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Nadie pensaba que pudieran salir de la heroína los dos juntos: las parejas suelen recaer con más frecuencia. (Salvador Salas)Supervivientes de la heroína:
«No sabemos cómo estamos vivos con todo lo que hemos pasado»Pertenecen a una generación segada por la droga. Trapichearon, robaron en casa y en El Corte Inglés para drogarse, se pincharon en El Bulto… Hasta que su familia se puso seria y amenazó con quitarles a sus hijos si no se desenganchaban. Entraron en el programa de Proyecto Hombre y salieron por la puerta grande: ella fue directora de su oficina en Vélez, él se hizo empresario. Llevan décadas limpios.
Regala esta noticia 03/05/2026 Actualizado a las 01:34h.Fue en su boda cuando se dieron cuenta de lo profundo del hoyo en el que habían caído. Domingo García, el novio, nacido en Málaga, había emigrado a Aragón, a Jaca, escapando de una familia marcada por los malos tratos de su padre a su madre y buscando un mejor horizonte laboral. En vísperas del enlace, fue a recoger a su familia malagueña a la estación de tren de Zaragoza. A la madre no se le escaparon los síntomas que presentaba el chico. Era el síndrome de abstinencia, porque se había resistido a consumir en los días previos a la fiesta familiar. En el convite, los comentarios sobre la pareja corrieron como la pólvora. En las fotos de ese día el semblante de Domingo no deja lugar a la duda: tiene los rasgos demacrados que dibuja la heroína en los rostros, que en la novia, Elena Otín, no son tan patentes, porque aún conserva facciones redondeadas, como las de una niña que no ha terminado todavía de hacerse adulta, aunque ella recuerda que por entonces había adelgazado muchísimo y apenas pesaba 42 kilos. «Nos casamos que daba pena vernos. Pasamos la boda con un monazo que no veas», recuerda ella.
Elena Otín y Domingo García, de 62 y 64 años, cayeron en la cuenta de la profundidad de su adicción el día de su boda. (Salvador Salas)Dicen que es muy difícil que una pareja salga junta de la droga, porque las recaídas de uno suelen conducir a las del otro, pero así continúan ellos, siendo una piña, ahora ya no en Aragón, sino en su casa de Vélez-Málaga, que en un atardecer de primavera se va tiñendo de colores rosas mientras el ambiente se llena del olor de las chimeneas porque todavía hace un poco de frío en este invierno que se alarga. Siguen juntos cuarenta años después y también «limpios», como llevan más de treinta años; de hecho, ella hasta llegó a ser terapeuta y directora de la oficina de Proyecto Hombre en Vélez. Pero hasta llegar a ese momento de la boda que encendió las alarmas de la familia y las suyas propias, habían pasado muchas cosas, y todavía más sucederían después, hasta lograr salir de la epidemia de la heroína que marcó a toda una generación, y cuya memoria se está comenzando a recuperar ahora, por ejemplo con las películas de Clara Simón, la de ésta –la de los padres de la cineasta– es una historia más desgraciada que la de Domingo y Elena; la de este matrimonio que vive en Vélez y en cuya casa se nota la presencia de niños, de sus nietos, sí tiene un feliz desenlace.
«De la juventud de nuestra edad cayó prácticamente el 80%»
La narración comienza con una paradoja: la extrañeza de quien escucha frente a la naturalidad con que cuentan que entraron en la droga a principios de los años ochenta. Eran chicos normales. Se movían por los garitos comunes y corrientes. No sufrían un ambiente marginal ni empobrecido. Ella hasta tenía un negocio propio: una peluquería que iba la mar de bien. «De la juventud de nuestra edad cayó prácticamente el 80%», dice Domingo, que continúa: «Yo la verdad es que no era una persona de beber, ni conflictiva; aunque sí que era muy tímido. Y, bueno, no sé… empezamos tonteando como cualquiera. Cuando nos quisimos dar cuenta, no podíamos salir. La verdad es que en aquella época no había la información que hay ahora. Así que comenzamos con algún porrillo, como todo el mundo, porque yo creo que nadie empieza tomando heroína, sino con el alcohol, mezclando cositas, algún porrito… En Proyecto Hombre también te enseñan a que profundices en tu vida para que analices por qué consumiste, porque para todo hay un porqué. Y yo creo que es que soy una persona sensible, que me dejo llevar, que intento complacer… Con la droga, yo, que no hablaba casi nada, que era muy tímido, me liberaba, era más comunicativo…».
«Yo creo que es que soy una persona sensible, que me dejo llevar, que intento complacer… Con la droga, yo, que no hablaba casi nada, que era muy tímido, me liberaba, era más comunicativo…»
Elena recuerda que la gente le decía que su novio tenía la culpa de que ella hubiera caído en la droga. «Pero él en ningún momento me dijo 'pruébalo'. Simplemente, me dejé llevar y dije 'voy a probarlo'. Cuando yo vine aquí a Málaga por primera vez –ella es aragonesa– me echaban la culpa a mí porque él es ahora muy hablador, pero antes no era así», recuerda. Elena, instalada y todo con su peluquería en la que había invertido 700.000 pesetas, se vio arrastrada por lo que ella sintetiza en «lo que es este mundo en realidad» y que él llena de contenido: «Empieza a suceder que no tienes ganas de levantarte, no tienes ganas de ver a nadie. Sólo quieres estar en la cama y consumiendo». Así que como no trabajaban ni tenían otro ingreso, ellos mismos empezaron a trapichear. Y, antes, a robar. En casa y fuera: «Ropa, hasta ropa llegué a robar. Yo he hecho de todo, de todo menos prostituirme. Eso yo creo que nunca lo hubiera hecho», afirma Elena, que continúa: «Y esto lo cuento porque os lo tengo que contar, pero me da mucha vergüenza: entraba en El Corte Inglés y me escondía zapatos y pantalones dentro de una americana amplia que llevaba y luego lo vendía en El Bulto». A veces la pillaban, como cuando salió de un supermercado de Torre del Mar con el carro lleno de mercancía robada, llegó al apartamento que tenía la pareja alquilado y la policía le echó el alto: «Porque iba con mi hija, que si no…», deja en suspenso, dando a entender que su aspecto daba pena y que todavía más lástima daba una niña que se criaba a base de petit-suisse.
«Yo he hecho de todo, de todo menos prostituirme. Eso yo creo que nunca lo hubiera hecho»
Domingo admite que él sí era valiente para traficar, pero no para robar, aunque concede: «Ante la necesidad que impone la droga… lo que haces es mentir, robar, y a mi madre lo que tuviera le robábamos». El hombre se refiere a la época en la que la pareja, poco después de la boda, estuvo viviendo en Málaga con la madre de él, que quiso salvarlos, aunque sin éxito en ese primer intento. Traficaban, robaban, y también pedían. A la mujer le viene una anécdota a la cabeza: «Estaba yo una vez pidiendo cerca de la estación del tren y me dieron mil pesetas. Y yo ahí diciendo, emocionada, como una payasa, '¡muchas gracias!'. Seguro que me lo dieron por mi niña».
A día de hoy Elena y Domingo llevan más de treinta años «limpios» y se sienten orgullosos. (Salvador Salas)La adicción era patente en sus rasgos. Ahora el consumo de droga no se imprime tan duramente en las facciones. Las miradas de la gente eran un combinado de pena, desprecio y miedo, recuerdan. «La heroína te destroza. No se podía ocultar. Yo tenía unas tetas que parecían pimientos asados. A él se le caían los calzones y todo. Vivíamos todos los días pensando para dónde tirar, dónde pedir, dónde buscar. Se vive siempre pensando en qué hacer para poder conseguir dinero. Es una locura. No sabemos cómo estamos vivos con todo lo que hemos pasado y todo lo que hemos hecho», explican.
La droga también contamina, deteriora y rompe las amistades. Aunque además crea afectos ilusorios. En varias ocasiones durante la conversación el matrimonio advierte de que esos amigos que se hacen alrededor de la droga no son de verdad. Y Domingo recuerda un violento episodio. «Compartía piso con cuatro o cinco chicos. Empezaron a consumir antes que yo. No digo que yo empezara por ellos, porque también hubo uno que supo retirarse a tiempo y en eso yo no le seguí. El caso es que me robaron un millón de pesetas que tenía guardado en el colchón. Estuve a punto de matar a uno. De hecho, casi llamo a un matón de Pamplona para que lo hiciera». El crimen, por fortuna, no llegó a consumarse.
«La heroína te destroza. No se podía ocultar. Yo tenía unas tetas que parecían pimientos asados. A él se le caían los calzones. No sabemos cómo estamos vivos con todo lo que hemos pasado y todo lo que hemos hecho»
La droga introduce a las personas en una endiablada espiral que incluye también problemas con la justicia: deslizan que sufrieron alguna detención, pequeños trasiegos por comisaría. «Nos seguía la policía. Había mucha secreta. Y en el pueblo -cuando vivían en Aragón- la gente también empezó a darse cuenta de lo que estaba pasando y comenzó a manifestarse contra la droga, contra los adictos que habíamos llegado de fuera», rememora el hombre.
Espectros que cobran vida
Son historias y rostros comunes en las calles y los parques de hace cuarenta años. Elena y Domingo les ponen voz. Pero si hay una imagen que remite a esa época es la de las jeringuillas tiradas en la calle y ese espectro, no se sabe si visto de verdad o imaginado, de un yonqui pinchándose en un portal. Si los niños de los años ochenta son quienes tienen grabada en la memoria la imagen de las jeringuillas y los adictos esqueléticos andando por la calle con los ojos en blanco y hablando muy despacio, Domingo era ese chico demacrado que ahora verbaliza lo que entonces tenía en la cabeza: «Me importaba una mierda morirme. Era una época en la que lo que buscábamos era quitarnos del medio». El hombre, ahora con 64 años, recuerda que iba a El Bulto a drogarse; allí, cerca del puerto, encontraba jeringuillas de insulina. «Estaban entre las mierdas, las limpiábamos y cogíamos agua del radiador del coche para preparar la dosis y no tener que gastarnos el dinero que costaba una botella… y para no perder tiempo, claro. Podíamos haber cogido el SIDA. Muchos amigos, muchos, cayeron. A nosotros nos decían que no podía ser que no lo hubiéramos pillado con todo lo que habíamos hecho», explica Domingo.
«Me importaba una mierda morirme. Era una época en la que lo que buscábamos era quitarnos del medio»
Pero sí tuvieron otros problemas de salud derivados de la droga y de la mala vida: ella, un derrame de pleura de origen tuberculoso. Él, una hepatitis C y, sobre todo, una psicosis catatónica: «Estaba hundido y estar así quizás era una especie de mecanismo de defensa, una manera de evadirme de mi malestar», razona él. «Sólo tenía un momento de lucidez al día; lo demás todo era noche. Una tarde, en uno de sus momentos de lucidez, me tocó la barriga y me dijo: 'Tú estás embarazada'», rememora la mujer. Y así era. Ella recuerda que durante el embarazo no consumieron, pero que cuando nació la niña, se dieron un homenaje con droga. Y que lo mismo pasó con su segundo vástago.
Fueron precisamente sus hijos los que los sacaron de la heroína. Hicieron un primer intento de incorporarse a un programa de Proyecto Hombre, pero recayeron. «Al padre Benito Gil –quien puso en marcha Proyecto Hombre en Málaga– nosotros lo conocimos en El Bulto. Iba a buscar allí a la gente. De hecho, fuimos de los primeros que nos apuntamos al programa en Málaga. Lo que pasa es que la primera vez hicimos la entrevista y no volvimos. Pero luego ya sí, mi suegra nos empezó a hacer seguimiento y nosotros íbamos cumpliendo las normas», recuerda Elena. Aunque para llegar a ese punto, a ese tomárselo con seriedad, la familia tuvo que amenazarles: «Un día mi suegra y mis cuñadas se pusieron muy serias y nos dijeron: 'Vosotros vais a rehabilitaros u os quitamos a los niños'. Eso fue una cosa tan grande que no sé… Reaccionamos por nuestros hijos, porque era lo único que teníamos», recuerda la mujer, que luego reconoce: «A lo mejor si no tenemos los niños no estaríamos aquí vivos. Porque la fuerza yo creo que nos la ha dado, primero nosotros, sí, porque no podíamos más; pero el tener dos hijos, también».
«Un día mi suegra y mis cuñadas se pusieron muy serias y nos dijeron: 'Vosotros vais a rehabilitaros u os quitamos a los niños'. Reaccionamos por nuestros hijos, porque era lo único que teníamos»
Así que ahí empezó el esforzado proceso dentro de Proyecto Hombre. Primero, acogida. Después, la fase de comunidad, que es de régimen interno y que les mantuvo separados muchos meses porque a él lo enviaron a Jerez mientras que a ella la ubicaron en Algarrobo. De vez en cuando recibían visita de sus hijos o de sus familias, porque uno de los ingredientes importantes del itinerario a seguir para la rehabilitación consiste en la implicación de los parientes más cercanos para que sepan cómo ayudar. La siguiente fase es la de reinserción, que consiste en ir poco a poco reconstruyendo la vida, buscar amigos, trabajo… Se suponía que tenían que hacerlo cada uno por su cuenta, pero en Proyecto Hombre tuvieron un poco de manga ancha con ellos, porque veían los progresos y la determinación de ambos por salir del hoyo. De tal forma fue así que ya en ese punto a ella le propusieron que se involucrara con la organización, se hizo voluntaria, después se sacó el curso de terapeuta y escaló hasta convertirse en directora de la oficina de Vélez. En paralelo, él emprendía y ponía en marcha empresas, una constructora, primero, y después una compañía de reparaciones de hogar dando empleo a cerca de treinta personas.
Algo que les dijeron cuando entraron en el programa fue que cuando sus hijos les preguntaran, les contaran la verdad. «Ellos nunca nos han preguntado, pero lo saben todo. Se lo contamos. A mí no me da ninguna vergüenza: yo caí como cualquiera podía haber caído. Yo no era ni mejor ni peor que cualquiera. Es muy fácil caer. No hay que bajar la guardia y, cuando terminas el programa, no lo tienes que olvidar. Yo no lo hago y eso que me gradué –así es como se denomina al haberse rehabilitado por completo– hace 34 años», explica Domingo. Y Elena advierte a las personas a las que a día de hoy coquetean con las drogas: «Pues qué les vamos a decir, que esto es malísimo, que pidan ayuda, que de esto no se puede salir solo aunque haya gente que diga que ha sido capaz de hacerlo». Y advierten al unísono: «En ese mundo no hay nada bueno, ni los que se dicen que son amigos, porque estando ahí cada uno vamos buscando nuestros intereses». Tan sin dramatismo hacen análisis de su historia que a la pregunta de si se han planteado qué hubiera sido de su vida si en ella no hubiera entrado la heroína, ellos contestan: «Pues quizás estaríamos peor que ahora». Eso, porque la rehabilitación supuso un reaprender a vivir después de haber vivido mal, un tener una segunda oportunidad tras haber caído a lo más profundo de un pozo.
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