La última de verano
Noche tropicalVivimos en una olla a presión donde se cuecen los cuerpos y las cabezas
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Regala esta noticia Añádenos en Google Una mujer, tendida en la cama, con un ventilador y las ventanas abiertas. 26/07/2026 Actualizado a las 00:05h.Cada vez que escucho a un meteorólogo decir «vamos a tener una noche tropical», me imagino junto a una piscina, contoneándome al son de la ... marimba con un vestido vaporoso, una flor reventona en la oreja y un daiquiri en la mano. Por eso, por no prestarse a confusión ni generar falsas expectativas, prefiero el término «día de calor cruel», que es el que han adoptado en Japón para designar las jornadas en las que se superan los 40 grados. Aunque, aquí, con temperaturas aún más altas, la crueldad se convierte en sadismo.
Los ventiladores, que hacen más ruido que viento, no alivian. Ni cerrar las ventanas a las horas de mayor calor y abrirlas al anochecer para que haya corriente, porque lo único que entra es una bocanada de aire caliente que parece salir de un secador gigante. Nada baja la temperatura de esas casas que, sin aire acondicionado, se convierten en saunas. Y fuera es aún peor: el personal sale a tomar el fresco y acaba refugiándose en El Corte Inglés. De paso, se llevan un arreglo para la comida del día siguiente. O un vestidín. Eso, los más afortunados. Los menos son los que se rompen el lomo a pleno sol, los que se achicharran vivos en el campo o en la construcción: el pasado jueves, en muchos municipios de la Región de Murcia tuvieron que parar los trabajos al aire libre por alerta de calor extremo. No volveré a quejarme de mi profesión, también les digo.
En 'Poeta en Nueva York', García Lorca hablaba del «calor estilo ecijano» que asolaba la ciudad norteamericana en agosto. Écija, entonces, era la sartén de Andalucía. Ahora, toda España es una olla a presión en la que se cuecen los cuerpos y las cabezas, que a ver quién no se irrita con los goterones de sudor cayéndole por el canalillo, con la camiseta pegándose a la espalda, con la nuca chorreando. Porque no, no hace el mismo calor que antes. Hace mucho más. Y no es una cuestión de percepción, que cada uno puede tener el termostato de la memoria mejor o peor regulado, sino de números: entre 2016 y 2026 se han registrado 221 récords de días cálidos, han aumentado las sequías extremas y las lluvias torrenciales, el ascenso de las temperaturas ha convertido el mar en un caldo y las olas de calor se suceden sin descanso. Hans Henri P. Kluge, director regional en Europa de la Organización Mundial de la Salud, afirma que en los últimos cuatro años el calor se ha cobrado más de 200.000 vidas en nuestro continente. No hay más preguntas, señoría. Bueno, sí, hay una más. O dos: ¿Qué beneficio obtienen quienes se empecinan en negar que el cambio climático es el responsable de este desastre? ¿Acaso eso les refresca? Y otra, con la venia: ¿Qué estamos haciendo para evitar que en mayo haga tiempo de julio, que septiembre parezca agosto, que lo extraordinario se haya vuelto rutina?
Lamento haberme puesto en plan fiscal, pero es que me he acalorado. Entre la temperatura de fuera y la de dentro, que vivo en un sofoco permanente por culpa de la puñetera menopausia, soy la gata sobre el tejado de zinc caliente. Mira, voy a tomarme un julepe de menta a la salud de Tennessee Williams, que en la película se los bebían a pares. Digo yo que algo refrescarán.
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