Pascal Quignard es uno de los más grandes escritores contemporáneos. Dice sentirse lector antes que autor y desconoce otro idioma moderno que no sea el francés. Pero, su curiosidad por adentrarse en todo lo que es origen lo ha llevado a formarse en latín, ... griego antiguo y sánscrito, en una arqueología del lenguaje que transmite en su obra. Es un apasionado de la música barroca, que antes de su artritis solía interpretar al violonchelo y al órgano.
Fundador del Festival de Ópera y Teatro Barroco de Versalles, se dio a conocer al gran público en español con 'Todas las mañanas del mundo', llevada al cine por el fallecido Alain Corneau, con primeras figuras del cine francés y banda sonora de Jordi Savall.
Vive en Sens. Esta pequeña ciudad de la Borgoña francesa es el escenario, junto a Nápoles, Isquia, y Capri, de 'Tesoro oculto', su último libro en castellano (Galaxia Gutenberg). Una excelente narración de diálogos inteligentes.
Pascal Quignard: "'Tesoro oculto' es un libro contra la muerte"
Quien conozca su obra, descubrirá multitud de capas de significado e íntimas conexiones con temáticas y elementos de su universo de sombras. La novela ofrece una reflexión en torno al amor, vejez y muerte con la intensidad que tanto gusta a este autor de escritura honesta y vigilante a las posibilidades del lenguaje.
Sobre la mesa de su apartamento de París hay pósters con una foto suya de niño. La misma que hay en la cubierta de su último libro en francés, 'Il n'y a pas de place pour la morte' (Éditions Hardies, 2026). Dice haberlo escrito desde la mirada un tanto perpleja del niño autista que fue, carente de atención y amor maternos, y que juega entre las ruinas en una ciudad abierta al mar, bombardeada a causa de la guerra. Sin embargo, dice, es un libro feliz. Me recibe alegre, generoso y conversador. Hablamos de cuestiones que surgen de la lectura de sus últimos libros y de su inmenso amor por la música de Frederic Mompou y la poesía de Juan de la Cruz, que lo traerá a España a finales de año, en gira con el pensador Ramón Andrés.
-Ya nos hemos tuteado en ocasiones anteriores, no hace falta cambiarlo.
-Es cierto, durante los Encuentros de Pamplona de 2024, de ahí surgió la idea de esta entrevista. Pero ahora lo pregunto porque en 'Tesoro oculto' haces un uso muy concreto de los pronombres.
-Sus dos personajes se llaman Louise y Louis. Elegí esos nombres por su proximidad sonora con el pronombre «él», «lui» en francés. Una de las dos partes, Louis, es muy oscura, muy triste, teme a la muerte y muere por miedo a la muerte. Mientras que Louise... tiene algo de parte gemela, pero es diferente… En la vida no me veo capaz de sustituir hombre y mujer indistintamente, o de hablar en nombre de una mujer, eso me resulta imposible, sólo puedo hacerlo en la ficción. En las novelas me lo permito todo. En los ensayos no, ¡eh!
Claro que podemos multiplicar el «yo» en el sentido de que existe la sociedad, pero no el «nosotros»
-Louise y Louis son dos partes que no terminan de concretarse en una unidad. ¿Compartes con el lingüista Émil Benveniste la idea de que el pronombre «nosotros» no hace referencia a un sujeto real?
-Conocí a Benveniste de pequeño. Solía visitar a mi abuelo, que también era un gran lingüista. Él decía que existe el «yo», el «tú», el «él», pero no los «otros» (nosotros, vosotros…). Podemos decir «somos mamíferos vivíparos», pero eso no implica un «nosotros». Vivimos solos dentro del cuerpo de la madre, excepto los gemelos, y nacemos solos, soñamos solos, morimos solos. Claro que podemos multiplicar el «yo» en el sentido de que existe la sociedad, pero no el «nosotros». Creo que esta afirmación suya es cierta. No muchos escritores franceses han apreciado de verdad a este lingüista.
-Has conocido a personalidades muy relevantes de la cultura de esa época. Paul Celan te encargó la traducción del poema 'Alexandra', de Licofrón. ¿Qué recuerdo guardas de aquello?
-Entonces me sentía intimidado por todo. Y, cuando dos personas angustiadas se conocen, no hablan mucho. Era muy joven, tenía dieciocho o diecinueve años y él no era muy conocido todavía. Había escrito algo sobre mí, había leído cosas mías y me llamó y me dijo: «Me gustaría que tradujeras a Licofrón». Le dije: «Muy bien». Licofrón es un autor griego extremadamente oscuro. Lo traduje y se publicó en la revista 'L'Éphémère'. Celan estaba en el comité de redacción; no era muy apreciado entonces, más bien lo contrario. Parte de la biblioteca de este apartamento está formada por libros que me enviaban de esta revista para leer. Empecé a escribir muy pronto, empecé todo muy pronto y eso me llevó a una especie de tristeza. Era el más joven de todos los que colaborábamos en la revista, así que la mayoría de la gente que conocí allí ha ido muriendo, y eso me afectó. Celan se suicidó. Recuerdo que me sentía muy intimidado cuando iba allí. Empujaba la puerta con dificultad, me sentaba, me quedaba en silencio y eso era todo. Yo estaba muy mal en esa época, con mucha angustia, durante mucho tiempo tuve que ir al psicoanalista. No estaba enfermo, pero sí tenía un gran malestar.
Estoy hecho para el silencio de la lectura, de ahí mi relación con los libros. Ahora soy mil veces más feliz
-Un malestar de tristeza, sí. Estoy hecho para el silencio de la lectura, de ahí mi relación con los libros, porque estoy hecho para el silencio de la lectura. Ahora soy mil veces más feliz que entonces.
-Procedes de un ambiente de libros y música.
-Pero por separado. Por un lado estaba la rama familiar de mi madre, de profesores y libros por todas partes, y por otro, la de mi padre, organistas y con música por doquier, con un piano y un violonchelo en cada planta del piso. Yo he seguido ambas corrientes, soy un poco literato y un poco musical.
-He leído que tu bisabuela estuvo en el funeral de Víctor Hugo.
-¡Sí, es cierto! Estaba casada con un profesor de la Sorbona, como mi abuelo, que también fue profesor de la Sorbona. Tenía una biblioteca magnífica, muy, muy hermosa. La heredó un tío mío. Fue amiga del primer Nobel francés, Sully Prudhomme, y de muchos poetas de la época. Prudhomme era entonces muy conocido. Gabriel Fauré compuso melodías muy hermosas de uno de sus libros.
El miedo a la muerte destruyó los últimos años de la vida de mi padre, la envenenó
-La traducción literal del título en francés, 'Trésor caché', es tesoro «escondido», pero se ha optado por tesoro «oculto».
-El acto de la traducción, del paso de una lengua a otra, siempre me ha hecho reflexionar sobre el sentido directo y el sentido parabólico. Ha sido una decisión editorial y no la critico, pero me genera curiosidad el cambio de una palabra por otra, el significado que cada una tiene en tu idioma.
-Tu libro tiene algo de catábasis, de descenso al Hades, pero también de ascenso. Las dos partes de «lui» ofrecen dos posiciones ante la muerte. ¿Qué hay de recuerdo y qué de fantasma en este libro («fantasma» en un sentido freudiano)?
-Puedo decirte la razón que hay detrás de la tristeza de Louis, es decir, lo que hay detrás de este libro es el hecho de que sufrí terriblemente al ver morir a mi padre. Cómo decirlo, durante los últimos cuatro o cinco años de su vida él no soportaba la idea de morir y esto le ahogaba. Ese miedo a la muerte destruyó los últimos años de su vida, la envenenó. Fue muy triste. Es inútil ese temor a la muerte, porque va a suceder igualmente.
-¿Es 'Tesoro oculto' un libro sobre la muerte?
-Es un libro contra la muerte. Como digo en mi último libro en francés, no hay lugar para la muerte. ¡Ya soy viejo y puedo decirlo! [Ríe].
-He de decir que encuentro algo de homérico en tu novela. Quizá por los paisajes y esa naturaleza fértil, en movimiento. Los volcanes, el mar, la vida animal y su conexión con lo humano.
-Oh, qué bonito lo que dices. Es que estos lugares son así. A fin de cuentas son islas griegas.
Es interesante el hecho de que los romanos localizaran en este mismo lugar el paraíso y el infierno
-Cuando lees el libro apetece mucho ir a la península sorrentina, a Isquia, Prócida y Capri.
-Es interesante el hecho de que los romanos localizaran en este mismo lugar el paraíso y el infierno. Cuando vas allí, al principio es complicado de comprender, pero luego se entiende bien. Está el humo del volcán, el infierno, pero también está el mar, la belleza... Quizá hay algo homérico, sí. La escena más hermosa de Homero es cuando Telémaco, el hijo de Ulises, se enfrenta a todos los pretendientes de su madre, se dirige al borde del mar y piensa en su padre. Es muy buena. Yo también me siento marítimo. ¡La vida empezó en el mar! Tiene algo extraordinario. Siempre me imagino el océano para Ulises, no el Mediterráneo. ¡Qué curioso! Me imagino un mar oceánico en una tormenta perpetua.
-Lo griego y lo romano se mezclan allí. Ahora, recordando tu libro 'El sexo y el espanto' me parece que somos herederos de un pensamiento romano, más que griego.
-Sí. Y nuestra cultura proviene más de los romanos incluso que de los cristianos. Los cristianos heredaron de Roma la tristeza y la melancolía. Pero no sabemos de dónde viene la melancolía romana. Los griegos no eran melancólicos, los egipcios tampoco, como no lo son ahora los Estados Unidos, que se creen jóvenes y originarios, incluso originarios del lugar, como si nada ni nadie los precediera. Pero los romanos no se sentían originarios. Tenían miedo… En Europa hemos heredado esa melancolía que acompaña también la sensación de colapso. Yo prefiero al melancólico que se sabe heredero y no al diabólico que se cree originario.
-En la costa de ese mar homérico está el inframundo al que Ulises va en busca de Tiresias.
-¿Sabes? Este año estaré de gira por Princeton, Tokio, Bruselas, Génova, México y Roma para presentar 'Il n'y a pas de place pour la morte'. Tocaré el piano y mostraré precisamente una imagen de Tiresias, quien, invocado por Ulises, emerge a través de una fisura en la tierra. Es una imagen muy difícil y muy hermosa. Tiresias conoce las dos sexualidades, ¡no está mal, es algo extraordinario! Pero además no conoce el olvido, es el único mortal que no ha bebido de las aguas del Leteo. Y esa imagen que mostraré pertenece a la escena en la que le dice a Ulises: «¿Por qué me has llamado?». Una escena propia de Homero, que quizás nos diga que no hay lugar, ni infierno, ni cielo, ni dios. Como dijo Emily Brontë en uno de sus poemas, no hay lugar para la muerte. Pero sí una pequeña fisura por donde asoma la cabeza de Tiresias… ¡Qué bella imagen!
Creo que todos revivimos un poco, como las libélulas o las mariposas
-En 'Tesoro oculto' pareces decir que sí hay lugar para la vida y para la metamorfosis.
-Creo que todos revivimos un poco, como las libélulas o las mariposas. Ya tenemos varias fases: la fetal, una infancia durante la que no se produce el habla, luego una en la que ya se habla, luego la sexualidad de la adolescencia. ¿Ves?, tenemos varias metamorfosis, ¡no está mal! Pero tener unas cuantas más sería aún mejor. La vida es una maravilla y debemos vivir todas esas fases posibles a toda costa, si se puede. Es lo que hacen las artes, las artes son las metamorfosis que se suman a las metamorfosis de la naturaleza, porque cuatro estaciones no son suficientes, necesitamos más.
-Hay algo de homenaje a la vejez en tu libro.
-Homenaje no es la palabra correcta. [Busca la precisa. Cuando la encuentra la dice con plena seguridad, elevando la voz]. ¡Gratitud! Esa es la palabra. En muchas familias, en la mía también, hay alguien que ha muerto joven. Todos tenemos amigos que murieron jóvenes. A veces pienso en una amiga que falleció joven de cáncer, que no experimentó la comparación que la vejez permite de las experiencias, de lo vivido desde otra temporalidad. Por eso hablo de gratitud, y no solo porque hace más profunda la experiencia, sino también cuando te das cuenta de la dificultad que supone experimentar la adolescencia, lo cual es una pena porque es cuando uno está en su mejor momento físico… Y, sin embargo, es una fase muy difícil y dura, yo lo viví así. Me viene un sentimiento de frustración por las personas que he visto morir jóvenes y que no han experimentado ese nacer dos veces que es revivir las experiencias, replicarlas. Me pasa algo parecido con los animales. Escribí 'Bubbelee' (Galilée) sobre una lechuza que amé. Recoge una experiencia de teatro que realicé con la lechuza y el cuervo y dediqué al mundo de la noche. Los cuervos y los búhos son animales frágiles. Me gusta mucho este libro.
Desde que era pequeño me siento protegido por la noche. Conozco todos sus espacios
-Es cierto que en tu obra se aprecia la fortísima conexión que tienes con los animales. En 'Tesoro oculto' los gatos son muy importantes. Pero tu forma de expresar la vida me recuerda al largo viaje migratorio de la mariposa monarca.
-La gira de la que te hablaba me ha llegado tras la muerte de mi hermano el pasado verano. Es triste ver morir a un hermano. Escribir es muy sedentario y decidí hacerla. Sé que estoy mayor y tengo que cuidarme para no fatigarme. Esto no va a influir en mi trabajo porque escribo recogido en la cama y puedo hacerlo en cualquier habitación de hotel. No importa dónde, no cambia mi forma de escribir. Así que soy un poco como esa mariposa. Recuerdo las palabras del gran poeta japonés Matsuo Bashõ, que tras conocer la muerte de su madre dice: «Estoy cansado, pero no puedo quedarme»; dice «tengo que ir a la casa de mi madre». Va a su casa natal y llora, no ante su madre, que ya no está, sino ante el cordón umbilical. Sabes que en Japón guardan una parte en una caja especial, como se guarda un tesoro; es la prueba de que el niño ha nacido. Ciertamente, hay una manera de vagar, de no poder quedarse en casa, de partir de gira, de viajar, de irse, de salir. Pero no haré la ruta a lomos de una mula, sino con confort. Lo hago cómodo, a gusto, porque encuentro la tierra hermosa. Pienso, Bashõ también lo pensaba, que la tierra es hermosa. San Juan de la Cruz lloró al ver una pequeña mariposa.
-Una creación que tiene marcas de guerra, también presentes en tu obra.
-Amo todas las artes, pero hay una que no entiendo, la arquitectura. Crecí en una ciudad, El Havre, destruida por la aviación estadounidense. Estaba como ahora Mariúpol. Tan triste como ahora lo es Mariúpol. Se tardó siete años en reconstruir, pero es una reconstrucción que no comprendo. El Havre de mi niñez es una ruina que me marcó. Cuando cumplí setenta años fui a celebrarlos a Nagasaki, para mostrar mi solidaridad. Sí, hay una marca. Fue espantoso, la muerte nunca había estado tan industrializada. Pero continúa, continúa, Berta, no podemos decir que sea mejor ahora. Es un misterio. ¿Cómo expresarlo? El hecho de que el límite extremo del individualismo más puro y grande del alma humana pueda entrelazarse con el exterminio más generalizado de la humanidad. Hoy hay una gran indiferencia y crueldad.
-La poesía de Juan de la Cruz te traerá a España en noviembre. ¿Cuándo empezaste a leerla? ¿Has viajado a la noche sosegada del poeta?
-¡Oh!, ¡vivir esa noche sería una verdadera peregrinación! He leído su poesía en diferentes ocasiones a lo largo de mi vida. Al principio me atraía, sobre todo la 'Noche oscura', poéticamente, pero también desde los sonidos de la oscuridad. Mi nombre es Pascal, vinculado a los oficios de la oscuridad, de lo tenebroso, por su relación con la Pascua. Me interesaba mucho la idea de la noche; pero solo descubrí la belleza de este viaje del alma hace poco. Al principio, me sumergí de lleno en la especulación de San Juan de la Cruz, como una guía explicativa para comprender este poema, denso y difícil. Luego me interesé por el 'Cántico espiritual', la búsqueda de la persona amada, del amor imposible y el sufrimiento como una especie de bendición. Es magnífico. He ido variando el estudio de su poesía con el tiempo. Pero es normal, también hay una metamorfosis de la lectura. Ahora mi lectura de él es mucho menos metafísica. Tengo muchas ganas de esa gira con Ramón Andrés.
-Me impactó mucho en su día la mala crítica que tuvo mi libro 'La noche sexual'. Me sorprendió mucho que la noche fuera tratada tan negativamente. Está mal vista, se aprecia como algo negativo. A mí me pasa lo contrario, desde que era pequeño me siento protegido por la noche. Conozco todos sus espacios. Me encanta estar en la oscuridad, hay algo en ella. El día me asusta más. Pero descubrí que mucha gente odia la noche y quiere la luz y el brillo de las ciudades. Yo amo mi vida en Sens, allí está mi casa, donde la noche es negra.
-En el ámbito creativo, Mompou, próximo al pensamiento taoísta, como tú, hablaba de recomenzar para poder avanzar. Bashō, a quien citabas, no rompe con la tradición sino que, como tú has dicho alguna vez, aspira a expresar con nuevos medios el mismo sentimiento de la gran poesía clásica. ¿Sientes así tu relación con la tradición?
-Absolutamente sí, creo que hay una belleza en ello. Mompou es así y yo también. Hay dos posiciones, lo nuevo a toda costa o retomar aquello que amamos y conocemos mejor, y hacer como Bashõ, competir con los que hemos leído para encontrar soluciones diferentes. No nos mueve una vanidad de ruptura, de revolución a toda costa… eso no es Mompou, no busca traicionar lo que ama, pero tampoco se queda en algo convencional, como yo tampoco espero hacerlo. Pero no es la tradición lo que nos complace. No lo hacemos por ella, sino por estar cerca de aquellos a los que más hemos amado. Y lo que más se ama es lo que mejor se conoce.
-En cada libro te acompaña una música. ¿Qué has escuchado para escribir Tesoro oculto?
-Música de Ernest Chausson. Una música muy, muy triste. Amo enormemente la música triste, me da placer. [Termina la frase en voz muy baja]
Nos despedimos frente a un cuadro, también triste, que cuelga junto a la entrada de su apartamento; es el autorretrato al óleo de un desconocido, una obra de art brut, un arte, como él dice, sin destinatario. Cae la tarde. Quignard se ha quedado para practicar el piano. Luego volverá a Sens, a sus libros y a su vida de ermitaño antes de emprender la larga gira. Como una mariposa monarca.
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Pascal Quignard: «'Tesoro oculto' es un libro contra la muerte»
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