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No estamos solos

No estamos solos
Artículo Completo 585 palabras
Hay una literatura muy concreta en la ventana, una fe, un vitalismo como de oasis: una intuición muy nocturna. En 'Orbital', de Samantha Harvey , una astronauta mira por la ventana de la Estación Espacial Internacional y piensa: «Quizá la civilización humana pueda compararse a la vida de un individuo. Al crecer abandonamos la realeza de la infancia para alcanzar una suprema normalidad; descubrimos que no tenemos nada de especial y en un arrebato de inocencia nos asalta una alegría absoluta: si no somos especiales, tal vez no estemos solos». Es una duda bella, porque está viva y se mueve: contra la arrogancia del solitario, la fiesta de estar vivos, un caos de multitudes.Noticia Relacionada BALANCE DE 2025 estandar Si Los mejores libros de 2025: estas son las novelas extranjeras más destacadas del año Bruno Pardo Porto Hubo inspiraciones decimonónicas, narraciones íntimas, sátiras, fantasmas, astronautas…Yo miro por la ventana y me acuerdo de Ángel Antonio Herrera , que milita en la eternidad del instante, la eternidad de quienes viven muy en la tierra y saben que la poesía es una respiración. «Estamos hablando aquí de versos, y a la vez, sin que nosotros lo presenciemos y de momento lo sepamos, está ocurriendo un asesinato, un romance , un quirófano y un desahucio», me dijo, con esa voz de haber vuelto de muchos sitios, no siempre queriendo. En esa certeza cabe la escritura misma: no estamos solos, y por lo tanto alguien habrá que nos entienda, que sepa leer lo que dicen las grietas de nuestra existencia. Es una comunión extraña que se hace más verdad en las ciudades, tan injustamente denostadas. Si la naturaleza te acerca a Dios , el asfalto te pega a la carne , a toda esa experiencia humana que existe también en lo invisible, y que palpita.Son borrachos como esos los que van a los baños de los bares a hacer literatura en los espejos. «Todo está escrito ahí», repite una amigaSucede como en aquel relato de Carver en el que de pronto se acaba la ginebra y todos se quedan en silencio. «Oía los latidos de mi corazón. Oía el corazón de los demás. Oía el ruido humano que hacíamos allí sentados, sin movernos, ninguno lo más mínimo, ni siquiera cuando la cocina quedó a oscuras», susurra el narrador, casi con miedo de romper el encanto . Son borrachos como esos los que van a los baños de los bares a hacer literatura en los espejos. «Todo está escrito ahí», repite una amiga, más sabia que yo. En el último que vi decía: «Te ves muy bien, para estar tan mal» . Es un hallazgo que promete un futuro, porque está escrito con la urgencia del náufrago que lanza una botella al mar y espera encontrar una respuesta. Por ejemplo: «Yo no me río de la muerte. Sucede simplemente que no tengo miedo de morir entre pájaros y árboles». Lo leí en una pared, muy lejos de casa.

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Hay una literatura muy concreta en la ventana, una fe, un vitalismo como de oasis: una intuición muy nocturna. En 'Orbital', de Samantha Harvey, una astronauta mira por la ventana de la Estación Espacial Internacional y piensa: «Quizá la civilización humana pueda compararse a ... la vida de un individuo. Al crecer abandonamos la realeza de la infancia para alcanzar una suprema normalidad; descubrimos que no tenemos nada de especial y en un arrebato de inocencia nos asalta una alegría absoluta: si no somos especiales, tal vez no estemos solos». Es una duda bella, porque está viva y se mueve: contra la arrogancia del solitario, la fiesta de estar vivos, un caos de multitudes.

Hubo inspiraciones decimonónicas, narraciones íntimas, sátiras, fantasmas, astronautas…

Yo miro por la ventana y me acuerdo de Ángel Antonio Herrera, que milita en la eternidad del instante, la eternidad de quienes viven muy en la tierra y saben que la poesía es una respiración. «Estamos hablando aquí de versos, y a la vez, sin que nosotros lo presenciemos y de momento lo sepamos, está ocurriendo un asesinato, un romance, un quirófano y un desahucio», me dijo, con esa voz de haber vuelto de muchos sitios, no siempre queriendo.

En esa certeza cabe la escritura misma: no estamos solos, y por lo tanto alguien habrá que nos entienda, que sepa leer lo que dicen las grietas de nuestra existencia. Es una comunión extraña que se hace más verdad en las ciudades, tan injustamente denostadas. Si la naturaleza te acerca a Dios, el asfalto te pega a la carne, a toda esa experiencia humana que existe también en lo invisible, y que palpita.

Son borrachos como esos los que van a los baños de los bares a hacer literatura en los espejos. «Todo está escrito ahí», repite una amiga

Sucede como en aquel relato de Carver en el que de pronto se acaba la ginebra y todos se quedan en silencio. «Oía los latidos de mi corazón. Oía el corazón de los demás. Oía el ruido humano que hacíamos allí sentados, sin movernos, ninguno lo más mínimo, ni siquiera cuando la cocina quedó a oscuras», susurra el narrador, casi con miedo de romper el encanto.

Son borrachos como esos los que van a los baños de los bares a hacer literatura en los espejos. «Todo está escrito ahí», repite una amiga, más sabia que yo. En el último que vi decía: «Te ves muy bien, para estar tan mal». Es un hallazgo que promete un futuro, porque está escrito con la urgencia del náufrago que lanza una botella al mar y espera encontrar una respuesta.

Por ejemplo: «Yo no me río de la muerte. Sucede simplemente que no tengo miedo de morir entre pájaros y árboles». Lo leí en una pared, muy lejos de casa.

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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