Ossama Zitouni tuvo, por así decirlo, mala suerte. Él cruzó a nado la frontera de El Tarajal, entre Castillejos y Ceuta, el 29 de julio pasado. Durante esos días, muchos otros como él lo hicieron. Los policías españoles veían desde su comisaría, en un risco de Ceuta, cómo cada día algún centenar de nadadores cruzaba la frontera jugándosela.
Pero justo unas horas después de que Ossama, que tiene 26 años y es un tío inteligente, nadara esos cuatro kilómetros con apenas un poco de ropa, un móvil y una tarjeta de crédito, el goteo se convirtió en torrente, y luego en otro mar sobre el mar. Y cruzaron de golpe entre 70.000 y 80.000 personas de Marruecos a España, casi las mismas que viven en una Ceuta que empezó a romperse por las costuras.
El shock fue tan grande, incluso para los que habían saltado de un país a otro, que una gran mayoría optó por deshacer el camino y volver a Marruecos, retornar a la misma pobreza de la que intentaban huir. Parecía claro que España no iba a acoger semejante aluvión: Ceuta, lógicamente aterrada, les bajó la persiana en la cara.
Unos 10.000, no obstante, se decidieron a jugar la partida larga, y se quedaron. De ellos, según cifras de la Policía, permanecen ahora en la ciudad unos 8.000, 1.500 de los cuales están ya en los dos dispositivos levantados por el Gobierno, con una lentitud que causa pasmo en gran parte del aparato del Estado.
Así, en las calles de Ceuta, en absoluto descontrol por parte de las autoridades, con las mujeres y niñas ceutíes encerradas en sus casas desde hace ya 23 días, hay hoy 6.500 magrebíes sin comida, sin higiene y probablemente sin futuro.
Y, de esos 6.500, la Policía cuantifica en 2.500 los emboscados, los escondidos, los que quieren jugar la partida más larga, en los bosques, en recovecos, donde sea. Y ser los últimos de los últimos, y llevarse el premio.
En eso está Ossama, que curraba como chef «en el restaurante de Casablanca Casa José», y de cuyos ingresos, de apenas 350 euros al mes, vivía toda su familia: «Mi madre, mi padre, y mis dos hermanas, una de 12 años y otra de 20».
Pero hablábamos de la mala suerte. «Justo después de que yo salté», explica en un muy buen inglés que dice que aprendió «viendo la tele», «saltó todo el mundo. Y claro, ahora, con todo este lío, no va a haber manera de conseguir pasar a España». Ya está en España, le decimos, aunque a tenor de los hechos no esté muy claro a qué país pertenece Ceuta. «Bueno, a la Península», responde y, como durante toda la conversación, sonríe.
Así que el plan está claro, y es el de cientos o quizás algún millar de magrebíes repartidos por la orografía de Ceuta. «Lo que quiero hacer es aguantar todo lo que pueda hasta que pase todo esto, quizá conseguir algún trabajo aquí en Ceuta», y después «pedir el asilo e intentarlo».
Ossama y Doha, emboscados esperando a que todo pase para quedarse en Ceuta.QUICO ALSEDOTanto él como Doha, una chica de Casablanca de 26 años en la misma situación, creen que casi todos los magrebíes que entren ahora en los centros del Gobierno «van a ser devueltos a Marruecos». La idea es aguantar hasta que pase la tormenta. Para Ossama, que la realidad vuelva al 29 de julio pasado, cuando Ceuta no se había convertido aún en lo que es hoy: una ciudad al borde de la crisis humanitaria y de salud pública, donde el Estado está en franco retroceso.
EL MUNDO localiza a Ossama y Doha por los montes alrededor del Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes, el Ceti que no quieren pisar ni en pintura, porque consideran que sería el primer paso de vuelta a Marruecos. Ossama, Doha y todos los demás son una especie de maquis de este drama humanitario, como los combatientes de la Guerra Civil que seguían el conflicto desde los bosques durante el Franquismo, pero en clave migratoria.
Su vida aquí, lógicamente, es aún más difícil que la de los migrantes de la playa de Trampolín, 500 de los cuales fueron desalojados por la Policía ayer por la mañana y rápidamente, en cuanto los agentes se fueron, volvieron a ocupar la playa.
Según fuentes policiales consultadas por EL MUNDO, son unos 2.000 migrantes los que siguen en la zona, ante el absoluto descontrol por parte de las autoridades.
A los del Trampolín les lleva la comida Cruz Roja. Los maquis tienen que bajar del monte a buscarse la vida, pero Ossama lo tenía todo pensado: «Tengo dinero en mi cuenta, estaba esperando la oportunidad», dice. «Estuve guardando bastante durante un tiempo, y puedo aguantar meses».
Ossama y Doha son víctimas, explican, de la crisis económica y la falta de democracia de la autocracia marroquí: «Es una locura», dice él, «el dinero allí es como echar agua sobre arena, los precios han subido una barbaridad en los últimos años, y los salarios nada. Una botella de agua es más barata en España que en Marruecos. Yo trabajaba en el restaurante y también llevaba envíos en mi motocicleta, pero no tenía dinero para nada».
Matiza: «En Marruecos puedes sólo comer, pero no pienses en hacer algo más. Yo sueño con abrir un restaurante». Doha, sentada junto a una de las chozas de cañas y paja que habitan en medio de ninguna parte -como de Tintín en el Congo-, cuenta que ella estudiaba Comercio, que su madre murió y con su padre la vida era «difícil». Habla francés, un poco de inglés, y se ha empeñado en aprender «un poco de español, porque me gusta mucho», dice.
En medio de la conversación aparece otro chico que sólo habla árabe. Nos traducen su historia: «No tiene papeles ni siquiera en Marruecos. Su padre tenía problemas con el alcohol, con su madre... No tiene ni identificación marroquí. ¿Qué puede hacer?», preguntan, con un punto inocente.
Ambos se ponen a explicar la ausencia de democracia en Marruecos, pero no son capaces de ponerle palabras claras: «Aquí gritamos 'asilo' y la Policía española te ayuda, no te pega. Allí te pegan a la primera. Los profesores se manifestaron y les pegaron».
¿Conocen qué necesitarían para que la ley española les diera asilo? Ni idea. Les explicamos que tendrían que justificar algún tipo de persecución. Ossama narra que tuvo un conflicto con un policía en Casablanca, y tuvo que sobornarle, dice, «con 1.000 euros, que para nosotros es mucho, mucho, mucho dinero».
«¿Saben en España que estamos aquí?», preguntan. Claro, y tanto que se sabe. Doha se decidió a saltar el 31 de julio, un día después de que empezara el gran éxodo migratorio. Ossama llevaba tiempo madurándolo: «Cuando leí en redes que decían que España iba a sacar del agua a todo el que se tirara allí me decidí».
Hace cuatro días el Ejército peinó estos montes. «Vinieron y nos tiraron todo, a mí me insultaron en plan racista, pero aquí seguimos», dice él. Comprando en una tienda, vieron un altercado y un ceutí que enseñaba una pistola que llevaba en el pantalón, cuenta, muy impresionada, ella.
A su alrededor, el bosque, pequeños montones de basura, y al fondo el Estrecho, desde el que ayer se veían perfectamente Gibraltar y la Península.