- RICARDO T. LUCAS
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¿Está justificada la presencia de Pedro Sánchez en Nueva York para asistir a la Asamblea General de la ONU cuando Ceuta sigue tomada por más de 8.000 inmigrantes irregulares, según las estimaciones más optimistas?
Por mucho menos, por el hundimiento de su partido (CDU) en unas elecciones regionales al ser barrido por la extrema derecha, el canciller de Alemania, Friedrich Merz, decidió cancelar esta misma semana su viaje a la cumbre anual en Manhattan de los jefes de Estado y de Gobierno de los 193 países que forman parte de la organización.
¿No debería también haberlo hecho nuestro presidente en vista de la creciente tensión social en la ciudad autónoma y de las nuevas alertas de los servicios de inteligencia sobre la inminente probabilidad de otro asalto masivo a la frontera, aprovechando que la policía marroquí estará enfocada en garantizar la normalidad en la jornada de votación de las elecciones legislativas de su país?
El ministro Albares aseguró ayer desde Nueva York que su homólogo en Rabat le ha asegurado que pondrá "todos los medios necesarios" para impedir otra marabunta hacia Ceuta o Melilla, pero ya sabemos por episodios pasados, y no sólo el del 30 de julio, que las promesas de las autoridades de Marruecos son tan ligeras como la arena del desierto del Sahara y tan sonrojantes como el vídeo que el jefe de la diplomacia española ha subido a las redes para explicar la importancia de la Asamblea General de la ONU.
Fue Sánchez quien dijo que la integridad territorial de nuestro país había sido violada con la entrada sin control de más de 80.000 personas en Ceuta, por lo que denunciar esta situación inadmisible y contraria al derecho internacional debería monopolizar su intervención ante el resto de jefes de Estado y de Gobierno presentes.
Todo lo que no sea realizar una firme defensa de la unidad indisoluble de nuestro país y de la españolidad de Ceuta y de Melilla evidenciaría la debilidad de un dirigente temeroso de un vecino tan vengativo como Marruecos.
Sólo así se justificaría que Sánchez haya volado 6.189 kilómetros, con el consiguiente consumo de queroseno (36.168 litros que generan el equivalente a 100 toneladas de CO2) por parte de quien dice ser un firme impulsor del recorte de las emisiones contaminantes, en medio de la crisis territorial más grave que sufre la nación desde la intentona separatista de 2017 en Cataluña, y que vaya a prolongar durante tres días su estancia en la ciudad que nunca duerme.
Y eso que no ha participado en la recepción de Trump a los jefes de Estado y de Gobierno que se han trasladado a la metrópoli, alegando "motivos de agenda".
Pero si Sánchez no es capaz de hacer una denuncia sin titubeos de lo sucedido en Ceuta, eso que el Parlamento Europeo calificó de "invasión", se demostraría que sólo ha viajado hasta allí para poner tierra de por medio con el caos que sufre la ciudad autónoma, a donde no ha vuelto desde julio, y con los escándalos que afectan a su entorno y que han vuelto a primera plana de la actualidad como el calor sofocante lo ha hecho a nuestras vidas para celebrar la llegada del otoño.
Desde Moncloa claman contra el juez Peinado por, a su juicio, sabotear el viaje del presidente al hacer público su auto en el que enviaba a juicio con jurado popular a su esposa, Begoña Gómez, pero a estas alturas los españoles conocen demasiado bien los afanes del presidente como para creer que una resolución judicial puede arruinar sus planes para exhibirse junto al nuevo tótem de la izquierda caviar, el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, o de darse el gusto de participar el jueves en un evento de un centro progresista asociado a la Universidad de Harvard.
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