios que presta tienen un impacto inmediato en el estado de ánimo de las familias. Lo explica Julieta, que vuelve a romperse.
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Nico, con su hermano Tiago. Dani Maldonado–Es que psicológicamente, cuando te pasa algo así, te sientes solo. Aunque la familia y los amigos te apoyen. Pero lo que se sufre sólo puede saberlo quien pasa por lo mismo. Y aquí te sientes como en casa; te desahogas, te ríes, todo...
–Supongo que convivir con otras familias en una situación parecida ayuda a sentirse comprendido, acompañado.
–Para mí son mi familia. Aquí hemos estado como en casa. Te sientes arropado. Ahora nos llamamos a menudo, nos preguntan por Nico, nosotros preguntamos por sus niños… No los considero conocidos: son mi familia.
Lo dice mirando alrededor, en pleno trajín de entradas y salidas de padres y niños, invitados esta tarde a celebrar el cumpleaños de la casa. Las familias que se alojan tienen llave y libertad absoluta para utilizar sus instalaciones. «Yo he llegado a cocinar a las tres de la mañana, después de todo el día en el Materno», recuerda Damián. También para Tiago ha sido una forma de arañar algo de normalidad: jugar con otros niños, correr, hacer trastadas. Porque no deja de tener ocho años, aunque la experiencia haya alterado su condición de hermano pequeño: ahora ejerce de protector de Nico. «Fue él quien nos pidió verlo», cuenta su padre: «Nosotros no queríamos que lo viera en el hospital, pero la psicóloga nos dijo que le hiciéramos caso si lo pedía». Primero le enseñaron algunas fotos para reducir el impacto de la imagen de su hermano, su compañero de juegos, lleno de tubos. El primer día que entró a la habitación estuvo cinco minutos. «A los pocos días ya estaba subido en su cama, viendo la tablet a su lado», sonríe Julieta.
Saben que aún quedan etapas por recorrer. Hace unos meses, durante un ingreso en el Instituto Guttmann, un centro de Barcelona especializado en la rehabilitación de personas con daño cerebral y medular, surgió un contratiempo; Nico empeoró y tuvo que ser hospitalizado en Vall d´Hebron varias semanas. Pero la confianza en los tratamientos y las terapias es inquebrantable: «Iremos donde haga falta». Cada avance, cada nuevo gesto es ahora un pequeño milagro al que aferrarse. Y no han parado de encontrar aliados: la Fundación Cesare Scariolo, la Asociación de Voluntarios de Oncología Infantil del Materno (Avoi), la Fundación Jubert Figueras, la Casa dels Xuclis, la Fundación Xana, Global Gift Foundation, la Fundación de Oncología Infantil Enriqueta Villavecchia, la Fundación Olivares y una lista interminable de asociaciones que han allanado estos meses de ingresos e intervenciones.
Ya con Nico estabilizado, aunque aún con traqueotomía, ahora el reto de la familia es recuperar cierta rutina y estimular su movilidad. A poder ser, en un coche que garantice su seguridad: «Es todo lo que pedimos». Porque su rehabilitación se mide, también, en kilómetros.
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