El compromiso de devolver a Cataluña la estabilidad institucional y la buena gestión tras la década desastrosa del procés, que fue la promesa con la que el socialista Salvador Illa se ganó el apoyo de una clase dirigente local a la que, tras fracasar con la revolución de 2017, le embargó la nostalgia del oasis pujoliano, se ha esfumado como un breve espejismo tras perder su pulso con Oriol Junqueras por los Presupuestos.
Paradójicamente, el líder absoluto y absolutista del PSC se encuentra ahora en el mismo punto en el que murió el mandato de Pere Aragonès «el breve», su antecesor en el cargo: sin mayoría parlamentaria y sin cuentas públicas. No obstante, si hace dos años Illa presionó junto a Carles Puigdemont al republicano para que convocara elecciones , esta vez Illa se aplica para sí mismo la doctrina de resistencia sanchista: atrincherarse y alejar las urnas, seguir tirando de manera precaria gracias a los suplementos de crédito, y conservar el control sobre los resortes económicos de la Generalitat, la gran repartidora catalana de ayudas y prebendas.
Mientras tanto, extramuros, la realidad es que sigue en aumento la pobreza infantil -es una de las peores regiones de Europa-; el fracaso escolar, la inseguridad, y sobre todo crece la corrosiva sensación entre los ciudadanos de que en la Cataluña post procés los servicios públicos -Cercanías, el servicio sanitario, la adecuación, los mossos, las carreteras...- funcionan rematadamente mal y ya no es sólo por culpa de esa España «que nos roba».
Una decadencia provinciana, buena para la creación literaria, pero pésima para la autoestima catalana, que registra los primeros brotes de contestación y quejas: médicos, profesores, agricultores y ganaderos están en pie de huelga contra la Generalitat. A la vez que el empresariado, que hasta este momento había sido el principal soporte de Illa, junto a los medios de comunicación locales, ya critica al president por su rigidez e incapacidad para tejer grandes acuerdo.
Entre los empresarios no ha gustado la propuesta de financiación ofrecida por el Gobierno, ya que la consideran claramente insuficiente y alejada de ese «concierto catalán» al que se comprometió y del que presumió Pedro Sánchez. Asimismo, reprochan a Illa que, en vez de practicar un socialismo pragmático a la danesa, siga con la asfixiante presión fiscal y con un intervencionismo en el sector de Vivienda, al más puro estilo Ada Colau, que el presidente de Foment, Josep Sánchez-Llibre, ha calificado de comunista.
En este contexto, la decisión de Illa de retirar los presupuestos es el reconocimiento de que, detrás de la carcasa de propaganda subvencionada y fotografías de estadista, su posición es extremadamente débil. Incapaz de encontrar los apoyos parlamentarios necesarios, sin un plan de gobierno claro y con una dependencia absoluta del apoyo de Sánchez. La Generalitat convertida en una sucursal del sanchismo. Por ello, no se debe interpretar el fracaso de Illa con los presupuestos como una cuestión meramente catalana.
Desde el momento en el que fue elegido a dedo por La Moncloa para sustituir a Miquel Iceta -en un intervencionismo del PSOE en la vida orgánica del PSC sin precedentes-, Illa ató su suerte a la de Sánchez y Sánchez a la de Illa, convirtiendo a Cataluña en la base electoral del sanchismo, como se vio en las pasadas generales. Esta relación entre dos hombres y un destino -cuando Illa llegó a la Generalitat no atendió a quienes le aconsejaron marcar prudentes distancias con el líder del PSOE- ha condicionado desde el primer momento el acuerdo del PSC con ERC.
Illa apostó por Junqueras como socio para formar, junto a los Comunes, un tripartito de facto, en vez de jugar a la geometría variable parlamentaria con Junts y el PP, tal como le pedía el mundo económico catalán, básicamente porque los republicanos eran el principal apoyo de Sánchez en el Congreso. De la misma manera que Junqueras acercó a ERC al PSC, con un alto coste interno debido a la oposición de las bases, porque entendió que ayudar a Illa en Cataluña formaba parte del acuerdo global con Sánchez para conseguir el indulto, la amnistía, la nueva financiación... Para Junqueras era la manera con la que ERC podía ser visto en Cataluña como el partido nacionalista decisivo en el Congreso, la nueva Convergència de Jordi Pujol.
No obstante, estos vasos comunicantes entre Moncloa, el Palau y ERC empezaron a fallar cuando Sánchez optó por ganarse el apoyo de Puigdemont, y cuando Junqueras, que sigue inhabilitado y no puede ser candidato a la presidencia de la Generalitat, entendió que sería su final político quedar ante el independentismo social como el pagafantas del sanchismo. Para Junqueras, sostener a Illa sin contrapartidas equivale a regalar a Sánchez la estabilidad. En consecuencia, el bofetón a Illa con los presupuestos es una advertencia de Junqueras dirigida a Moncloa: pese a los cantos de Gabriel Rufián en pos de la unidad de las izquierdas frente «al fascismo», ERC puede dejar caer al PSOE si Sánchez no paga sus deudas.