Entre 1870 y 1920 se aniquilaron millones de aves para adornar los sombreros femeninos. No se salvaron ni los buitres. Esta moda estuvo a punto de provocar la mayor extinción de pájaros de la historia, pero la locura se frenó gracias a un grupo de luchadoras. Una exposición recuerda aquel episodio delirante.
Regala esta noticia Añádenos en GoogleFátima Uribarri
31/08/2026 a las 14:25h.Todavía no había altos rascacielos, no circulaba el metro ni se había inaugurado la Estatua de la Libertad. En 1886 por las amplias avenidas de ... Manhattan circulaban tranvías tirados por caballos y en el distrito más adinerado se veía algo insólito. Con precisión científica dio cuenta de ello el ornitólogo Frank Chapman al documentar en su cuaderno, una tarde de febrero de 1886, la presencia de cinco arrendajos azules, dos pájaros carpinteros de vientre rojo, un gorrión de garganta blanca, una reinita de Blackburn con su precioso cuello naranja, tres tangaras escarlatas, nueve oropéndolas de Baltimore, 23 ampelis americanos, 16 codornices, un búho serrano… y así hasta 700 aves, de 40 especies, disecadas sobre las cabezas de las damas con las que se fue cruzando.
Para adornar los sombreros femeninos cayeron ejemplares de loros brasileños, aves del Paraíso de Papúa Guinea, tangaras, curricas, estorninos, tórtolas, gallinetas... Sin discriminación.La fiebre por las plumas en la cabeza, desatada entre 1870 y 1920, provocó una colosal hecatombe ornitológica. La esquilmación fue tal que hubo especies, como las avestruces, a punto de extinguirse. Se cazaban pájaros adultos con lo que sus crías también morían, y se mataban más de los que figuraban en los pedidos porque muchos quedaban tan mutilados que no servían.
Desde Borneo hasta Brasil se aniquilaron aves de todas las especies. «Ni siquiera al desagradable buitre se le permite escapar», denunciaba una revista del siglo XIX. En 1886, la Unión de Ornitólogos Americanos cifró en cinco millones las aves que se mataban al año para el comercio de plumas. Y eso solo en Estados Unidos, sobre todo en los humedales de Florida, el río Misisipi y las costas de Carolina.
En 1900 el oro se vendía a 20 dólares la onza y las plumas de garza a casi 30. Tras ellas se lanzaron cazadores de toda procedencia que se adentraban en los humedales de Florida, acribillados por los mosquitos y rodeados de caimanes
El frenesí plumífero se expandió por el mundo. En 1901, la Sociedad Audubon de Massachusetts calculó que el comercio internacional de plumas costaba la vida de entre 200 y 300 millones de aves al año. Por las casas de subastas de Londres, París, Ámsterdam y Nueva York pasaban toneladas de plumas importadas desde el sudeste asiático, la cuenca del Amazonas, África y Oceanía. Y todo por una moda.
El adorno con plumas es ancestral en los humanos y, según la época y el contexto, se le han atribuido valores espirituales, decorativos, ceremoniales y estéticos. En algunas comunidades indígenas eran usadas como símbolo de estatus y los tiempos de María Antonieta, en los que pelucas y tocados se inundaron de desmesuras, también fueron habitados por aves disecadas y sus plumajes.
La guillotina y las garzas
Cuando las aristocráticas europeas cabezas cayeron bajo el filo de la guillotina, se perdió la costumbre del sombrero hiperbólico, pero permanecieron las plumas en penachos y uniformes militares. Y un tiempo después, la moda –tan amiga del vaivén– trajo de nuevo los plumajes a las cabezas de las señoras. La fiebre arrancó en Estados Unidos, finalizada su Guerra de Secesión.
Había que cubrirse la cabeza para ir a la iglesia, a la ópera o para publicitar un luto. Los caprichos de la moda hacían extraños maridajes (cabezas de búho colocadas con o sin cuerpo en los sombreros) que desquiciaban a los ornitólogos.
Era un trabajo muy lucrativo, pero estacional. Las aves se reunían en la temporada de cría, en primavera. Una época en que a garzas y garcetas les crecen sus preciosas plumas nupciales y los cazadores disparaban sin miramientos. Arrasaban con una colonia en pocos días, en plena temporada de reproducción, con lo que ese lugar quedaba yermo de aves en ese momento –morían adultos y crías– y después: ninguna otra ave regresaba para anidar. Los cazadores tenían que desplazarse más lejos para continuar la aniquilación. Finiquitados los somormujos en la vertiente atlántica –dueños de un plumaje suave y fácil de teñir que los maldijo como blanco predilecto de la masacre– las escopetas enfilaron hacia el Pacífico y desde allí se enviaban sus plumas hacia el Este.
Sucumbieron también las especies de colores más brillantes: oropéndolas, tangaras, picogordos, ampelis de los cedros, azulejos, tordos, carpinteros de alas doradas... Los cálculos sobrecogen: para obtener un kilo de plumas se necesitan alrededor de 300 aves. Gracias a los apuntes de las casas de subastas de Londres se ha podido calibrar, por ejemplo, la muerte de 192.960 garzas en 1902. Y solo para cubrir la demanda londinense de ese año.
Las palomas de paso o tórtolas migratorias (como la del sombrero) eran tan abundantes en EE.UU. que nadie creía que se pudiesen extinguir, pero los cazadores y un virus provocaron su desaparición en 1914.Emergieron los talleres de confección de sombreros, sobre todo en el Lower East Side de Nueva York. Eran lugares insalubres donde se arracimaban mujeres, casi todas inmigrantes. Se las conocía como 'plumistas'. En el censo de 1900 eran 93.000 y cobraran menos de siete dólares a la semana. Además, muchos de los talleres eran clandestinos, sobrevivían de subcontratos y podían pasar unos meses trabajando 14 horas diarias para abastecer la demanda de otoño y quedarse sin trabajo los seis meses siguientes. Además, el polvo y las partículas que se desprendían de las plumas irritaban sus gargantas. Algunas tareas consistían en ensamblar plumas sueltas para imitar alas y había que unirlas con un alambre fino. También las rizaban con el vapor de una tetera hirviendo o tiraban de las barbas una por una contra la hoja de un cuchillo. Muchas de estas trabajadoras contrajeron tuberculosis. Y su futuro laboral se ensombrecía porque las matanzas al por mayor estaban borrando del mapa a las aves.
Las protestas comenzaron desde grupos de gente adinerada preocupada por la extinción ornitológica. Nacieron las primeras sociedades de protección propulsadas por mujeres a priori destinatarias de aquellos sombreros, aunque desde ciertos sectores se las catalogaba como extremistas y se les decía que miles de trabajadoras podían perder sus empleos si prosperaban las prohibiciones.
Un grupo de mujeres preocupadas por la extinción ornitológica creó las primeras sociedades protectoras. Las llamaban «extremistas» y se les echaba en cara que miles de trabajadoras perderían sus empleos si se prohibían los sombreros
«En 1889 se creó en Gran Bretaña la Sociedad de Protección de los Pájaros como grupo de presión contra el comercio mundial de plumas para la confección de sombreros. Fue posible gracias al coraje de dos mujeres victorianas, Emily Williamson y Eliza Phillips», explica Carmen Martínez en un artículo de la revista Naturalmente, del Museo Nacional de Ciencias Naturales, que estos días expone la muestra Arte Plumario. Naturaleza, Identidad y Poder.
En 1904, las apoyó el rey Eduardo VII y lograron sumar el influyente 'real' al nombre de su sociedad protectora. Y en 1921 consiguieron la aprobación de una ley que prohibía la importación de plumas a Gran Bretaña. Mientras en Estados Unidos remaban por la causa otras dos luchadoras, Harriet Hemenway y Mionna B. Hall, que crearon allí el primer refugio nacional de vida silvestre, Pelican Island, en Florida, con el apoyo del presidente Theodore Roosevelt. Poco a poco se recuperó la cordura y se frenó la desaparición de cientos de especies. Cambiaron también los atuendos de las mujeres de las avenidas de Nueva York. Llegaron los locos años 2o y los peinados a lo garçon, incompatibles con los grandes plumajes en la cabeza.
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