- ANDREW ENGLAND
El alto el fuego no pone un fin permanente a una guerra entre enemigos que arrastran décadas de desconfianza.
En el transcurso de un día cargado de drama, Donald Trump pasó de advertir que "toda una civilización morirá esta noche" a anunciar que era un "honor que este problema de larga duración esté cerca de resolverse".
Menos de dos horas antes de que venciera el plazo que el presidente estadounidense había fijado para que la república islámica reabriera el estrecho de Ormuz si no quería enfrentarse a un bombardeo que la devolvería a la "Edad de Piedra", Trump aceptó un alto el fuego de dos semanas para detener la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán.
El alto el fuego estaba condicionado a que Teherán aceptara la reapertura inmediata de esta vía marítima clave, cuyo cierre de facto había desencadenado la mayor crisis energética en décadas, elevando los precios de la gasolina en Estados Unidos por encima de los 4 dólares el galón y representando una fuente creciente de riesgo para Trump.
Poco después, el régimen islámico anunció que había aceptado el alto el fuego, y que permitiría el paso seguro por el estrecho "en coordinación" con el ejército iraní, la misma fuerza que mantiene el estrecho bloqueado.
Al final, tanto Estados Unidos como Irán cedieron cuando parecían abocados a una escalada a un nivel de peligrosidad sin precedentes. Sin embargo, de mantenerse, se trataría de una tregua frágil, no del fin definitivo de una guerra entre adversarios que han desarrollado una profunda desconfianza mutua durante casi medio siglo de hostilidades.
"Las posiciones de partida son muy diferentes, pero son posiciones de partida", explica Matthew Savill, director de ciencias militares del think tank Royal United Services Institute. "Trump es bastante flexible. Los iraníes podrían tener que hacer algunas concesiones dada su maltrecha su situación".
"Todas las opciones están sobre la mesa", añade Savill. "Algún tipo de acuerdo de compromiso, la reanudación de combates de cierta envergadura o una negociación prolongada y complicada donde cada parte declare haber conseguido lo que quería, pero en realidad volvamos a una confrontación de baja intensidad".
Trump, aparentemente desesperado por sofocar la crisis que él y el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu provocaron al iniciar la guerra el 28 de febrero, sostendrá que su política de riesgo calculado condujo a la reapertura del estrecho, la caída de los precios de la energía y la subida de los mercados.
Otros señalarán que el estrecho paso del Golfo Pérsico funcionaba a la perfección antes del estallido del conflicto.
Mientras tanto, el régimen islámico hizo lo que había insistido repetidamente en que no haría: aceptar un alto el fuego temporal y reabrir el estrecho —su principal baza— sin garantías de un fin permanente de la guerra, reparaciones ni alivio de las sanciones.
Esto podría deberse en parte al duro castigo que ha sufrido la república, ya que Estados Unidos e Israel han atacado decenas de miles de objetivos durante el conflicto.
En los últimos días, las bombas israelíes han golpeado el corazón de su base industrial, alcanzando plantas siderúrgicas, instalaciones petroquímicas, institutos de investigación, puentes y vías férreas. Trump también amenazó con destruir todas sus centrales eléctricas si el estrecho no se abría.
Pero otro factor también habrá sido crucial en los cálculos de Teherán: la decisión del presidente de aceptar, al menos por ahora, el plan de 10 puntos de Irán para poner un fin definitivo al conflicto, que el presidente estadounidense describió como una "base viable para las negociaciones".
Según el comunicado iraní, esto incluye el levantamiento de todas las sanciones contra la república, la descongelación del dinero procedente del petróleo que tiene en el extranjero, la retirada de las fuerzas estadounidenses de las bases en la región y el final de la guerra de Israel contra Hezbolá, principal milicia de Irán en el Líbano, a la que Israel ya se ha opuesto. Fundamentalmente, también incluye el "paso regulado" a través del estrecho bajo la coordinación del ejército iraní.
Si Irán hubiera presentado tales condiciones antes de la guerra, se habrían descartado como una lista de deseos fantasiosa.
Un diplomático afirma que los 10 puntos descritos por Teherán difieren del plan presentado a Estados Unidos, lo que podría dar lugar a distintas interpretaciones que resulten contraproducentes.
Sin embargo, el caprichoso presidente, quien reunió la mayor fuerza militar estadounidense en Oriente Próximo en décadas y exigió la "rendición incondicional" del régimen, parece estar dispuesto al menos a discutir algunas de esas demandas.
En su publicación anunciando el alto el fuego en Truth Social, Trump dijo que "se han acordado casi todos los puntos de controversia en el pasado".
No hizo mención alguna al arsenal de misiles ni al programa nuclear de Irán, sus principales justificaciones para lanzar la guerra, y afirmó que los objetivos militares de Estados Unidos se habían cumplido, a pesar de que el debilitado régimen islámico mantenía secuestrado el estrecho y lanzaba misiles y drones contra el Golfo Pérsico e Israel.
Los aliados árabes de Estados Unidos, que han sufrido las peores consecuencias de los ataques de represalia iraníes, respirarán aliviados con la esperanza de que la amenaza a sus instalaciones e infraestructuras energéticas haya terminado, al menos por ahora. Su preocupación por la respuesta de Irán si Trump hubiera comenzado a bombardear las centrales eléctricas de la república era tangible.
Pero estados del Golfo como Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Baréin se mostrarán cautelosos ante lo que pueda suceder. Se han visto atrapados entre el deseo de que la guerra termine y el temor a que Trump se retire del conflicto, dejándolos frente a un régimen debilitado pero más militarizado en sus fronteras.
Aunque habían aconsejado a Trump que no iniciara la guerra, una vez que comenzó, Riad y Abu Dabi querían que Estados Unidos, al menos, redujera lo suficiente la capacidad de misiles y drones de Irán para neutralizar la amenaza que el régimen ha utilizado con un efecto tan letal.
También les preocupa la posibilidad de que Trump permita a Teherán mantener algún tipo de control o peaje sobre el estrecho, crucial para sus exportaciones de energía y su comercio.
Muchos en el Golfo verán la guerra como una muestra de los peores atributos del impredecible presidente y de las limitaciones en su capacidad para influir en él.
Mucho dependerá ahora de las negociaciones, facilitadas por Pakistán, que se espera que comiencen en Islamabad el viernes.
El régimen islámico advirtió que entraría en las conversaciones con "desconfianza" hacia Estados Unidos. Como era de esperar, afirma que Washington "se rindió ante la determinación de la nación iraní" tras soportar el ataque de los dos ejércitos más poderosos del mundo.
Pero incluso si Trump hace concesiones en algunas de las demandas del régimen, la república se encontrará en un estado frágil, enfrentada a una prolongada crisis de legitimidad interna cada vez más profunda, y el desafío de reconstruir una economía devastada.
Tras la guerra de 12 días de Israel contra la república en junio del año pasado, un breve sentimiento nacionalista se disipó rápidamente. Las protestas masivas contra el régimen en diciembre y enero, alimentadas por unos agravios económicos exacerbados por ese conflicto, sólo terminaron con la aplicación de una brutal represión que dejó miles de muertos.
"La capacidad de Irán para mantenerse intacto y tomar represalias puede haber mejorado su posición negociadora", explica Sanam Vakil, de Chatham House. "Pero no hay ganadores. Todos han perdido en esta guerra".
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