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Pasaporte cultural

Pasaporte cultural
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Patente de corso

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Arturo Pérez-Reverte

03/07/2026 a las 10:36h.

Hubo un tiempo –lo viví– en que para cruzar Europa hacía falta un pasaporte. Luego bastó un billete de avión. Hoy vale una aplicación móvil ... y la convicción de que Florencia existe para hacerse selfis delante de una estatua cuyo nombre importa un carajo. Pero quizá haya llegado el momento de invertir el proceso. Modestia aparte, he dado con la solución.

Puestos a legislar cosas, se me ocurre algo más práctico, aunque deliciosamente irrealizable. Justo por eso me pone caliente. Con tanto gritar que el lobo viene de afuera, me parece que estamos atentos a la frontera equivocada. Los nuevos bárbaros –en el sentido histórico del término– sólo vienen a dar la puntilla, el empujoncito final. Porque la verdadera frontera de Europa nunca fue geográfica. Es una frontera intelectual, y a los auténticos bárbaros los tenemos dentro desde hace mucho. Somos usted, yo mismo, nuestra hija Silvita y nuestro cuñado Manolo.

Los de fuera sólo vienen a darnos la puntilla, porque la verdadera frontera de Europa es una frontera intelectual, y a los auténticos bárbaros los tenemos dentro

Examen previo para obtención del pasaporte cultural. ¿Ya visitaron París?... De puta madre. Respondan a unas preguntas sencillas. ¿Quién fue Viollet-le-Duc? ¿Por qué la Torre Eiffel es más que un decorado para fotos nupciales y vídeos de TikTok? ¿Qué novela escribió Victor Hugo sobre esa catedral ante la que gente de toda raza, idioma y color se toma ochocientas mil fotos haciendo posturitas idiotas?

¿Ah, que ya estuvo usted en Florencia? Estupendo. Entonces, explique brevemente quién era Lorenzo de Médici. Distinga a Giotto de Botticelli. Diga por qué Brunelleschi resolvió un problema arquitectónico que muchos consideraban imposible… ¿Visitó los Uffizi? Perfecto, criatura. Indique una diferencia entre el Renacimiento y el Manierismo. Sólo una, oiga. Tampoco pedimos una tesis doctoral.

Y, bueno. Si después de haber visitado Madrid o Atenas responde que Leonardo da Vinci pintó Las meninas, o que el Partenón es un monumento romano, ni pasaporte ni pepinillos en vinagre: su solicitud de acceso a museos, monumentos y patrimonio cultural europeo quedará rechazada. No es nada personal, imbécil. Simplemente, no lo merece. Váyase a hacer puñetas o viaje por quince euros a una playa del Caribe, pero no ande por aquí formando colas y dando por saco.

Además, para redondear la cosa, los aeropuertos podrían incorporar una zona de control previo que no sería con perros y tal, sino una aduana del conocimiento:

–¿Algo que declarar?

–Sí. Como acredita mi pasaporte, leí a Burckhardt, conozco la historia de los Médici y sé distinguir el Quattrocènto del Cinquecènto.

–Excelente. Puede pasar… ¿Y usted?

–Yo vi un vídeo de treinta segundos en TikTok donde un influencer explicaba todo el Renacimiento mientras bailaba salsa.

–Lo sentimos mucho, sala de espera número siete. Allí encontrará una biblioteca.

Naturalmente, habría recursos. La denegación sólo implicaría un período de formación voluntaria: tres meses con Tucídides, un curso sobre Dante, un verano con Montaigne, nociones elementales de Goya… Millones de turistas irían a un saludable limbo pedagógico, las colas desaparecerían, el Prado recuperaría el silencio, la Biblioteca Ambrosiana volvería a parecer una biblioteca, Venecia dejaría de funcionar como un parque temático…

El problema del turismo contemporáneo no es la cantidad de personas que viajan, sino la turba voluntariamente analfabeta que satura aeropuertos, museos y lugares sin intención de explorar en serio la única geografía que realmente explica el mundo que patean y degradan: la del conocimiento. Ese utópico pasaporte cultural preservaría no sólo tres mil años de memoria, sino también la idea misma de cultura: la única frontera que a estas alturas del disparate europeo vale la pena defender.

No faltará quien diga que, bromas aparte, se trata de un concepto elitista del asunto. Y tendrá toda la razón. Elitista, por supuesto. Sí. De eso precisamente se trata.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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