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Ormuz: el nuevo riesgo estructural para Europa

Ormuz: el nuevo riesgo estructural para Europa
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La tregua no estabiliza el Golfo Pérsico: introduce una incertidumbre persistente con impacto en energía, inflación y crecimiento. Leer
OPINIÓNOrmuz: el nuevo riesgo estructural para Europa
  • MARCO VICENZINO
Actualizado 9 ABR. 2026 - 11:03

La tregua no estabiliza el Golfo Pérsico: introduce una incertidumbre persistente con impacto en energía, inflación y crecimiento.

Europa no se enfrenta al fin de una guerra en el Golfo Pérsico, sino al inicio de un riesgo estructural en Ormuz que ya está redefiniendo precios energéticos, costes empresariales y expectativas de crecimiento. El fin de la guerra no traerá necesariamente estabilidad.

En el Golfo Pérsico puede marcar el inicio de algo más duradero: una incertidumbre estructural con impacto directo en Europa.

Las recientes declaraciones de Donald Trump y la suspensión condicionada de las operaciones militares apuntan en esa dirección. Washington no ha definido una salida clara al conflicto y sigue vinculando la presión militar al acceso al Estrecho de Ormuz. La pausa no elimina la palanca, sólo la modula.

También Irán ha respondido en términos similares, vinculando la seguridad del tránsito al cese de los ataques. El resultado no es una desescalada clásica, sino un equilibrio inestable, en el que Ormuz se convierte en pieza central tanto de la presión como de la negociación. Esto no anticipa una normalización. Anticipa una nueva fase en la que la incertidumbre se vuelve persistente.

El conflicto iniciado tras el 7 de octubre de 2023 ha evolucionado por etapas: de la expansión indirecta con actores no estatales, a la confrontación directa entre Israel e Irán, y posteriormente a la implicación operativa de Estados Unidos. Ahora comienza una fase distinta: menos visible, pero más estructural.

Una fase en la que la inestabilidad deja de ser episódica y se concentra en torno a un punto crítico del sistema global: el Estrecho de Ormuz. El campo de batalla puede calmarse antes que la región.

La guerra puede desacelerarse antes que sus consecuencias. Para España y Europa, esto es ante todo una cuestión económica. Por Ormuz transita cerca de una quinta parte del petróleo mundial. Cuando ese flujo se vuelve incierto, el impacto se traslada rápidamente a los precios energéticos, a los costes logísticos, a las primas de seguro y a la confianza de los mercados.

España no es ajena a esa dinámica. Como economía importadora de energía y como posible nodo dentro de la arquitectura energética europea -gracias a su capacidad de regasificación y sus conexiones mediterráneas- está directamente expuesta a cualquier alteración en los grandes corredores globales. La cuestión clave ya no es si Ormuz estará abierto o cerrado. Es si seguirá siendo previsible. Un chokepoint no necesita cerrarse para ejercer presión. Basta con que sea lo suficientemente inestable como para encarecer y condicionar cada tránsito. Eso es lo que empieza a consolidarse.

Sistema bajo tensión

El hecho de que el tráfico continúe no indica normalidad. Indica un sistema que sigue operando bajo tensión. Así es como una ruta comercial se transforma en una herramienta de poder. Ormuz ha dejado de ser solo un paso energético. Se ha convertido en instrumento geopolítico.

Las implicaciones son inmediatas. Para Europa, esto significa más volatilidad energética, mayor presión inflacionaria y riesgos adicionales para el crecimiento. Pero el impacto va más allá: afecta al transporte marítimo, a los productos refinados, a los costes industriales y a las expectativas empresariales.

La inestabilidad en un único punto geográfico puede convertirse en presión macroeconómica a escala continental. Y no solo europea. Este corredor es también crítico para Asia, especialmente para China, lo que convierte a Ormuz en un nodo central de la competencia entre grandes potencias.

Por eso, hablar de "posguerra" resulta engañoso. Sugiere una transición clara hacia la normalidad que probablemente no se producirá. Lo que emerge no es el final de la crisis, sino su transformación.

El escenario más probable no es el cierre permanente del estrecho, sino una fase prolongada de inestabilidad selectiva: presión intermitente, costes más altos, ambigüedad regulatoria y riesgo constante de escalada. No es la interrupción del sistema. Es su funcionamiento bajo presión permanente. Mientras esta lógica se mantenga, el Golfo Pérsico difícilmente volverá a un entorno operativo plenamente estable, incluso si disminuyen los combates directos.

Incertidumbre persistente

La próxima fase estará menos marcada por episodios visibles y más por una incertidumbre persistente. El tráfico continuará, pero a mayor coste. La energía fluirá, pero bajo presión política. Los mercados se ajustarán, pero sin confianza plena. No es el final de la guerra. Es la normalización de la inestabilidad.

Para España, esto no es un problema distante. Afecta a su seguridad energética, a su estabilidad económica y a su papel dentro de la respuesta europea a un entorno global más fragmentado. Durante años, el supuesto dominante era que las crisis en el Golfo Pérsico generaban volatilidad temporal, seguida de una rápida normalización. Ese patrón es cada vez menos sostenible.

Lo que emerge es un equilibrio más frágil, en el que la incertidumbre deja de ser coyuntural para convertirse en estructural. La guerra puede terminar. La inestabilidad, no.

Marco Vicenzino, Director de Global Strategy Project.

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Fuente original: Leer en Expansión
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