Raúl del Pozo.
Columnas LA MALA REPUTACIÓN No era Ruano: Raúl del Pozo fue más canalla, estaba más vivo y era mejorRaúl se encargó de poner bajo su protección a los jóvenes periodistas que llegaban a Madrid. Y a los viejos también. Tal vez porque el Café Gijón ya no es lo que era.
Guillermo Garabito Publicada 10 marzo 2026 18:23hRaúl del Pozo fue el último columnista de España porque hoy el columnismo tras su muerte ya es otra cosa.
El tipo más elegante de Madrid.
Lo mismo se presentaba a comer con un abrigo con las solapas de visón, como si fuese un diseñador italiano, que escribía la necrológica menos negra y más bella el mismo día que murió su mujer. Raúl era una excepción en un periodismo donde ya sólo importan las prisas.
Era un tipo excepcional y no porque se hubiera corrido el mundo en busca de exclusivas, de París a Cabo Cañaveral, siempre con ese afán de dar una noticia de las gordas, incluso cuando ya no quedaban noticias gordas y Raúl escribió a "garganta de seda" en El Mundo de Pedro J. Ramírez para que los periódicos volvieran a tener todo el misterio noir de un clásico de los cuarenta.
Sólo él podía convertir la corrupción más cutre en una historia que exigía portada para el columnista estrella del periódico porque la portada es el único Olimpo al que aspira el que escribe un artículo cada mañana como hacía él.
Raúl del Pozo tenía galones más que suficientes (los tenía todos, del Cavia al González Ruano) para dedicarse a escribir tranquilamente a la sombra cuajada del granado en su jardín, pero Raúl no sabía lo que era un batín.
El periodista Raúl del Pozo, junto al alcalde de Madrid.
Digo que era excepcional porque fue un tipo generoso y en este oficio nuestro pocos te dispensan la misma atención con la que te trataba Raúl.
Cuando llegué a Madrid, recién había comenzado a escribir en un periódico pequeño de provincias, pocos méritos y menos dinero aún. Fue Raúl el que con más dignidad me trató.
Me lo presentó Jesús Nieto Jurado, no recuerdo ya si en Picalagartos, porque fue en otra vida y hoy los periódicos están huérfanos de los dos.
Después, Raúl trajo un día a Jesús Úbeda y poco menos que nos obligó a hacernos amigos. Úbeda, junto con Valdeón, lo biografió para la posteridad.
Años después le encargamos una charla en la universidad y se pasó la comida diciéndole a mi madre: "Señora, tiene usted un hijo muy guapo, parece más un futbolista que un escritor".
Benditos piropos envenenados los suyos, porque admiraba a Quevedo y el ingenio se le desbordaba entre las manos.
Raúl se encargó de poner bajo su protección a los jóvenes periodistas que llegaban a Madrid. Y a los viejos también. Tal vez porque el Café Gijón ya no es lo que era. Y no estando César González Ruano para ir a decirle que queríamos ser escritores, como hizo recién llegado de Cuenca en su juventud, no quedaba otra que confesarnos con Raúl.
Y a él le decíamos que queríamos escribir con el mismo pudor que el que planea un asesinato.
"A quién se le ocurre escribir hoy, hazte fontanero", le dijo a otro amigo en otra ocasión.
Más tarde siempre llegaba a la misma conclusión: "La literatura es el mejor oficio del mundo, ¿no te parece?".
Entre tanto él te daba de beber oporto en su casa y te ordenaba que no escribieras tópicos ni por accidente, "que los tópicos joden la literatura".
En el Madrid de las letras nos acogió Raúl del Pozo con su magisterio de pelo blanco y más artículos a sus espaldas de los que escribiremos ninguno de nosotros. Su magisterio era de este mundo: consistió en tratarnos bien, en llevarnos a comer donde Lucio y una vez allí explicarnos que las mesas buenas son las de abajo porque arriba uno no se entera de lo que se cuece.
"Si te mandan arriba es mejor marcharse sin comer". Raúl sabía que vivir de las letras en España las más veces da hambre. Y por eso iba prestando amigos, fuentes y toda una galería de personajes con la generosidad impagable de quien no tenía miedo porque evidentemente este oficio giraba en torno a él.
Una noche que llovía, qué absurdo escuchar las voces de los muertos en la cabeza ahora, llegué tarde a cenar. Se me ocurrió excusarme explicando que había sido culpa del metro. "Como empieces Madrid en metro te hundes. Yo cuando llegué no tenía un duro y me escapaba de las pensiones sin pagar", me dijo, "pero siempre fui en taxi".
Para coger taxis en Madrid hay que escribir muchos artículos, más allá de "uno para vivir y otro para beber", como decía Cossío.
Aún con todo, nunca he vuelto a coger el metro desde entonces.
Raúl tenía el don de tratar a los nuevos en el oficio con esa camaradería y reconocimiento que te obligaba a escribir más y mejor sólo para ganar algún premio importante y que se viera correspondida con la imagen que él mismo parecía tener formada de ti.
Raúl no era César González Ruano, ni tampoco Umbral. Él fue más canalla, estaba más vivo y era mejor.