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Perservar el mal

Perservar el mal
Artículo Completo 1,133 palabras
Cuando nos insensibilizamos ante el dolor de quien consideramos «otro» y ejercemos la violencia contra él, perdemos una parte de empatía incluso hacia los «nuestros»

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Ilustración: Bea Crespo

Edurne Portela

Domingo, 18 de enero 2026, 00:01

... esta historia: ¿cómo se puede perseverar de forma tan obstinada en hacer el mal teniendo la oportunidad de hacer el bien?

Les escribo aquí un resumen de la historia que conté a mi amigo alemán, que sirve de excusa para pensar sobre la perseverancia en el mal. El llamado 'tren fantasma' salió de Toulouse el 3 de julio de 1944 con destino al campo de concentración de Dachau. Tomen nota de la fecha: el desembarco de Normandía por parte de las fuerzas aliadas ya se había producido, comenzaba la 'reconquista' de Francia contra el ejército de Hitler y la desarticulación de la Francia colaboracionista de Vichy. La derrota alemana ya era más que previsible y, aun así, el alto mando nazi se empecinó en vaciar los campos de concentración franceses y deportar a todas y todos los detenidos a Alemania, aun sabiendo que las infraestructuras ferroviarias habían sido severamente dañadas por los aliados y que la Resistencia controlaba buena parte de las vías de salida.

Al principio del viaje este tren iba cargado de prisioneros del campo de concentración de Le Vernet -de ahí salieron la mayoría de los españoles del convoy- y de la cárcel de Saint-Michel. Este convoy inicial llegó a Burdeos el 12 de julio de madrugada y los deportados fueron encerrados en la Gran Sinagoga de Burdeos, requisada por los alemanes y convertida en una extensión de la cárcel de Fort du Hâ, donde estaban detenidas y detenidos centenares de civiles franceses -y algunos españoles- por sus actividades en la Resistencia contra los nazis. El 9 de agosto las presas y presos de Fort du Hâ se suman a los de la Gran Sinagoga y, juntos -unos setecientos hombres y sesenta y cinco mujeres- son hacinados en vagones de ganado con destino, de nuevo, a Dachau.

El tren sale huyendo de Burdeos el 9 de agosto con la intención de llegar a Alemania antes de que los aliados liberen Francia completamente. Las órdenes son implacables: el tren debe llegar a Dachau. Empieza entonces un recorrido de casi tres semanas en pleno agosto, una desesperante agonía hacia la frontera alemana, sometidos no solo al horror del hambre, la sed, el hacinamiento, también a los bombardeos de los aliados, a largas marchas a pie para cambiar de tren cuando una máquina se estropea o las vías están destruidas, a esperas eternas encerrados en los vagones bajo un sol abrasador, siempre con el anhelo de ser liberados en algún momento por la Resistencia, rezando para que algo detenga a ese tren del infierno antes de alcanzar la frontera con Alemania. En la estación de Dijon se produce una escena increíble: centenares de soldados alemanes derrotados, hambrientos, desesperados por volver a casa se hacinan en los andenes. Llega el 'tren fantasma' cargado con los deportados. Los soldados suplican a los mandos que vacíen el tren, que dejen a los prisioneros en Dijon y les dejen montar en el tren, salvarse, volver a casa. Los hombres y las mujeres supervivientes recuerdan ese momento cuando, desde los vagones, intuyen lo que está pasando, crecen las esperanzas de ser liberados. Pero la policía militar alemana, encargada de escoltar el convoy, se niega en redondo, incluso disparan a los hombres de su propio ejército.

Que no importe la vida de los deportados no nos sorprende, los campos de concentración nos acostumbraron al espanto

Y aquí es donde nos asalta la perplejidad y nos preguntamos: ¿cómo es posible? ¿Qué obstinación puede llevar a alguien a sacrificar tantas vidas? Que no importe la vida de deportados no nos sorprende, las historias de los campos de concentración ya nos tienen acostumbradas al espanto. Pero ¿cómo explicar la falta de compasión por el prójimo más próximo, por esos hombres derrotados y aterrorizados, que son sus propios hombres?

Una respuesta fácil es atribuir este comportamiento al miedo o, más fácil todavía, a la «obediencia debida», concepto por el que se han intentado justificar históricamente atrocidades cometidas por hombres armados. Pero considero más interesante intentar profundizar en los efectos que tiene sobre el verdugo la práctica constante de la maldad. El ejercicio del mal tiene consecuencias no solo contra quien consideramos que merece lo peor, ese «enemigo» exterminable; también tiene consecuencias sobre nuestra capacidad de obrar bien incluso con quienes consideramos nuestros semejantes y supuestamente «amigos». Cuando nos insensibilizamos ante el dolor de quien consideramos «otro» y ejercemos la violencia contra él por considerarlos seres inferiores, perdemos una parte de nuestra propia empatía incluso hacia los «nuestros». Y también perdemos la capacidad de sentir el bienestar que causa hacer el bien. Los testimonios de ese día relatan el caos absoluto que reinaba en la estación de Dijon. ¿No hubiera sido maravilloso que esos hombres aprovecharan el descontrol para obrar a favor de la vida? ¿Consideraron siquiera la posibilidad?

La filósofa Ana Carrasco Conde escribió en su ensayo 'Decir el mal': «La destrucción absoluta de lo humano procede no sólo de la destrucción de la víctima, sino también de la ruptura del perpetrador con respecto a la relación consigo mismo a través de una neutralización de la sensibilidad que nos conecta con el mundo». Es más que probable que esos hombres de la policía militar, que tenían una reputación tan siniestra como la de las SS, estuvieran en este punto de insensibilización absoluta. Perseverar en el mal se convierte así en un camino sin retorno.

No es casualidad que estos días piense en aquellos hombres empecinados en la maldad: la continuidad del genocidio en Gaza, las atrocidades que se siguen cometiendo en Ucrania, la invasión de Venezuela por parte de EE UU y el secuestro de su presidente como demostración de poder sobre el orden mundial, todos son acontecimientos que demuestran que las condiciones de posibilidad para el ejercicio del mal no son cosa del pasado o del futuro. Están aquí.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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